Nuestra vieja ciudad, Telde, ha perdido muchas de sus tradiciones en aras de una modernidad mal aprendida. En estas mismas páginas, hemos hablado de algunas de ellas, que sobrevivieron a los siglos, pero que perecieron en los últimos cincuenta años del pasado siglo XX.
Estas tradiciones, en su mayor parte, podían catalogarse como Bienes Culturales Inmateriales, pues solamente las palabras las sustentaban. Así como los tradicionales cuentos de Caperucita Roja, Pulgarcito y otros fueron cayendo en desuso, abatidos por la ingeniería holliwoodiense de Wall Disney con su Mickey Mousse Donald, Pluto…. Nuestros padres y abuelos vieron marchar por la larga senda del olvido lo que, hasta ese momento, eran símbolos de su identidad cultural.
No descubrimos nada cuando afirmamos que la sociedad teldense, como cualquier otra de nuestra región o país, es heredera de la Cultura Judeocristiana unida a las tradiciones ancestrales del Mundo Clásico Grecorromano. Pero no es menos cierto que, los límites en cuanto a aportaciones culturales son muy difíciles de delimitar. ¿Qué tenemos de los pueblos del Medio Oriente o de los Bárbaros centro europeos? seguramente mucho más que lo que a simple vista pudiéramos pensar.
En el caso de Canarias y concretamente de la comarca teldense, y aquí incluimos al cercano municipio de Valsequillo perteneciente a nuestro antiguo territorio municipal hasta su segregación en 1802, las aportaciones culturales son el resultado de la poliédrica amalgama de pueblos, que en este suelo patrio se dieron cita a finales del siglo XV y principio del siglo XVI (europeos de muy diversos lugares pero con masivas aportaciones de castellano-andaluces, portugueses y, en menor grado, flamencos, genoveses, etc.). A esos hay que sumar los aborígenes canarii sobrevivientes a la larga guerra de conquista, que por espacio de cinco años (1478-1483) asoló esta isla de la Gran Canaria. Y completando el polígono, los cientos, miles de esclavos negros y bereberes que fueron traídos del África cercana como mano de obra barata para el primer monocultivo que vieran nuestros campos, la caña de azúcar.
En una memorable conferencia dictada por el Doctor Don Antonio Rumeu de Armas (Santa Cruz de Tenerife 1912- Madrid 2006) con motivo de su nombramiento como Hijo Adoptivo de Telde, nos reseñó que nuestra sociedad insular era el prototipo más claro del perfecto mestizaje entre los pueblos antes aludidos. De ahí que muchas de nuestras costumbres y tradiciones tuvieran diversas procedencias, cuando no oscuros principios de los que sería difícil y complicado hablar.
Mas, la Cruz asumida como símbolo máximo de los seguidores de Jesucristo, los llamados cristianos, tiene un origen bien definido, tanto por los estudiosos del Antiguo Egipto como los investigadores de la Cultura Latina. Como es de sobra conocido, existen diferentes formas y tamaños entre las cruces: la Cruz Latina es la más común; la Griega destaca por sus brazos iguales; la de San Andrés por colocar sus brazos en aspas y, así podríamos seguir un buen rato. Tal vez, la que peor fama tiene es la llamada Cruz Gamada por su bastarda utilización en el mundo del Tercer Reich.
Tiene nuestra ciudad y municipio numerosas cruces, que señalan tanto espacios públicos como privados. Aparentemente pudieran tener el mismo significado, pero un estudio pormenorizado nos llevaría a diferentes interpretaciones. Sólo por marcar una línea explicativa comenzaremos por dos grandes cruces, la primera de las cuales ya ha desaparecido y la segunda, transformada, aún se conserva en su lugar originario.
En el sector de San Juan, parte del Conjunto Fundacional, existe una longa rúa que desde su nacimiento se le denominó, Calle de La Cruz, hoy Licenciado Calderín. Sobre ella nos dice el antiguo Cronista e Historiador Doctor Don Pedro Hernández Benítez, que se le llamó así porque en uno de sus extremos, concretamente el de su lado Este, había un pódium o pequeña pirámide escalonada, en cuya parte superior se levantaba una Cruz de al menos dos metros y medio de altura. Temiendo la peculiaridad de poseer forma redondeada en todo su cuerpo. En la llamada cabecera y sobre los brazos horizontales, una pequeña cartela escrita en arameo, griego y latín rezaba Éste es el Rey de los Judíos.
Dicha Cruz permaneció intacta hasta principios del siglo XX, en que fue suprimida al edificarse en ese mismo lugar una casa particular perteneciente al rico terrateniente don Esteban Navarro. A todo el espacio circundante se le conoció como La Placetilla, pequeña plazuela de uso público, dispuesta a la entrada misma de la ciudad, desde las tierras de labor de San Antonio del Tabaibal. Los más viejos del lugar recordaban como a los pies de la Cruz descasaban los agricultores y sus animales de carga, así como alguna que otra cabra. A menos de veinte metros de allí, existió un pequeño abrevadero, en donde el ganado saciaba su sed antes de entrar en la ciudad.
La otra Cruz, antes referida, era la popularmente conocida como Cruz de Jerez. Situada mucho más allá del Lomo del Cementerio (nombre que recibiría al establecerse allí, en 1905 el Camposanto o Cementerio de San Gregorio Taumaturgo) como a un kilómetro del Barranco de La Rocha y a medio del conocido como Barranco de Silva, se encuentra el Lomo de Jerez, partido casi a la mitad por el antiguo Camino Real que comunicaba a Telde con las Villas y pueblos del Sur de la Isla. En el borde derecho dirección sur-norte de esa vía y, exactamente, en donde hoy se levanta la antigua Granja Experimental del Instituto Laboral de Telde, se erigió en el siglo XVI una gran cruz sobre pequeño altar de piedra de mampuesto recubierto de cantería. El Sagrado Madero, tenía una altura de un metro setenta, y fue cambiado varias veces porque las inclemencias del tiempo allí reinante, hacía que se deteriorara en demasía.
Cuando a finales de los años cincuenta, se eligió para establecer en éste lugar la ya mentada Granja Experimental, nuestros munícipes, casi siempre insensibles a todo lo que tiene que ver con nuestro Patrimonio Cultural, no le prestaron mayor cuidado y, de hecho, llegó a ser demolida y destruida en su totalidad, permaneciendo así por espacio de algo más de treinta días. Un vecino del barrio de los Llanos, comerciante y banquero, tuvo la feliz idea de comunicárselo por escrito al Ilustrísimo y Reverendísimo Señor Obispo de la Diócesis Doctor Don Antonio Pildaín y Zapiain, quien ipso facto, envió una misiva al señor alcalde de la ciudad Doctor Don Sebastián Álvarez Cabrera, en la que le conminaba a reponer, lo antes posible, tanto el altar como la Cruz, anunciándole que, de no hacerlo, se vería obligado a tomar medidas nada gratas (¿Excomunión?). Ni decir tiene que el Señor Alcalde, llamó a capítulo a los hacedores de tal desaguisado y se dejó en manos del artista José Arencibia Gil el diseño de una nueva Cruz para Jerez. El pintor y urbanista local se tomó muy en serio el encargo. Con notable maestría, dibujó una hermosa Cruz de color negro sobre un paramento, en donde se alternaba el blanco de la cal y un hueco central tras la misma.
El pequeño altar primigenio se cambió por uno de mayores proporciones elevando éste sobre el nivel del arcén, dándole al conjunto una mayor prestancia. En los años setenta y muy principios de los ochenta, se fue deteriorando y alguien la reparó, poniendo sobre ella el nombre de un ciudadano, que según parece había fallecido accidentalmente muy cerca. Esto desvirtuaba la verdadera historia de la Cruz de Jerez y se pidió al Servicio de Patrimonio del Ayuntamiento que, con todos los respetos y prudencia que en estos casos deben avalar las actuaciones municipales, fuera repuesta la Cruz en su forma original.
En pleno centro del barrio de Los Llanos, concretamente en la fachada principal de la Iglesia Parroquial de San Gregorio Taumaturgo, entre su esquina Sureste y la puerta colateral izquierda, a mediados de los años cincuenta de la centuria precedente, se colocó una artística cruz de madera, hoy en el interior del templo, para recordar la presencia de los misioneros de la Orden de los Jesuitas. Éstos visitaban las diferentes parroquias de la isla para llevar a cabo sus misiones, consistentes éstas en predicación, concesiones y celebraciones multitudinarias de la Santa Eucaristía.
Otra de las cruces más famosas o populares de la ciudad, es aquella que en un momento determinado se puso en la pared exterior de la cabecera de la actual Basílica Menor de San Juan Bautista. ¿Cuándo se colocó dicha Cruz? Pues las fuentes documentales no se ponen de acuerdo en una fecha concreta, pero lo que es cierto es que un acto, tenido por milagroso, dio lugar a la idea. Según parece fueron varios los feligreses de la Parroquia Matriz que aseguraban haber visto, con toda nitidez, a la imagen del Santo Cristo del Altar Mayor o de Telde, reflejado en esa pared. Así lo reafirmaron ante unos jueces eclesiásticos, diciendo todos ellos que, apenados porque la Iglesia había permanecido cerrada en días de tormenta, no podían rezar ante el Santo Cristo y que, sabiendo que éste, se encontraba en el ático del Altar Mayor al otro lado de la pared que cubría la cabecera del Templo, se fueron hasta allí para pedir su intersección y que, cuál sería su sorpresa, cuando vieron que, tanto la Cruz como la imagen del Santo Cristo se daba la vuelta y se les aparecía de frente. Al poco tiempo, dejó de llover y el viento amainó totalmente.
El cura párroco de entonces, mitad del siglo XIX, mandó a colocar una enorme cruz de tea en dicho paramento que, con posterioridad y ya durante el gobierno parroquial de Don Teodoro Rodríguez y Rodríguez, fue debidamente restaurada, tras bajarla y llevarla hasta los talleres de la carpintería de Don Francisco Suárez, situados éstos en la calle Obispo Verdugo del barrio teldense de La Herradura. Don Teodoro aprovechó para colocar sobre ella unas fechas y un lema, que a decir verdad nada tenía que ver con el origen y larga vida de la cruz.
En otro paramento de este Templo Matriz teldense, concretamente en la pared exterior de la sacristía de la llamada Capilla de San Ignacio de Loyola, se levantó a principio de los años cincuenta del pasado siglo XX una gran cruz en honor a los caídos por Dios y por España, al decir del bando vencedor de la Guerra Civil Española de 1936-1939. El diseño de la misma se debe a nuestro admirado José Arencibia Gil, quien concibe este monumento como un altar sobre amplia escalinata y, sobre aquel una cruz de muy notables proporciones. Todo el monumento fue hecho en hormigón armado, recubierto éste de granito molido. El color imperante era el gris. Desde un principio sufrió algunos desperfectos toda vez que la distinta reacción entre el hierro base y el hormigón hizo que saltaran por los aires algunos trozos. A esto había que unir su mala localización ya que evitaba el vertido natural de las aguas de la azotea de recinto religioso, formándose un pequeño estanque entre el paramento de la sacristía, anteriormente mentada, y la espalda de la cruz.
En el año 2000, cuando se remodeló la Plaza y Alameda de San Juan, se acometió su demolición, que por cierto a diferencia que otros pueblos y ciudades de España, aquí no tuvo mayor controversia ideológica. la destrucción definitiva del monumento se llevó a cabo amparándose en la Ley de Memoria Histórica. Este Cronista pidió entonces que no se destruyera tal obra artística, aunque estuviera cargada de significado político y que fuese llevada al cementerio católico de San Juan y allí pasase a ser erguida a en algún lugar elegido al efecto, salvando así una obra de indudable valor artístico.
Siguiendo el rastro de nuestras cruces más populares, debemos reseñar la llamada Cruz del Siglo. Mi buen amigo, el canariólogo don Vicente Sánchez Araña, alcalde que fue de Santa Lucía de Tirajana, promotor de los actos conmemorativos a la conquista castellana en Ansite y fundador-director del Museo Arqueológico y Etnográfico de Hao, me contó que hacía tiempo estaba recopilando datos sobre todas aquellas cruces, que popularmente la feligresía conocía con el nombre de Cruces del Siglo. Pues según me manifestó, el Obispo de la Diócesis, haciendo caso a una orden papal, pidió a todos los municipios de Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote que elevaran una cruz en las estribaciones- montañas más elevadas de cada municipio.
La Ciudad de Telde, eligió para tal fin, la Montaña de Las Palmas en el margen derecho de la carretera que sube a Valsequillo. El primer día de enero del año 1900, se llevó en procesión al Madero Santo a hombros de varios feligreses. Entre canciones de júbilo y Santos Rosarios, se llegó a la cima y allí se plantó la gran cruz que, por su tamaño, era divisada desde los diferentes barrios de la ciudad. Tenía esa cruz, unos diez metros de altura y sus brazos se extendían dos metros y medio a la derecha y otros tantos a la izquierda. También sabemos que, para ello, se utilizó un pino canariensis traído de una finca del Conde de la Vega Grande que se encontraba en los altos de la caldera de La Tirajana.
En otras montañas, altos de la ciudad y sus barrios han existido cruces, algunas de ellas anunciadoras de las fiestas locales, tal es el caso de la colocada en los años sesenta en Lomo Blanco, Altos del Valle Jinámar o la más notoria, establecida en la Montaña de Los Barros en el margen derecho de la carretera de Lomo Magullo a La Breña. En éste último caso, y según datos ofrecidos por el actual Concejal de Cultura del Muy Ilustre Ayuntamiento de Telde, don Juan Martel, en 1972, por iniciativa del entonces joven y entusiasta presidente del teleclub del Lomo Magullo, Don José López Martín, se erigió una cruz formada con dos pitones (llámase así a la flor de la pita que se dispone de un tronco central vertical y unos brotes horizontales, que partiendo del miso forman unas manos equitativamente dispuestas hacia los diferentes puntos cardinales).
Algo más tarde, y concretamente en el año de 1988, siendo presidente de dicho colectivo Don Juan Martel, se levantó en el mismo lugar una gran cruz de hierro. Ésta tenía unos diez metros de altura y su peso excedía los quinientos kilos. Completábase la misma con unas doscientas veinticinco bombillas, que al encenderse por la tarde-noche, la hacían visible desde los más distantes puntos de la ciudad y el municipio. Solía iluminarse el día 25 de julio, coincidiendo con la festividad del Apóstol Santiago, permaneciendo encendida los días que restaban de dicho mes y todo el mes de agosto.
Actualmente, las fiestas de las Nieves son programadas y llevadas a cabo por el Patronato de Cultura y Fiestas El Manantial. Como anécdota, contaremos que la actual cruz se subió a trozos y portados éstos sobre lomos de bestias, de igual manera llegaron a esa cumbre el agua y el cemento, elementos necesarios para fijarla. Todo ello gracias al generoso préstamo de Don Juan Martel Gil (q.e.p.d.), quien dejara para esa ocasión un burro de su propiedad y su primo, José Gil Martel (q.e.p.d), que completó la acción dejando su burra. En 1988, siendo cura párroco de Lomo Magullo Don Juan Santiago Quintana, se bendijo.
Los que somos teldenses y hemos vivido en este municipio antes de 1970, tenemos recuerdos de altos y longos tapiales, así como portadas almenadas que defendían los límites de fincas y cercados agrícolas, pues sobre esas entradas y en la parte más alta de las mismas se colocaban cruces, todas ellas de madera, pero de distinto color. Las había que conservaban a través del barniz su color originario de madera, pero otras tal vez las más viejecitas, para evitar su progresivo deterioro, eran pintadas de canelo (marrón) y también de verde. Las cruces más destacadas entre éstas que acabamos de presentar fueron: la situada en la entrada misma de la finca llamada Del Convento, en El Altozano de San Francisco. La que se custodiaba en lo alto de la entrada principal a la finca del Baladero o Bailadero, hoy conocida por De Las Monjas.
La que adornaba la fachada principal de la finca de las Tres Suertes, junto a la ermita de San Antonio del Tabaibal, pero la más imponente, pues la portada fue decorada con nada más y nada menos que cinco almenas, es la perteneciente a la finca que la familia Castillo posee en el Barranco Real de Telde. Sobre la almena central superior, una cruz de unos ochenta centímetros por cincuenta presenta la fuerza de un detente. Y, bajo ella, una cartela de mármol blanco con marco de cantería gris de Arucas reseña al autor, si no material, sí económico de tal construcción. La cartela en cuestión reza así: Esta portada se fabricó en tiempos de don Agustín del Castillo Conde la Vega Grande, sept. (septiembre) de 1828.
En el Barrio de San Francisco, antes conocido como El Altozano o Altozano de Santa María de La Antigua, existe hoy un Viacrucis, que posee la peculiaridad de que cada cruz es distinta en forma. Según parece, fueron los franciscanos del cercano convento, quienes fabricaron y dispusieron las diferentes cruces a lo largo de las calles San Francisco, Tres Casas, Carreñas y Portería. Durante la II República, con gran disgusto para los creyentes católicos, se dictó una Ley, aparentemente democrática, en la que basándose en la separación del Estado con la Iglesia y abogando a la libertad de culto y creencia, se conminaba a quitar todos los símbolos religiosos de los diferentes lugares públicos (escuelas, hospitales, asilos, plazas, calles, etc.) y nuestro Ayuntamiento, no se lo pensó dos veces mandando a arrancar de las nobles paredes enjalbegadas de nuestro histórico barrio, todas las cruces allí existentes. Avisado el cura párroco de lo que iba a suceder a la mañana siguiente, le pidió al joven estudiante de Bellas Artes José Arencibia Gil, que hiciera tantos dibujos de cruces como las que existían en San Francisco, destacando sus peculiaridades y dejando constancia del número de la casa y los nombres de las calles en donde éstas se encontraban.
A finales de la década de los noventa del pasado siglo XX, los vecinos del barrio, a través de su Asociación, pidieron al Señor Alcalde que se repusieran dichas cruces, labor encomiable que se llevó a cabo por los carpinteros del Servicio de Patrimonio Histórico-Artístico. Era por entonces Concejal Don Antonio Benítez Sanabria.
Se tuvo sumo cuidado en reproducir la forma originaria de cada una de ellas, disponiéndolas cuando fue posible en su lugar. No obstante, debemos decir que la que iba a ser colocada en la calle Tres Casas Nº1, no se llevó a efecto, toda vez que los dueños aterrados por la memoria de la II República no dieron el permiso, diciéndole a este Cronista, que ahora parece todo tranquilo, pero nunca se sabe, todo puede cambiar de un momento a otro y ya en el 35 nos salvamos de que nos prendieran fuego a la casa, obligándonos a nosotros quitar la cruz. De todas las cruces existentes en este peculiar viacrucis, hay dos que datan de finales del siglo XVII y que jamás fueron quitadas de sus lugares originarios. Hoy están pintadas de verde a diferencia de las anteriores que están todas barnizadas.
Actualmente de todas las cruces de San Francisco, hay una que no se encuentra en su lugar. Ésta, estaba a la entrada misma del barrio, en la calle Carlos E. Navarro Ruíz, concretamente sobre la fachada de la casa de doña Abigail, hoy de los herederos de don Gilberto Monzón Mayor. La causa de su ausencia viene dada por el siguiente motivo: hace ya una veintena de años, cuando ese antiguo edificio fue restaurado y rehabilitado como vivienda particular, se le sustrajo la cruz para que no sufriese daño en las obras que allí se llevaban a cabo. Al no reponerse la misma, preguntamos al Servicio de Patrimonio de nuestro Ayuntamiento el por qué, y se nos dijo que, por orden del funcionario don José Juan (Pijuán) Sanabria Estupiñán, adscrito al departamento de Urbanismo y Patrimonio Histórico, había sido llevada al valle de los Nueve. Efectivamente, a un lado del célebre puente del Barranco del Tundidor se instaló de manera definitiva la cruz anteriormente mentada, queriendo así recordar a cuantos habían perdido la vida en dicho lugar.
También en San Francisco podíamos deleitarnos con dos cruces de cantería, cuyos diseños fueron realizados por José Arencibia Gil en los años sesenta del siglo anterior. Una de ellas es algo más que una simple cruz, pues sobre la misma está esculpido el cuerpo de Jesucristo. Y a manera de hornacina, un arco de medio punto coronado por un frontón triangular da prestancia al conjunto elaborado todo ello en piedra amarilla, levantado a los pies mismos del llamado Árbol Bonito. Como ya dimos a conocer en su momento, Arencibia Gil fue el diseñador de la obra, pero queriendo ayudar a su amigo Plácido Fleitas, también escultor teldense, le pidió que fuera él quien la ejecutara. Éste la comenzó, pero pronto tuvo que abandonar el trabajo, pues una enfermedad mortal lo estaba debilitando. Así le pidió a su aventajado discípulo Manuel Marrero, natural de Arucas, que siguiera adelante con el proyecto hasta su conclusión, cosa que hizo con gran soltura y maestría.
Al final de la calle Portería, concretamente ante la espadaña de la Iglesia franciscana, fue el lugar elegido para colocar la segunda cruz arencibiniana. Fue conocida como la Cruz Roja, pues tal era el color de la cantería con que se hizo. Ésta procedía del suroeste de Gran Canaria. ¿Cómo era esta cruz, perdida definitivamente después de una reposición del pavimento de dicha calle? Pues, en un pódium de tres amplios escalones, formando perfectos cuadrados superpuestos, se levantaba una sólida pilastra cuadrangular de 50x50 centímetros de perímetro y una altura aproximada de dos metros. Sobre ella, una Cruz Griega coronaba este monumento en honor a la Orden Franciscana, que había habitado el convento aledaño desde 1610 a 1836.
En muchos espacios de Telde, encontramos otras cruces labradas en altorrelieves en lápidas o placas de cantería. Suelen colocarse éstas en los frontis principales de las casas, sobre las entradas de las mismas. La Cruz se encuentra custodiada por los símbolos de la crucifixión: clavos y corona de espinas, teniendo en su base el lema: Ave María o el más completo de: Ave María Gratia Plena. Así, podemos verlas en la calle Placetilla y también al final de la calle León y Castillo, en una casa viejecita que se encuentra oprimida entre un colegio público y una casa de nueva construcción.
En el Cascajo de Santo Domingo como era el caso de la calle Cruz de Ayala, y en otros muchos lugares del populoso barrio de Los Llanos de San Gregorio, existieron varias lápidas de igual diseño, pero debemos lamentar que la mayoría de ellas se perdieron al ser derribados los edificios originales y sustituidos por nuevas construcciones. Muchos visitantes del barrio del San Francisco se sorprenden porque, en muchas de las entradas principales de sus casas, hay una o tres almenas y sobre ellas siempre una cruz. Debemos aclarar que no todo el mundo podía tener almenas coronando las entradas de sus domicilios. Había que demostrar cierta hidalguía o al menos, el ser castellano viejo. Así la existencia de una almena proclama el estatus de cristiano viejo y el de tres almenas el ser poseedor de cierto grado de nobleza, aunque ésta sólo fuera la hidalguía que daba el ser mando militar de las llamadas Milicias Locales.
Capítulo aparte merece el centenar de cruces que, en las carreteras del municipio, señalan los lugares en el que han ocurrido desgraciados accidentes de tráfico o de trabajo, así como algún que otro suicidio. Éstas cruces de menor tamaño suelen estar profusamente decoradas por la tradición muy arraigada, de poner flores sobre ellas. Hemos dejado para el último lugar la leyenda o verdad histórica, no lo sabemos a ciencia cierta del llamado Árbol de la Cruz, que se encontraba en la finca de la familia León y Castillo en San Antonio del Tabaibal.
Según parece el árbol que resultaba gravemente dañado, fue cortado a hachazos por unos campesinos a sueldo del señor Marqués del Muni, y en un momento determinado, el tronco principal se abrió en dos, encontrándose en su interior una cruz, que algunos señalan de madera y otros mantienen que era de hierro. Lo cierto es que se corrió de la voz del aparente milagro. El señor marqués levantó un oratorio en estilo neocanario, colocando en unos nichos situados a ambos lados de la entrada, las dos mitades del tronco con la cruz señalada y con el resto de la madera, se hicieron cientos de pequeñas cruces que se repartieron entre los vecinos del lugar y de todo Telde. Llegados a la fecha del 3 de mayo, en que se celebra la Santa Cruz, se llevaba a cabo una romería o procesión en el que todos los asistentes portaban una cruz en su mano derecha y entre canciones y rezos, llegaban a dicho oratorio, lugar en donde se celebraba una Santa Misa para todos los asistentes.
Como siempre, tenemos que rasgarnos las vestiduras a la hora de lamentarnos de tener que pasar de puntillas sobre estas y otras historias, pues un verdadero estudio daría para un libro. Esperamos y deseamos que, al menos, este breve relato sirva para estar atentos para no perder más Patrimonio Cultural.
Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde e Hijo Predilecto de esta ciudad.

























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