TELDEACTUALIDAD
Telde.- Luisa Quintana Santana, una vecina de Jinámar de 43 años sin recursos, lleva durmiendo en un cuarto en pésimas condiciones de salubridad ubicado en las instalaciones que en su día fueron rehabilitadas en la trasera de la Casa de la Condesa como velatorio para el Valle de Jinámar.
Quintana malvive desde hace varios meses en un pequeño cuarto que colinda con otros totalmente calcinados por los frecuentes incendios debido al vandalismo imperante en la zona y en los que el olor a quemado es “insoportable”.
Ella reclama una casa social para “vivir decentemente” ya que por su situación actual de desempleo se ve obligada a estar todo el día en la calle y cuando llega la noche se refugia en este espacio abandonado, donde reconoce que pasa “mucho miedo”.
Fuentes vecinales indicaron a TELDEACTUALIDAD que en el entorno de la Casa de la Condesa hay un total de cinco indigentes que viven en sus descuidadas dependencias.
“No pido dinero, solo pasar con mis hijos la Navidad bajo un techo”
Luisa Quintana lleva 20 días malviviendo de ocupa en un cuarto del antiguo tanatorio del Valle de Jinámar. Separada de sus dos hijos, no quiere comida ni dinero, solo una casa donde estar con ellos.
Por su cabeza ha pasado de todo, incluso rendirse y acabar con el sufrimiento. «Ya no puedo más, me he dicho me ahorco y me mato porque así no puedo seguir», exclama con desesperación Luisi, como la conocen sus amigos, una mujer de 40 años que la muerte de sus padres le trajo mucho más dolor aún que una pérdida así puede conllevar. Y es que sin ellos se quedó en la calle. Su hermana, alcohólica según ella, no le deja entrar en la casa de sus progenitores e incluso se vio obligada a llamar a la policía para sacar sus pertenencias de allí. «Hemos llegado a las manos», admite, pero prefiere intentar hacer su vida y evitar más enfrentamientos. «No he querido denunciarla, dios me lo dará por otro lado porque con esa mujer no se puede vivir», resuelve.

Luisi muestra las penosas condiciones en las que vive. Al fondo, Moisés González, su pareja y autor de la pintada con la que ruega respeten el habitáculo (Foto Borja Suárez).
El problema es que tal y como está, tampoco. Llevaba toda la vida trabajando de camarera de piso, pero tuvo que dejar el empleo para dedicar su tiempo a buscar una casa. «Hay una trabajadora social que tiene asignado mi caso y que me está buscando una vivienda de acogida, pero ahí no puedo meter a mis niños», comenta Luisi. Sus hijos, de 11 y 19 años, ahora viven con el padre y la abuela en el Cruce de Melenara. «Pero ellos quieren estar con su madre. Al pequeño le digo que me estoy quedando en casa de una amiga, pero el mayor si sabe donde estoy y me viene a ver aquí», relata con lágrimas en los ojos. «No quiero ni comida ni dinero, solo un techo con el que pasar con ellos la Navidad y los Reyes. No tiene que ser gratis, puedo pagar un alquiler», insiste.
Porque si el estar separado de sus hijos es un drama para Luisa Quintana, su día a día en la trasera de la Casa de La Condesa, en el antiguo tanatorio, no se queda atrás. «Tengo mi ropa en un sitio, mi tele en otra... Hay días que ni como y me tengo que duchar en casa de alguna amiga o en la especie de patio que hay aquí con garrafas de agua», resume. Sin embargo eso no es lo peor, lo que le tiene en un constante estado de nervios es el miedo. «Cada vez que salgo para ir a servicios sociales, a buscar alguna casa vacía o a intentar comer, me encuentro una nueva sorpresa a la vuelta». Se refiere a los destrozos que los vándalos de la zona hacen a en el destartalado velatorio, habitual diana de fechorías. «Solo doy gracias que no me hayan quemado dentro», advierte Luisi, sobre un miedo más que justificado puesto que los incendios son habituales en este inmueble abandonado.
En Cáritas le levan la ropa y le dan comida, pero a ella de poco le sirve estos alimentos sin una cocina donde prepararlos. Además, reconoce que le avergüenza estar pidiendo constantemente ayuda a sus vecinos, aunque agradece toda la dedicación que le brindan. «Me está dando una depresión, ya no puedo estar más aquí», grita al borde de un ataque de nervios una mujer a la que la suerte le ha dado la espalda y que después de toda una vida trabajando, se ve abandonada, sin casa, sin sus hijos y en una situación a la que nadie merece llegar.
Fuente: Texto de Ronald Ramirez/Canarias7.


























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