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Retrato con bicicleta/Bienmesabe.org Retrato con bicicleta/Bienmesabe.org

Bicicletas

direojed Miércoles, 06 de Octubre de 2021 Tiempo de lectura:

No sé si a mis queridos lectores les pasará lo mismo que a mí cuando vemos a algunos de nuestros políticos hinchar pecho para proclamar, solemnemente, su decidida voluntad de modernizar la movilidad dentro y fuera de nuestros pueblos y ciudades. Y como si inventaran de nuevo la pólvora, recomendar el uso cotidiano de la bicicleta. Si no fuera porque mi conciencia ciudadana no me lo permite, le diría a aquello de zoquete o babieca, calificativos tan utilizados en nuestras islas orientales y occidentales para calificar al bobo o tonto irredento.

 

En la España de la postguerra y, Canarias no fue una excepción, nuestra paupérrima economía no permitía ni siquiera soñar con la adquisición de un automóvil. Así, las gentes lo hacían todo caminando, de ahí el dicho yo cojo el coche de San Fernando, unas veces a pie y otra andando.

 

En sustitución de otros medios de transporte que ya habían quedado obsoletos, me refiero a las llamadas monturas en bestias: burros, mulos, caballos y en algunos casos hasta bueyes; se puso de moda la bicicleta, que ya comenzó su caminar en Alemania en la primera mitad del siglo XIX, concretamente en 1817, gracias a su inventor Karl Drais. La draisana, como se le llamó en un principio, carecía de pedales y, fue construida a base de listones de madera. Más tarde, ya en 1839, en Escocia, Kirkpatrick Macmilan le añadió, por primera vez, sendos pedales; lo que permitiría impulsarla según gusto del usuario. Siendo, por tanto los británicos, los primeros en aprovecharse de la idea germana. En 1846, Gavin Danzell la patentó, adelantándose así a las competencias que ya iban surgiendo en algunas factorías repartidas por la Europa Occidental. En 1861, el francés Pierre Micaux, junto a su hijo, desarrolló una bicicleta que podríamos calificar de moderna, ya que entre otras modificaciones cambió en su construcción la madera por el metal.

 

Después de esta breve introducción aclaratoria, acerquémonos al escenario teldense. En donde tres puntos geográficos de la ciudad marcaban el mundo del ciclismo para las gentes que la habitaban. El más popular de ellos era, sin duda alguna, un taller de reparaciones, donde dos de sus dueños, Paquito y Antoñito Suárez Suárez, se afanaban en restaurar o recomponer toda suerte de cacharros, así como llevar a cabo ingeniosas soldaduras con una precisión milimétrica. ¡Aparte la vista de ahí, chiquillo! ¿No ves que estoy soldando? ¡Y a mí que me registren, quien quiere mal por su culpa a quejarse al Infierno! Esta rotunda advertencia se soltaba a bocajarro a cada cliente, que entre extasiado y pasmado, miraba boquiabierto la llama del soplete. ¿Qué se le ofrece a usted, caballero? Expresión ésta igual para todos, sin importar la edad del interpelado. La chiquillería y los mozuelos se acercaban allí para arrendar o alquilar una de la veintena de bicicletas, que apiladas una junto a otras, se exponían de forma permanente. Las había sin frenos, que por cierto eran mucho más baratas que las que no lo poseían. Solo dos tenían luz delantera alimentada por dinamo. No recuerdo ahora si otras tantas tenían o no portabultos. Lo que sí creo recordar es que la mayoría carecían de guardabarros y las ruedas se hacían ver en su totalidad.

 

Entre los complementos más codiciados estaba algún que otro timbre y también, como no, uno o dos espejos retrovisores, así como unas cintas de plástico de variados colores que pendían de las empuñaduras del volante. Todos estos añadidos encarecían notablemente la cuota de alquiler. Era Paquito y su hermana Lolita, quienes cobraban a tocateja y por adelantado, siendo los precios en función del tiempo, que iba desde una hora a todas las que se quisieran. La bicicleta más económica solía costar una peseta por hora y nadie osaba alquilarla más de cuatro o cinco horas. Debido a la falta de confianza en ciertos jóvenes calificados como mataperros, los hermanos Suárez Suárez a veces pedían prendas, que eran depositadas en un cajón hasta que se devolviera la bici en cuestión, lo custodiado por excelencia eran los relojes.

 

El segundo espacio dedicado al ciclismo en Telde era la tienda de don Laureano Betancor Suárez, que también fuera miembro destacado de Falange, Teniente Alcalde del M. I. Ayuntamiento de la Ciudad y varios lustros presidente de la Sociedad de Cultura y Recreo La Fraternidad. El señor Betancor Suárez tenía su establecimiento comercial en la hoy Avenida de la Constitución, antes calle General Franco y, mucho antes, calle del Molinillo o del Molinete. Representante para Telde y el Sur de Gran Canaria de la bicicleta Orbea, en su puerta-escaparate un letrero, a manera de slogan publicitario, afirmaba: Orbea, la mejor bicicleta europea. Y debajo, entre paréntesis, quedaba reflejado: Producción Nacional.

 

Y el tercer punto para admirar el ciclismo era el taller de carpintería del padre de Miguel Cabrera González, a mitad de la calle Argentina del Barrio de Los Llanos. Algunos se preguntarán ¿Y quién fue ese señor?, seguro que los que se hacen esa pregunta tienen menos de cincuenta años o no han vivido en Telde jamás, porque si no, sabrían de quién estamos hablando. Miguel era todo un campeón del ciclismo local, insular, regional y hasta nacional. Nuestro archiconocido y justamente vitoreado Tito, fue todo un deportista que unió como nadie la disciplina, el esfuerzo, la voluntad y el autocontrol con una generosidad extrema, puesta de manifiesto a través de su honesta caballerosidad.

 

Los amantes del ciclismo de Telde, deberían preocuparse y ocuparse de reclamar al M.I. Ayuntamiento de la Ciudad, una placa conmemorativa que lo recuerde constantemente entre las presentes y futuras generaciones, como se hizo en su momento con el célebre boxeador Kimbo.

 

Y como siempre me gusta añadir alguna experiencia personal a los temas que trato, debo recordar un Día de Reyes realmente sorpresivo para los dos vástagos más pequeños de mi familia. Bajo el árbol de Navidad, un hermosísimo ejemplar de pino canariensis de más de tres metros ¡qué horror!, se había colocado por primera vez el Belén o Nacimiento. Unificando la antigua tradición española-mediterránea con la no menos antigua de los países nórdicos. Y a los pies de todo ello, la noche de Reyes, nuestros padres mandaron a colocar un zapato por cada miembro de la familia; bajo la advertencia, que fueran los más usados, ya que así Melchor, Gaspar y Baltasar se apiadarían de sus pobres dueños y le pondrían más regalos.

 

A la mañana siguiente, cuando sólo habían penetrado los primeros rayos en luz de nuestro hall, corrimos a ver las dádivas reales y ¡Oh! Cual sería nuestra sorpresa, la de mi hermano Julio y la mía, cuando vimos que ni delante ni detrás de nuestros calzados, había regalo alguno. Mi hermano, que era de lágrima fácil, empezó a gimotear y yo, por aquello de la solidaridad fraternal, hice otro tanto. Mi madre, que no podía aguantar más la para ella injusta situación, nos indicó que por qué no buscábamos en el zaguán, ya que podía ser que, al ser muy grandes y pesados nuestros regalos, los Reyes Magos y sus pajes no pudieron subirlos hasta casa. Salimos corriendo escaleras abajo y aunque la puerta de la calle estaba cerrada, de pronto se hizo la luz, pues mi padre le había dado al interruptor de la eléctrica ¡Y maravilla! Una flamante bicicleta inglesa BSA brillaba ante nuestros ojos, pues sus niquelados eran bordeados por pintura esmaltada de profundo color negro. Se hacía realidad lo que había sido ilusión de mi hermano durante años. Y en un rincón junto a la escalera, otra sorpresa, y esta vez para mí, el pequeño de la casa, también de fabricación anglosajona una más que hermosa patineta, la primera que en Telde vi de esas características: tenía gruesas ruedas inflables, contando además con un freno trasero activado a través de una palanca que, al pisarla, hacía presión sobre dicha rueda.

 

En aquel momento, no lo supimos, pero mi padre se las había ingeniado para traer a Telde ambas cosas a través de su buen amigo maestro Isidro Ramírez, dueño de un prestigioso taller mecánico y comercial del automóvil. Ya no nos haría falta el pedir prestado ni bicicleta, ni patineta. Bien sabíamos que no eran las primeras que había habido en casa, pues ya mi padre tuvo, en torno a 1920, otra que popularmente bautizaron como la del penique y medio. Ésta poseía una gran rueda delantera a la que le seguía otra trasera casi diminuta. Y en medio de las dos, en equilibrio insoportable, un pequeño asiento de cuero. Mis hermanos mayores también habían tenido sus bicicletas, y uno de ellos se llevó un buen susto cuando atropelló a una anciana en las calles de nuestro barrio.

 

Para concluir este rodar por la historia de la bicicleta, nunca mejor dicho, reseñemos aquí que en la Vuelta Ciclista a España, y concretamente el 27 de abril de 1988, en su segunda etapa (Telde-Las Palmas de Gran Canaria) de 34km., vimos pasar por la Avenida del Cabildo Insular a todos los equipos participantes en esa gran gesta deportiva, entre ellos a Laudelino Cubino y Álvaro Pino del equipo de BH.

 

Los teldenses, henchidos de orgullo, se decían unos a otros ¡Dónde hemos llegado, hasta la Vuelta Ciclista de España pasa por Telde! Y todos pensamos que tenían razón nuestros bisabuelos y abuelos cuando exclamaban aquello de ¡De Telde al Cielo y un agujerito para seguirlo viendo, porque si estoy en el Cielo y no veo Telde, nunca podré decir que bien se está en la Gloria!

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde, Hijo Predilecto de esta ciudad y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

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