GAUMET FLORIDO
Seguro que maÌs de una vez se habraÌ encontrado a alguÌn viejito frente a un cajero automaÌtico, incapaz de descifrar el jerogliÌfico de operaciones al que le condenan los bancos, que cada vez cobran maÌs pero dan menos, para que pague sus recibos de la luz o del agua.
O habraÌ tenido que echar un cable a alguna mujer mayor que no da pie con bola con la maquinita que en el hospital le registra como que ha llegado y le confirma la hora a la que ya la habiÌan citado para el especialista. DespueÌs la tienen absorta, con la mirada fija en la pantalla de la sala, para ver si no se despista y llega a tiempo a darse cuenta de que el coÌdigo ese raro, como de matriÌcula de coche, que le han asignado, es el de ella y entonces sabe que podraÌ pasar a la consulta.
Nadie, o casi nadie piensa en ellos. En la sociedad de la historia que maÌs ha hecho y estaÌ haciendo por integrar y hacer maÌs accesible el paisaje urbano y los servicios a los colectivos de personas con capacidades diferentes, las personas mayores son las grandes olvidadas. Ni siquiera la tecnologiÌa, aunque parezca un contrasentido, hace por facilitarles la vida. Es como si el mundo avanzase y no esperase por ellos.
Tampoco tienen quien haga por visibilizarlos. No estaÌn en el relato de la actualidad. Y si lo estaÌn es porque dan reÌdito mediaÌtico por morbo, porque mueren solos y los vecinos se dan cuenta cuando huelen mal, o porque les pilloÌ un coche, o porque, aprovechaÌndose de esa ingenuidad infantil que a veces regresa con la edad, alguÌn malnacido les engaña. Pero de resto, nada.
Baste si no el ejemplo de los pensionistas vascos que han tenido que tirarse a la calle, ellos mismos, a sus años, para que alguien tenga en cuenta una reivindicacioÌn, la de las pensiones, que en realidad nos debe robar el sueño a todos. Pues han sido ellos los que han tenido que buscarse la vida. Hay bajas por paternidad y por maternidad. AsiÌ debe ser. Hay que favorecer la natalidad y propiciar la conciliacioÌn de la vida laboral y familiar. Pero ¿solo para los hijos?, ¿ y queÌ pasa cuando el viejito o la viejita enferma y se hace dependiente?, ¿el sistema favorece como debe que reciban los cuidados y el cariño que necesitan?, ¿o los condena a que las familias, imposibilitadas por su ritmo laboral, los metan en residencias donde, para colmo, no siempre hay gente buena? Les debemos mucho. Merecen otro trato.
Gaumet Florido es periodista teldense y redactor del diario Canarias7.































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