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Miércoles, 18 de Marzo de 2026

Actualizada Miércoles, 18 de Marzo de 2026 a las 19:13:02 horas

Ilustración del Barranco de San Borondón de Jaime Checa Jimeno y socavón en el muelle de San Borondón y autor del artículo. Ilustración del Barranco de San Borondón de Jaime Checa Jimeno y socavón en el muelle de San Borondón y autor del artículo.

Los barrancos olvidados de Telde: El barranquillo de Las Monjas o de San Borondón

Vigésimo cuarto artículo de la serie 'Una mirada sosegada al Medio Ambiente en Telde (1980-2020)' del ecologista, escritor, senderista y profesor jubilado José Manuel Espiño Meilán

direojed Domingo, 09 de Enero de 2022 Tiempo de lectura:

Bajo el epígrafe Una mirada sosegada al Medio Ambiente en Telde (1980-2020), el ecologista y profesor José Manuel Espiño Meilán ofrece el vigésimo cuarto de una serie de artículos de periodicidad quincenal sobre la evolución medioambiental del municipio.

 

Los barrancos olvidados de Telde: El barranquillo de las Monjas o barranco de San Borondón

Si algún barranco ha sido el más olvidado en Telde, sin duda es éste pues, para empezar ni siquiera tiene un nombre claro.

 

Cuando llegué a la isla, a finales de los años setenta del pasado siglo, un itinerario didáctico con el alumnado del CEIP Esteban Navarro Sánchez por esta zona del litoral teldense me permitió observar un corto barranquillo donde las tabaibas, dulces y amargas, señoreaban los acantilados de la izquierda y el cauce del mismo. Estas plantas estaban acompañadas por siemprevivas marinas, lechugas de mar, tomillos marinos, corazoncillos, veroles, salvias, esporádicos gualdones y algún que otro bejeque.

 

En aquel entonces no había vivienda alguna en este barranquillo y fue en alguna de las visitas realizadas cuando un residente de las inmediaciones contó a las niñas y niños la razón de aquel nombre, el por qué los vecinos lo llamaban el barranquillo de las Monjas. Al parecer, al ser un lugar recoleto y poco transitado, de cuando en cuando algunas monjas de una congregación de Las Palmas, conocedoras de los efectos salutíferos de los primeros rayos de sol de la mañana para los huesos, reuma, artrosis y otras enfermedades degenerativas articulares, acudían a pasear por esta zona, en busca de las arenas de la playa limítrofe, San Borondón, playa en aquellos tiempos nada o poco frecuentada y ajena por lo tanto a los curiosos y a una afluencia masiva de personas.

 

A lo largo de las cuatro décadas que han discurrido desde aquel momento, la ladera izquierda del barranco y parte del cauce fue ocupada en primer lugar por un hotel -Bahía Mar era su nombre- y reconvertido posteriormente en una urbanización de apartamentos y viviendas -Residencial Bahía Mar-. Por aquel entonces, ya su ladera derecha había sido reforzada, con el claro objetivo de disponer de una sólida base en su parte más alta, con un muro de piedra y hormigón, necesario para ganar anchura y consolidar la vía de comunicación que ahora observamos sobre el acantilado y el espacio necesario para el paseo peatonal que se iba a consolidar junto a la vía rodada.

 

Como suele suceder cuando la ocupación se hace sobre un cauce que no tiene bien definidos sus lindes, éste fue ocupado íntegramente por espacios aterrazados destinados a dotar al hotel en primer lugar, más tarde a los apartamentos, de zonas de aparcamientos, piscinas, zonas de ocio y espacios privados de recreo, una vía asfaltada de acceso a las instalaciones, un muelle antinatura que impedía la salida natural del barranco al mar, precisamente para proteger una playa artificial generada a espaldas del mar y defendida de sus embates y pérdida de arena gracias al espigón antes mencionado. La playa, sin acceso seguro al océano pues, el arrecife y los roques presentes en este sector del litoral no facilitan el baño, quedó convertida en un solárium, una playa artificial, conocida como Playa Chica, donde la regeneración y la limpieza de sus arenas con el aporte salutífero del mar, con cada subida y bajada de la marea, se tornó en imposible.

 

No se precisa ser muy intuitivo para saber que el muro de hormigón que a modo de muelle cierra por completo la salida natural del barranco, con el objeto de crear y proteger esa playa artificial y evitar las periódicas acometidas del océano, es obra del ser humano. Aprovechó para ello las bajas y los roques de escasa altura existentes en la desembocadura.

 

En esta transformación integral del espacio nadie tuvo en cuenta que en verdad era un barranco con una función bien definida: aliviadero natural para las aguas de arrollada. Y cuando digo nadie me refiero no sólo a los arquitectos que diseñaron y dirigieron las obras -éstos, a fin de cuentas. se debían a las personas que los habían contratado-, sino a los responsables y técnicos del servicio hidráulico, pues son ellos quienes tienen la labor de definir, delimitar y fijar mediante los correspondientes bolardos, que hacen visibles las delimitaciones cartográficas correspondientes, el espacio del barranco o barranquillo reconocido como cauce público y donde comienzan los terrenos que pertenecen al ámbito privado. Importante labor, no sólo para evitar la apropiación del espacio público sino para preservar la seguridad de las personas ante fenómenos adversos, preservando con tal acción el correcto estado de la red de drenaje y su salida al océano sin impedimento alguno.

 

Fue en aquellos tiempos de mi juventud cuando supe que el lugar albergaba una necrópolis aborigen importante. Al parecer se trataba de un conjunto de cuevas de enterramiento, un tipo de enterramiento que no presenta otra estación de registro semejante en el resto de litoral teldense, pero era imposible visitarla ya, pues el conjunto había quedado en el interior del hotel, tras el mamotreto urbanístico que, de tal modo y sin respeto alguno ante la presencia de un yacimiento arqueológico, ocultó para siempre la ladera.

 

Recuerdo que me llamó la atención en su momento que ningún servicio de Patrimonio se personara y detuviera las obras o, al menos, llevara a cabo un seguimiento de las mismas en aras a proteger la cueva o cuevas identificadas, exigiendo una restauración posterior y el permiso necesario para que personas y arqueólogos pudieran acceder a ella o ellas. Recuerdo que no era un yacimiento inexplorado. Había indagado un poco en los archivos arqueológicos del año 1955, elaborados por el Comisario y Delegado Provincial de Excavaciones de las Palmas, don Sebastián Jiménez Sánchez.

 

En el barranquillo nominado por él citado Comisario como barranquillo de San Borondón, seguramente obedeciendo a la proximidad de la playa del mismo nombre que se abre a la derecha de su desembocadura, recogía lo siguiente: “Cuevas sepulcrales colectivas cuya boca aparece tapiada con muros de piedra”

 

Años más tarde, una consulta obligada al libro de referencia del doctor Celso Martín de Guzmán: “Las culturas prehistóricas de Gran Canaria”, en el detalle pormenorizado de los yacimientos arqueológicos de Telde, leía, en la página 694:

Código VI T/7

Sitio: Barranco de San Borondón.

Coordenadas: 28º 00´30´´ y 11º 41´30´´

Altimetría: 40 m.s.n.m.

Ubicación: no especificada con exactitud.

Estructuras: Cueva funeraria. Enterramiento colectivo.

Dimensiones: No se registran.

Hallazgos: Restos humanos pertenecientes a 12 individuos. No se registró ajuar funerario.

Otras observaciones: La puerta de la cueva estaba rodeada de cinco gradas circulares, en disposición decreciente, rematadas a manera de túmulo.

 

Me sorprendía que, una vez más, un yacimiento arqueológico desapareciera así, en silencio, ante la desidia y el abandono de quienes tenían el cometido de ser los máximos responsables de velar por el patrimonio de todos. Cerré los ojos y en mi mente aparecieron sangrantes ejemplos de irresponsabilidades y desidias semejantes: materiales pétreos procedentes de la muralla, de parte del empedrado que hay delante del tagoror o recinto comunal y de las viviendas del yacimiento arqueológico de Tufia, expoliados y enterrados bajo el hormigón y los bloques de las viviendas ilegales colindantes, el arrase con palas mecánicas de una parte del yacimiento arqueológico de La Restinga, la desaparición de una parte de la necrópolis de la montaña de El Gallego, la desaparición del yacimiento de Lomo Galeón, la desaparición del yacimiento arqueológico de La Estrella, en La Garita, la desaparición del poblado de la Punta de Clavellinas, del poblado de Taliarte…

 

Eran muchos los ejemplos de la eliminación sistemática de cualquier vestigio referente al poblamiento, cultura y costumbres de los antiguos pobladores, por desidia y poca vigilancia institucional y por desconocimiento y egoísmo, pues las actuaciones se basaron siempre en un interés cortoplacista. Se puede alegar que estas actuaciones son propias del pasado, que en la actualidad se ha mejorado mucho, que hay yacimientos vallados, pero recuerdo al momento el estado de los yacimientos que aún se conservan -sin vigilancia, con las vallas caídas o a punto de caerse, con puertas desvencijadas, sin guías interpretativos y educadores que los pongan en valor-, y un preocupante desánimo y un sudor frío recorre mi frente.

 

Sigamos con nuestro barranquillo. Si bien es cierto que un buen número de restos humanos se han recuperado de diversas cuevas sepulcrales, tanto individuales como colectivas, presentes en el barranco de Silva, la montaña Las Huesas y el barranco del Draguillo en el municipio teldense, la cueva de San Borondón era la única que se encontraba en plena costa, muy cerca de la marea, justo en el encuentro de la desembocadura del barranco con el mar.

 

Si bien el enterramiento en cuevas había sido habitual en todas las islas y llevado a cabo en todas las cotas de altitud, desde la cumbre hasta el nivel de mar, en el caso de Telde, este era el único yacimiento con este tipo de inhumación.

 

Ante esta realidad y a sabiendas de que el mencionado Comisario de excavaciones registrara, a mediados del siglo pasado, la existencia de este yacimiento, ¿alguien puede responderme como desaparecieron las cuevas, según don Sebastián Jiménez Sánchez, o la cueva, según Celso Martín de Guzmán? ¿Puede un lugar identificado y registrado en una Carta Arqueológica ser intervenido, ninguneado y emparedado para siempre, imposibilitando estudios posteriores, registros y cartografías arqueológicas que permitan saber el porqué del uso y las razones para su ubicación en este preciso lugar?

 

Lo cierto es que de este barranquillo se ha olvidado hasta la cartografía oficial. Siempre hemos tomado como referencia, tanto para este artículo como para los que le precedieron, el mapa topográfico actualizado del IDECanarias (Infraestructura de Datos Espaciales de Canarias). Este registro y aplicación cartográfica se supone la más actualizada, fruto de años de trabajo de campo y de un registro bibliográfico excepcional con la pretensión y el rigor de recoger las acepciones más utilizadas, poniendo en tela de juicio nominaciones que en muchas cartografías anteriores obedecían a eventualidades del momento, errores a la hora de llevarlos al papel -barranco del Pueste, barranco del Puesto, en la cara sur de la montaña de Cuatro Puertas y cuya denominación correcta es barranquillo de las Pujamas-. Pues bien, la mencionada cartografía no registra nombre alguno para este barranquillo. Da igual la aproximación que hagamos, el nombre que buscamos no aparece registrado en lugar alguno. Sí en cambio el sector que, ubicado entre las urbanizaciones de La Estrella y La Mareta, aparece con la denominación de El Barranquillo.

 

Es por ello que debemos ocuparnos en éste, nuestro último barranquillo olvidado del litoral teldense, de visibilizarlo, realizando al menos el intento de ponerlo en valor.

 

Tal y como está de intervenido, es posible que no sirva de mucho, pero lo cierto es que a pesar de que el ser humano siga en el empeño de hacerlo desaparecer, la naturaleza le recuerda siempre que la última palabra la tiene ella y que lo que ha pertenecido al mar, antes o después termina regresando al mar y lo que ha formado parte del cauce del barranco terminará siendo recuperado por el barranco.

 

No son palabras vanas ni amenazas solapadas, ni siquiera una sentencia carente de justificables razones. En el caso de este barranquillo se observan ya los efectos de esta lucha desigual. La fuerza cotidiana del oleaje trabajando sin descanso y los enormes empujes de las mareas vivas han desmantelado buena parte del muelle artificial, partiéndolo por la mitad y arruinando sus cimentaciones y pétreos anclajes, convirtiendo el malecón en un amasijo de restos de hormigón y grandes rocas a merced del océano, condenando el lugar a quedar como espacio intransitable y peligroso. Por otra parte, en épocas de grandes lluvias, la naturaleza recuerda al ser humano la razón por la que se formó un barranco en este sector costero. Incapaz de repartir como antaño las grandes avenidas de agua por el amplio cauce, el inexisten e en la actualidad, obliga a que las aguas discurran por la carretera asfaltada que el ser humano ha posibilitado para convertirse en ocasional barranquera. Es por esta vía donde el empuje del agua es capaz de arrastrar contenedores, mobiliario urbano y los coches aparcados en la misma hasta arrinconarlos en el muro y las escaleras que dan servicio a la playa.

 

Para dejar constancia de la existencia pasada de este barranquillo, permítanme que les oriente tras los últimos vestigios de éste, al parecer, barranquillo fantasma. Se encuentran por encima de la vía asfaltada que termina en la playa. Con una lectura breve del paisaje observado tras salir de la carretera que da acceso a la playa, destacan dos pequeñas vaguadas, una a la izquierda que se inicia en la montaña de tierra sorribada para ubicar y allanar los terrenos del área comercial, justo al pie de la trasera de la empresa Leroy Merlin y la otra, más difícil de observar pues prácticamente está sepultada por las vías de comunicación, rotondas y enlaces que permiten al vial costero enlazar con la GC-1, un barranquillo procedente del área de La Pardilla que coincidiría con la carretera de acceso a las instalaciones de Decatlhon y Macro. Ambas barranqueras desaparecieron y fueron canalizadas bajo el asfalto mediante tuberías de hormigón. La observable en el primer barranquillo tiene un metro de diámetro, abertura suficiente para facilitar el paso de sus eventuales aguas.

 

Recorriendo el escaso centenar de metros de la primera barranquera, observamos una mancha verde que cubre el cauce y que mantiene su color en la imagen aérea que se nos oferta en la cartografía antes señalada. Iniciada al pie de la urbanización que hay bajo el área comercial, una palmera canaria y un soberbio ejemplar de tabaiba dulce prosperan como símbolos de un pasado en que estos terrenos eran amplias superficies cultivables, hoy abandonadas en su totalidad y transformadas en áreas urbanizables.

 

Desconozco la razón, el porqué de la presencia de un amplio manchón de plantas herbáceas en toda la vaguada, justo antes de desaparecer bajo la rotonda que distribuye el tráfico hacia la Estrella, el Residencial Bahía Mar y la autovía GC-1. Sobresaliendo del manto de herbáceas, un par de matas de pequeños tomates, tipo Cherry, colorean con sus frutos un espacio condenado a desaparecer. No podía suceder de otra manera y en este espacio tan transformado, el rabo de gato se encuentra presente en toda la vaguada. Varios ejemplares de caña común delatan con su presencia, la existencia de humedades permanentes en el subsuelo del barranquillo, dando idea del porqué se encuentra tan frondoso el manto de herbáceas.

 

No es de extrañar el desarrollo de dos acacias asilvestradas en este barranquillo, pues ya sabemos que muchas especies botánicas invasoras han visto favorecida su expansión gracias a las repoblaciones que con dichas especies se ha llevado a cabo en márgenes de carreteras y en el ajardinamiento y forestación de espacios colindantes. Me pregunto, no tanto por la formación de los técnicos responsables de ejecutar y dirigir estas repoblaciones sino por la falta de gestión a la hora de consultar o contar con equipos multidisciplinares o especialistas en biodiversidad con la finalidad de solicitar información y consejo sobre las especies prohibidas por Ley o poco recomendables para su uso en cualquier plantación en todas estas áreas que presentan un alto riesgo de dispersión.

 

Acacias espinosas y palmeras de abanico por todo Telde, en cualquier acera, borde de carretera, vaguada, borde de playa o barranco hablan por sí solas de que la preocupación por conservar la biodiversidad canaria y la lucha contra las especies invasoras existe en teoría y sobre el papel y se justifica mediante un gasto desmedido en direcciones generales, técnicos, personal de confianza, funcionarios y personal vario pero, a la vista de las observaciones diarias, albergo serias dudas en que tanto dispendio y supuesto esfuerzo se traduzca en los frutos deseados.

 

Con El Barranquillo, pues esta es la denominación genérica que se le da a la zona donde se ubica este pequeño barranco desaparecido, terminamos este periplo que durante varios meses hemos realizado por el litoral teldense.

 

Es posible que mis pasos me lleven a recorrer los barranquillos tributarios de grandes barrancos, como es el caso de los barranquillos de La Piletilla, Ovejeros, Casquete o las cañadas del Lomo Cabral o de Lomo Caballero que desaguan sus excedentes hidrológicos en el barranco del Draguillo, límite sureño de nuestro municipio, o de otros barranquillos que conforman la red hidrográfica del barranco de Silva, barranco de La Rocha, barranco Real de Telde y barranco de Las Goteras, siendo este último el que definirá el límite norteño del municipio teldense.

 

También es posible que mi interés se centre en recorrer sosegadamente cada uno de los conos volcánicos del municipio pues en su ascensión y estudio se esconden enormes gratificaciones físicas y anímicas.

 

cual sea el derrotero que tome, siempre se tratará de espacios llenos de vida, capaces de sorprenderle, que refrendan una verdad incuestionable: paso a paso, por cualquier espacio natural, tú formas parte del mismo y la vida que en él se alberga forma parte de tu propia vida.

 

En cierto modo les oriento sobre los contenidos de mis próximos artículos para este recién estrenado año dos mil veintidós. Año que comenzaré con dos artículos obligados: el primero titulado “Cuarenta años de luchas y satisfacciones” en clara referencia al Colectivo Turcón-Ecologistas en Acción-, que inicia en estos días su cuarenta aniversario como Asociación Cultural Ecologista, y el segundo titulado: “El cementerio de los libros olvidados” en el que les llevaré a una escondida y particular biblioteca teldense donde cada libro, cada folleto, revista o recorte de prensa son verdaderos tesoros para los amantes de la ecología, el medioambiente y la educación ambiental.

 

Mientras, reciban un abrazo por seguir ahí, por su interés en estas lecturas y por disfrutar de unos paseos y notas de campo que me permiten disfrutar, más cada día, del hecho de seguir viviendo. Esperando que estos artículos sirvan al menos de acicate a los responsables públicos y, a cada uno de nosotros en particular, nos anime a proteger y mejorar nuestro entorno más inmediato, les deseo un feliz año 2022.

 

José Manuel Espiño Meilán es miembro fundador del Grupo Naturalista Turcón, de que es actualmente presidente honorífico, socio y activista. Divulgador y defensor de la vida a través de la docencia, ecología, senderismo, escritura, compromiso y paciencia.

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