Podríamos decir que la frustración, sin miedo a dar excesivos bandazos, que es una emoción que se percibe, en muchos casos, como algo negativo y nace de no cumplirse las expectativas, proyectos, ideas o deseos. Se debe a una ilusión entre el control percibido y la realidad. La generamos nosotros constantemente y el hecho de hacerlo viene determinado por nuestro nivel de desarrollo emocional o maduración emocional. Nada nuevo que la psiquiatría o la psicología moderna no hayan tratado y así, dar sentido, a los diferentes entados emocionales que nos produce la frustración.
¿Pero que ocurre cuando esa frustración la proyectamos en el terreno amoroso, laboral, social, o en el político? Partimos de antemano que la vida, es política, incluso el amor, pues proyectamos en el, todos nuestros anhelos e ilusiones, nos reconocemos en la otra persona que amamos. La baja tolerancia a la frustración la cargamos desde la infancia, arrastramos emocionalmente sus consecuencias y a la mínima, estallamos, por no haber sido conscientes para gestionarla y evitar, esa bomba emocional que nos persigue, al confundir deseo con necesidad.
En política la frustración viene dada por la sensación de haber podido hacer algo mas y, por una u otra razón, nos hemos quedado a medio camino. Exteriorizamos en cualquier foro la frustración e impotencia que nos produce la toma de decisiones, sin percatarnos, o si, de lo que nos estamos jugando, sin medir en su justa medida los valores, los principios y la integridad que decimos que nos define. Haciendo funambulismo con nuestros intereses personales, culpabilizando a otros de nuestras frustraciones personales, reconstruyendo continuamente el relato para así evitar caer en la irrelevancia.
Erigirse desde una atalaya sobre la superioridad moral, que creemos que adorna nuestras acciones, cuando sabemos que reproducimos estereotipos y comportamientos, cuando compruebas que tus acciones hacia el otro, lo único que hace es, sacar a pasear la frustración. No debemos perder la perspectiva de nuestros orígenes, los ideales que nos llevaron o nos llevan a participar en un proyecto de vida, se hace necesario encontrar el arrope necesario o la escucha amable ante la adversidad; buscando en la mirada compresión, en el silencio complicidad, porque sabemos que existe el dolor y tenemos la esperanza de hacer posible que con nuestras acciones mejoremos la vida.
La frustración es una emoción y como tal, debemos positivarla porque, si te paras a escucharla, te informa acerca de cómo te sientes ante lo que sucede y cómo lo afrontas, cómo reaccionas. Cuando sentimos frustración, tendemos a negar la realidad porque no se están cumpliendo nuestras expectativas con respecto a lo que esperábamos que sucediera. Esto, te impide avanzar y evaluar cuánto de verdad hay en lo que piensas, cuánto crees en tus capacidades, la frustración nos puede ayudar a adaptarnos y aprender a mantener relaciones, que no siempre las cosas son como uno quiere. La generosidad ajena empieza por la propia, eso nos hace humanos.
No es difícil aprender a gestionar nuestros sentimientos, para ello hay que desnudar el alma y entender que la frustración debería ser el acicate para superar nuestros miedos, tener meridianamente claro nuestros porqués y para qué, derribando barreras, empezando por nuestro propio egocentrismo.



























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