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El entonces Parque León y Joven en 1968/Archivo Fotográfico José Hernández Torres. El entonces Parque León y Joven en 1968/Archivo Fotográfico José Hernández Torres.

Espacios ajardinados de Telde: El hoy Parque Franchy Roca

direojed Miércoles, 05 de Agosto de 2020 Tiempo de lectura:

La ciudad de Telde, establecida en el centro mismo de una frondosa vega, que ya a finales del siglo XV se le bautizara como Vega Mayor, equidistante entre el mar y la montaña, no surgió de forma espontánea sino como resultado del aprovechamiento de un conjunto abigarrado de poblados, que por ésta zona ya poseían sus primeros moradores, los canarii.

 

Si bien es cierto que no hemos encontrado, hasta el día de hoy, restos arqueológicos que podamos identificar como del periodo aragonés-catalán-mallorquín (1351-1395), sí podemos contemplar aquellos núcleos poblacionales, que sin duda alguna hicieron del Telde prehispánico un centro poblacional de primer orden. Aunque esos núcleos poblacionales estuvieran más o menos dispersos, no mentiríamos si dijéramos que en torno al cauce medio del hoy Barranco Real confluyeron los más notables y poblados de todos ellos: Tara, Cendro, Caserones, La Majadilla, El Altozano, El Baladero, etc…, estos Conjuntos Arquitectónicos y protourbanizados, surgieron en la preconquista castellana (1478-1483) y muchos siglos atrás.

 

Eran lugares de hábitat tan complejos, que ya sorprendieron a viajeros de la categoría del ingeniero cremonés Leonardo Torriani, que tras su visita a la nueva ciudad fundada por los Caballeros de la Santa Hermandad de Andalucía, afirmó que Telde era una ciudad muy antigua de hasta 14.000 fuegos y que sus gentes vivían en cuevas naturales y otras artificiales hechas con suma industria, así como en casas de piedra seca con paramentos elevados y en muchos casos labrados, dejando calles entre ellas.

 

Nuestro buen amigo y compañero el Doctor don Juan Sebastián López García, Ilustre Cronista Oficial de la hermana ciudad de Gáldar, ha dejado escrito en un magnífico trabajo de investigación las numerosas ciudades, que a lo largo de los siglos se han erigido sobre otras que, en el pasado, también cumplieron idéntica función. De ahí que hacer cualquier labor de cimentación en Telde (Zona Fundacional), tenga altas posibilidades de encontrarse con restos de aquellas construcciones hechas por los canarii.

 

Para muchos, Telde es una ciudad anárquica, ya lo cantó así el poeta y dramaturgo Montiano placeres Torón (1885-1938), el cual hizo un símil entre la pizarra de la escuela, tras una clase de geometría, y la disposición de las calles, callejones y plazas de nuestra urbe. Mirando grosso modo un plano de la actual Telde, si por tal solo tenemos a sus tres barrios fundacionales: San Juan, Los Llanos de San Gregorio y El Altozano de San Francisco, podríamos afirmar que no fue, para nada, exagerado el poeta. Es cierto que la mayor parte de nuestras calles y también nuestros cientos de callejones, visualmente forman un complicado laberinto. De ahí que el propio Montiano nos diga que hay calles en el pueblo que tienen entrada, pero no salida.

 

Aun así, tenemos que afirmar, sin miedo a engañar, que nuestras mejores vías fueron fruto de los primeros años como ciudad castellano-andaluza. Así, De la Cruz, Conde la Vega Grande, Real, Baluartes (hoy Pérez Galdós), Molinete y Abrevadero (hoy Avenida de la Constitución), Rivero Bethencourt, María Encarnación Navarro, Oriente y Doctor Melián, son por su ancho y disposición rectilínea, un ejemplo para todas las que vinieron después, aunque hasta bien llegado el siglo XX no se volvieron a repetir como modelos.

 

Tomemos ahora el Barrio Fundacional de San Juan y en el epicentro del mismo encontraremos dos plazas, la llamada Plaza de la Iglesia y la Alameda. En el barrio de San Francisco junto a su iglesia y convento, dos hermosas plazas, la llamada Plaza del Convento y la nominada Plaza de los Romeros, ésta última al final de la calle Portería. Y en el Barrio Alto o Barrio de Los Llanos de San Gregorio, también llamado de Los Llanos de Jaraquemada, otros dos espacios públicos. El primero de ellos, la Plaza de la Parroquia, también conocida por Plaza de la Iglesia, Plaza del Mercado, Plaza de Los Llanos o de San Gregorio y, a casi medio kilómetro de distancia dirección Sur, el actual parque Franchy Roca, del que queremos hablar con mayor detenimiento y, a ser posible, en profundidad.

 

El solar sobre el que se asienta dicho espacio público ajardinado, no es otro que parte de la heredad del escribano público Juan de Aráuz, quien recibió esas tierras en compensación a sus muchos trabajos y esfuerzos. Su característica principal es la llaneza, pues conforma una gran explanada en donde solo existe una pequeña pendiente, cuya parte superior da al Oeste y su parte más baja se sitúa al Este. Desde los albores del siglo XVII, en ese lugar se abrió un rectángulo de unos cincuenta metros de ancho por unos doscientos de largo, aproximadamente, que se utilizó como espacio abierto.

 

Muchos nos hemos preguntado el porqué de localizar ahí esa estructura urbana si la población que le circundaba no era abundante. La respuesta no nos la da el poblamiento, sino la necesidad de contar con un amplio espacio a las mismas puertas de la ciudad, en el lugar exacto a donde llegaban y de donde partían las principales vías de comunicación entre Telde y los pueblos del Sur de la Isla.

 

Asimismo, en una sociedad agropecuaria como era la teldense de aquellos tiempos pretéritos, era del todo necesario contar con solares abiertos para las ferias comerciales de ganado y el descanso cotidiano de los mismos cuando regresaban del pastoreo en las zonas de medianías y semi cumbres. Lo cierto es que, con algunas limitaciones, pues se redujo en unos cuantos metros el recinto, llegó hasta nosotros como un rectángulo de tierra batida que nuestros bisabuelos y abuelos conocieron por La Plaza de Aráuz. Ya en la dictadura del General Primo de Rivera, cuando la ciudad ensanchó parte de la carretera que la unía a las Villas de El Ingenio y Agüimes, se plantaron en dicha Plaza unos eucaliptos que delimitaban la centralidad de la vía sureña, dejando para el uso y disfrute de la ciudadanía dos longos solares conocidos entonces como: La Plaza de Arriba y la Plaza de Abajo. Pero en el Gobierno Municipal de los Republicanos Federales, durante la II República, se buscó la forma de darle unas nuevas trazas urbanísticas a lo que hasta en ese momento no era sino dos terrenos sin pavimentación alguna. Debemos reseñar que, en los dos cachos o trozos de terreno,

 

resultado de la división forestal antes aludida, se jugó al futbol desde los primeros momentos de este deporte en las islas. La colonia inglesa afincada en nuestra ciudad y en otras de Gran Canaria, cada domingo por la mañana, entretenía sus horas en jugar al deporte de la pelota y pronto se organizaron en nuestra ciudad dos equipos con pomposos nombres: uno se le llamó Carlos I o Carlos V y el otro Felipe II, cada uno pertenecía a los históricamente enfrentados barrios de San Juan Bautista y San Gregorio Taumaturgo o lo que en palabras y decires del momento, éstos eran uno de Telde y el otro de Los Llanos. No pocas veces se saldaron los partidos con bravuconadas y peleas. Lo que hizo exclamar a un edil de nuestra Corporación que en la Plaza de Aráuz se comenzaba el deporte con futbol y se terminaba con boxeo.

 

Llevado a pleno la cuestión de la posible urbanización de ese lugar, reglamentando cómo debían ser las alturas de las casas que se encontraban en todo su perímetro, así como su perfecto alineamiento, cuestión ésta nada fácil en una ciudad y barrio con tan mezquinos intereses, se trajo la propuesta de variar la distribución del amplio solar al que estamos haciendo continua mención.

Si ahora la vía principal se encontraba en el mismo centro y las zonas peatonales estaban a la derecha y a la izquierda de la misma, la novedad venía dada por la centralidad de una nueva plaza, que por su tamaño y decoración vegetal, no se volvería a denominar Plaza de Arauz, sino Parque de Arauz. Para ello, había que dejar en todo su contorno, una amplia y desahogada vía, que permitiera el libre acceso de vehículos hacia el sur y desde el sur de la Isla, pues dicha vía, circunvalaría todo el espacio destinado a parque.

 

Otra cuestión a resolver era enderezar el terreno, es decir, nivelarlo, de tal manera que la cota 0 se establecía en su parte Oeste y, de ahí se iba ganando en altura hasta su parte Este, en donde casi dos metros de pared permitiría un relleno total para igualar el desnivel primigenio. Como era un rectángulo se diseñaron tres entradas: dos con escaleras de diferente número de peldaños o escalones, situadas en la parte Norte y Sur y, otra a ras de la calle en la parte Oeste. Todo el perímetro del nuevo parque poseería un parterre con una anchura de metro y medio aproximadamente y, en el centro se colocaría hasta ocho grandes alcorques para en ellos plantar frondosos árboles de los llamados laureles de indias. Las entradas destacarían por poseer unas bellas pérgolas, que pronto se verían cubiertas de buganvillas de varios colores.

 

Antes de aprobar tan ambicioso proyecto, alguien pidió que se revisaran las arcas municipales que, como siempre en nuestra ciudad, no estaban para tirar voladores. Cuando el Tesorero Municipal dio cumplida información sobre el lamentable estado de la Hacienda Pública, muchos ediles vieron como sería imposible acometer la obra del llamado Parque Nuevo. Entonces, surgió la voz del edil don José Suárez, más conocido por Joseíto Suárez, hacendado vecino del barrio de Los Llanos con casa en la misma Plaza de la Parroquia, en cuya azotea moriría vilmente asesinado en la mañana del 18 de julio de 1936. Él pidió que se aclarase a cuanto ascendía el total de la obra, proponiendo ayudar con un adelanto suficiente para que ésta comenzara sin grandes contratiempos.

 

Pero, he aquí que también pidió un cambio radical en la denominación del espacio, que a partir de aquel momento, debería nominarse como Parque de Franchy Roca, en honor al gran líder del partido Republicano Federal, prestigioso abogado de Las Palmas de Gran Canaria, defensor a ultranza de la clase obrera insular. Los tiempos de la II República pasaron más rápido de lo que muchos quisieron y, he aquí que después del 18 de julio de 1936, con un parque todavía en obras, se tomó el acuerdo consistorial de titularlo Parque de León y Joven, en recuerdo a uno de los mejores alcaldes que tuvo la ciudad en el siglo XIX. Durante la dictadura del General Franco (1936-1975), así se le llamó por unos y por otros, hasta que recobrada la democracia y ya a principios de los años 80 del pasado siglo XX, se revocó tal acuerdo municipal y las nuevas autoridades locales tomaron el acuerdo plenario de volverle a llamarle Parque Franchy Roca.

 

Desde el punto de vista estético-artístico, el Parque, se diseñó en un estilo ligeramente racionalista, no pudo ser de otra manera puesto que en los años treinta, los hermanos Martín Fernández de la Torre (Miguel y Néstor), habían puesto en boga tal estilo arquitectónico en el Archipiélago. Después, entre 1950-55, el artista teldense José Arencibia Gil lo adaptó a lo que se dio en llamar Estilo Neocanario, que entre otras cosas supuso el recubrir todos sus parterres y alcorques con trozos de lava volcánica, así como pavimentar la totalidad de su superficie con grandes losas de cemento frotado, que hicieron las delicias tanto de los paseantes como de la chiquillería que por allí pasaba con sus patinetas y bicicletas.

 

Fue el Parque un lugar de esparcimiento y recreación como no ha habido otro en nuestra ciudad. Cada hora del día era ocupada por grupos de ciudadanos y ciudadanas de diferente edad y género. La mañana era propia de los ancianos, todos ellos hombres; para en las horas del mediodía y tarde, cedérselo en parte a la chiquillería, niños y niñas que bien con patinetas, bicicletas o jugando al cogido, al perrito alto, perrito bajo, calimbre, el teje o a la comba, se entretenían bajo la atenta mirada del guarda jurado. Ya de tardecita, algunas señoras, en su mayoría abuelas y madres, siempre en grupo, jamás de forma individual, se acercaban hasta allí para pasear entre jazmines, madreselvas, rosas, dalias, geranios, galanes de noche y cientos de flores de temporada, que hacían las delicias de esas señoras y de los jóvenes enamorados, que tras el paseo de los domingos por la tarde, se sentaban en sus bancos para mocear y esparrandiar. Ya a finales de la década de los 90 (siglo XX), a alguien se le ocurrió acabar con la noble estampa de nuestro Parque y se pide su remodelación, perdonen que me ría, y adaptación a los nuevos tiempos.

 

Ésto supuso convertir una de las zonas verdes más bellas de la ciudad en una simple y absurda plataforma de hormigón armado, que perdió casi la totalidad de sus parterres y con ellos de las plantas y flores que ahí, temporada tras temporada, se iban renovando. Se le colocaron, entre otras cosas, unos inservibles baños públicos, que muy pocas veces han abierto sus puertas, y se le añadió una salida por su parte Este. El impacto visual y anímico de esta reforma fue tan radical que descendió de forma más que notable la afluencia de público al lugar. Si antes los teldenses acudíamos a nuestro Parque porque nos sentíamos realmente identificados con él, después de la reforma, la gente pasaba, pero no se quedaba. Sinceramente este Cronista cree que fue tal desacierto, que nunca se debió acometer tal transformación. Animo a las nuevas generaciones a reclamar una verdadera zona verde, en lo que hoy parece la pista de aterrizaje de cualquier aeródromo, se convierta de nuevo en lo que nunca debió dejar de ser.

 

Así es, en breve y sesgadamente, la historia de un lugar emblemático para el barrio de Los Llanos de San Gregorio y para la ciudad de Telde en su globalidad.

 

Ni decir tiene que añoramos su verdor y el aroma de sus flores, así como los juegos que, por iniciativa infantil o institucional, allí se llevaban a cabo, pero también los largos paseos de los enamorados que al son de los acordes de nuestra Banda Municipal de Música, cimentaban las más diversas relaciones sociales.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte,l cronista oficial de Telde e Hijo Predilecto de la ciudad.

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