Es una lástima que, pese a encontrarnos en una situación límite, con una enfermedad que en menos de dos meses ya se ha llevado por delante a más de 20.000 vidas, seamos incapaces de estar unidos. Ni el dolor lo ha conseguido.
Porque los aplausos de las siete no tapan los insultos a los que, vete tú a saber el motivo, salen a la calle. Móvil en mano, se ha convertido en deporte nacional y uno de los challenge de la cuarentena descubrir y grabar a los que supuestamente quebrantan el confinamiento. ¿Qué es por necesidad mayor? Eso es lo de menos, por si acaso que el vídeo llegue lejos.
También sorprende el nivel de miseria humana al que somos capaces de llegar por culpa de nuestras propias paranoias. Aunque son muchos más los carteles colgados en los rellanos de los edificios de apoyo a los sanitarios, cajeros y todos aquellos que realizan una labor imprescindible en contacto directo con el virus, estos reconocimientos llegan como respuesta a los que piden, con educación eso sí, que esta gente se busque un nuevo hogar. «Piensen en los niños», se atreven a rogar.
Pobres criaturas, sí, si están siendo educados bajo ese clima egoísta y mezquino. Eso sí, las invitaciones a marcharse son siempre anónimas, porque la valentía no suele ser un rasgo característico de estos preocupados vecinos. Por eso no ha salido ningún escrito dirigiéndose a un agente de policía. Y eso que ellos también viven expuestos. Cobardes.
Luego están los que se inventan y difunden bulos. Aunque aquí ya se ha destapado que no solo es una iniciativa ciudadana, sino que la oposición tiene mucho que decir. No tienen reparos en poner traspiés a los que luchan contra un enemigo que deja cientos de muertes a diario.
Y solo un escalón por debajo se encuentran los rajadores profesionales que, a falta, sin fútbol, de poder insultar al árbitro, despotrican contra todas las decisiones del Gobierno. Optan por desahogarse ante el político de turno usando esa ya manida mantra de que todos son unos ladrones e inútiles, en vez hacer un poquito por la sociedad donando sangre o repartiendo comida como voluntario, por ejemplo. Prefieren criticar antes que mirarse al espejo. Si hasta cargan contra la aprobación de medidas sociales que permiten una salida a los más desfavorecidos. Hay que ser insolidario para escandalizarse por querer dar a los que nada tienen una renta mínima con la que comer. Pero los hay y, desgraciadamente, son muchos.
Ronald Ramírez es redactor de Canarias7 en Telde.



























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