PELAYO SUÁREZ
La importancia que desde siempre ha tenido las fiestas de San Gregorio, en los Llanos de Jaraquemada, hace que las mismas generen un amplio y variopinto estado de opinión desde ópticas distintas, de acuerdo con la etapa de vida correspondiente del opinante, por lo que cada persona podría añadir, pasajes, anécdotas y situaciones que podrían contribuir al enriquecimiento del conocimiento de este laborioso y desde siempre pujante barrio, haciendo del mismo el mas emblemático del municipio teldense.
Si por antonomasia son las fiestas de un lugar las que en cierto sentido revelan el carácter y personalidad del mismo, no es menos cierto que en San Gregorio éstas han sido desde siempre el principal referente de la sociedad teldense.
Tendríamos que trasladarnos al ayer, casi hoy, de estas fiestas donde dado el carácter social mas encorsetado de entonces, hacían de las mismas el motivo de liberación de una sociedad ávida de elementos lúdicos.
Esto da pábulo para sacar a la luz, elementos que han quedado prendidos en la memoria, como testimonio de un pasado que se revive en el recuerdo.
La añeja plaza de San Gregorio que ha sido sometida a sucesivas reformas, con una pérdida de personalidad acorde con su configuración tradicional, y en el que el carácter pintoresco de antaño con el kiosko instalado sobre el nivel de la plaza y librería- expendeduría bajo el nivel de la misma, al que acudíamos a comprar tanto un sello de cartas como una caja de lápices de colores.
Era esta plaza lugar de encuentros de tertulias, donde nos reuníamos los jóvenes y personas mayores con personajes populares de entonces como los betuneros que abundaban, o el procurador D Luís González, entre otros, hombre éste de una vasta cultura, de la que bebíamos los más jóvenes y que creo que ha sido injustamente olvidado. Se hablaba de todo tipo de temas de índole cultural, económico y de enseñanza, aunque los temas políticos obviamente sólo se trataban de refilón, pero siempre de una forma irónica, que era hasta donde podíamos llegar, ante la vigilante y disimulada mirada del entonces popular Sargento Martel.
Una mirada retrospectiva, nos vislumbran otros lugares de encuentros en cafetines como el de Calderin que era famoso por el agua de manzanilla y hierba luisa que preparaba, siempre en horas de la madrugada, o el cafetín de Pepito el Cubano, el bar del Talayero, el bar de los Tres Hermanos, el bar de Valido, el “bar de la noche” en el parque llamado entonces de León y Joven o el populoso bar de “la Viuda”, también en sus inmediaciones. Y, claro está, el de Buenaventura donde se decía que se tomaba el mejor café de la isla y las mejores vuelta y vira de filetes, en donde se reunían al caer de la tarde casi todo el claustro de profesores del Instituto Laboral en animada tertulia, que aquí sí que alcanzaba un nivel ya mas elevado de acorde con este emblemático lugar artísticamente diseñado. Hoy ya no queda ninguno de estos establecimientos.
El entrañable paisaje humano de entonces ya por ley de vida casi se ha transformado, y con él parte de la idiosincrasia de este barrio, y por el que hoy paseando nos inunda un difuminado torbellino de imágenes etéreas, que ayer eran palpables.
La librería de D. Blas, era casi la única que había, y era punto de encuentro de los estudiantes para proveerse de los necesarios útiles de enseñanza. Lástima que el edificio que forman dicha librería y el entonces bar de Calderín, no se haya puesto el empeño necesario para restaurarlo según su estilo tradicional, hoy ya muy deteriorado, quizás esperando que irremediablemente su destrucción exima de responsabilidades a nuestras instituciones locales y así no tener que adecuarlo para encuentros culturales o salas de lecturas, exposiciones y bibliotecas, con lo que se podría seguir conservando el sabor añejo del lugar, pero sabemos que en Telde la cultura tiene que seguir la tradición de ser alimentada por la iniciativa privada, pero el mecenazgo ya hoy brilla por su ausencia.
Atrás quedan aquellas fiestas de San Gregorio, siempre itinerantes en la instalación del hoy llamado ferial, antes eran simplemente las casetas de recreo y la clásica noria, los cochitos de choque, las populosas mesas de ruletas o el asadero de castañas de Salvadorito, que ya es memoria perdida. Cada año por necesidades del desarrollo a la usanza, que conllevaba al aumento de circulación en la calle principal, que era el lugar designado para los paseos matutinos en tardes de festivo entre el Parque del llamado entonces de León y Joven y el Cinema Telde, las casetas se instalaban en lugares definidos, como alrededores de la Plaza mercado vieja, o a lo largo de la calle Alférez José Ascanio, en el Roque y hasta en el popular Cascajo, solaz de nuestra juventud.
Y es el ayer, casi hoy, el que evocamos como testimonio del floreciente devenir de unas fiestas entre el ambiente entrañable de entonces y la magnificencia con los medios actuales para celebrar las mismas, que nos dicen de la vitalidad de nuestra ciudad, y en particular de lo que siempre ha sido el barrio de los Llanos de San Gregorio.
Pelayo Suárez Alejandro es profesor jubilado e investigador de la historia de Telde.


























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