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Sábado, 07 de Febrero de 2026

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Estampa antigua de Telde (Foto Archivo de Fotografía Histórica de Canarias) Estampa antigua de Telde (Foto Archivo de Fotografía Histórica de Canarias)

Oficios y ventas ambulantes

direojed Miércoles, 22 de Julio de 2020 Tiempo de lectura:

Muchas tardes, a la caída del sol, salgo a dar un paseo, y la mayor parte de las veces, encamino mis pasos a mi barrio de nacimiento, infancia y juventud: Los Llanos de San Gregorio.

 

Aunque gran parte de mi vida la pasé fuera de Telde, pues a los diez años me fui a vivir a Las Palmas para estudiar en la Academia Santa Teresita del Niño Jesús, regentada por don Cesáreo Rodríguez y doña Georgina Padrón. A los once ya estaba interno en el Colegio de La Salle de Arucas, en donde permanecí varios años. Después vino el Instituto Joaquín Artiles de la Villa Episcopal de Agüimes y, cuando ya fresaba los quince años, volví a Telde por un corto periodo de tiempo. Algo más tarde, marché a San Cristóbal de La Laguna para empezar mis estudios de Geografía e Historia y la especialidad de Historia del Arte en su Universidad.

 

Mas tengo en mi memoria el Telde de muy finales de los cincuenta y principios de los sesenta, cuando la ciudad, aún pequeña, era al decir del poeta, como perla blanca en medio de un mar de esmeraldas. Telde, con sus tres barrios fundacionales: San Juan, San Francisco y Los Llanos, se encontraba inmersa en un manto, siempre verde, de su rico y frondoso platanal. La urbe era considerada la puerta y capital del sur de la Isla. una Isla en que, por demás, sus habitantes solo le reconocían tres puntos cardinales. A los dos primeros se podía ir: el Norte y el Sur; y el tercero, que no era ni el Este ni el Oeste, pues éstos no estaban en el imaginario del grancanario, era sencillamente El Centro, y a él no se iba, se tiraba para El Centro.

 

La ciudad de Telde tenía entonces unos veinticinco mil habitantes y, momentáneamente, había sido superada en población por la rica y próspera Arucas. Heridos en el corazón y en el orgullo, los teldenses, se pasaron toda la década de los sesenta, queriendo recuperar la hegemonía demográfica y económica que aquella ciudad norteña le había arrebatado. Gracias a los cultivos de invernadero, dedicados en su mayor parte a la exportación, así como la construcción y el turismo, Telde terminará esos años doblando su población hasta alcanzar algo más de cincuenta mil habitantes, en décadas sucesivas pasará a setenta y cinco mil, hasta saludar al siglo XXI habiendo superado con creces los cien mil.

 

Volvamos la vista atrás. El barrio de San Juan, conocido entonces por Telde, era el distrito administrativo por excelencia. Allí tenían sus sedes el Ayuntamiento, el Juzgado, el Cuartel de la Policía Municipal, la notaría, el Instituto Nacional de Previsión, la Casa de Socorro y el Ambulatorio de la Seguridad Social, el Registro de la Propiedad, las oficinas de Correos y Telégrafos, además de la mayor parte de los despachos de procuradores y abogados, que no le iban a la saga de las consultas médicas. Completábase el poder del Bajo de Abajo, con el establecimiento de tres de las seis farmacias con que contaba la ciudad. El barrio de San Francisco o Altozano de Santa María La Antigua, en el pasado zona habitacional de Artesanos y convento franciscano, languidecía en torno a la Casa-Cuartel de la Guardia Civil, sita en la calle Altozano y que, popularmente, se le llamó la casa del Orfeón se preguntarán ¿a qué se debe tal nombre? Pues a la habilidad mental de los teldenses.

 

En plena dictadura, los guardias civiles hacían cantar a todos los que apresaban, de ahí el orfeón. El barrio de Los Llanos presentaba una realidad totalmente opuesta a los anteriormente reseñados. Era un espacio urbano de vida activa y trepidante. Desde las cuatro de la madrugada hasta casi las doce de la noche, sus calles, callejones, plazas y rincones, bullían de gentes de las más diversas procedencias y hacían de él un mercado en mayúsculas.

 

Todo se podía comprar y vender, y si no se hacía intercambiando mercancía por moneda oficial, se recurría al trueque o intercambio de mercancía por otra mercancía. Los diversos oficios se daban sita en casi todas las casas, pues tener una puerta dando a la calle era suficiente para poseer un negocio más o menos importante. Latoneros, carpinteros, colchoneros, herreros, fontaneros, electricistas, bordadoras, caladoras, sastres, modistas, tiendas de aceite y vinagre, relojerías y joyerías, hueverías y queserías, barberías y peluquerías, tiendas de tejidos, peleterías, perfumerías y así un larguísimo etcétera, dibujaban el marco comercial de este lugar.

 

Pero, si importante eran los negocios establecidos de forma permanente en sus casas, no menos importante eran los llamados negocios ambulantes. Cientos de personas iban y venían vociferando los más variados productos u oficios. El más armonioso era el afilador, que con su pífano se hacía notar. Una bicicleta era todo el artilugio para darle fuerza motriz a una piedra de limar y así, los mellados cuchillos y tijeras, eran salvados de su propia ruina.

 

También estaban los lañadores, que unían las piezas de barro y porcelana que previamente, se habían partido haciendo una cura a base de lañas, o lo que es lo mismo, trozos de metal en forma de grapas. En otro orden de cosas, los heladeros, que bien en carros o portando una barrica de metal y corcho, gritaban ¡al rico helado para el buen paladar!, entre ellos destacamos al célebre Nicolasito, querido por grandes y pequeños por su extrema bondad y exquisita humanidad, Dios lo premió dándole un hijo orgullo de todos los teldenses: José Vélez. Con un burro cargado con dos cerones a ambos lados de la albarda, alguien gritaba ¡chochos, chochos! Cuando no ¡chochos y chuflas!. Los chiquillos para hacer rabiar al portador de tal mercancía le preguntaban: Santiaguito, ¿qué es lo que dice usted que lleva? Y él con cara de simulado enfado decía: ¡chochos cara de provocante!

 

¿Cómo no recordar el inconfundible olor de las castañas recién tostadas? Nada más comenzar noviembre, en los días en que la Cristiandad recuerda a los Santos y a los Difuntos, el barrio de Los Llanos se prestaba a recibir nuestro particular invierno. Y el chupinazo o pistoletazo de salida lo daba la instalación del puesto del castañero, en las inmediaciones de la Plaza Parroquial. A un lado, su mujer cortando hábilmente las cáscaras del fruto, al otro un pequeño mostrador con castañas asadas por doquier y, en el centro, un caldero, de barro o de metal, multi agujereado en su base y colocado sobre carbones en llamas. El oficiante, experto castañero hijo y nieto de quienes habían ejercido en tiempos pretéritos el mismo oficio, lanzaba ágilmente la blanca sal sobre las castañas en proceso de tostado y, como Satán, hacía que del fuego saltaran chispas lumínicas, dejando boquiabierto a toda la chiquillería. En el extremo opuesto a su madre, uno o dos niños hacían cucuruchos con papel basto, destinado a contener el fruto ya tostado, que hacían las delicias de pequeños y mayores. Así pasaba noviembre, diciembre, enero y parte de febrero. Para la desgracia de los que nos gustaban en demasía esa exquisitez culinaria, veíamos levantar el tenderete y perder la costumbre de recurrir a él cada tarde-noche.¡Hasta más ver! ¡Que son señas de volver! Así se despedía el castañero y su familia.

 

También había vendedores de huevos, éstos llegaban a las casas en donde las señoras los recibían con una palangana mediada de agua ¡vaya poniendo usted los huevos en la palangana! Si se hundían eran huevos frescos, y si flotaban ya no eran tan frescos o eran hueros. Los queseros, que venían también con sus bestias cargadas de exquisita mercancía salidas de las habilidosas manos de sus mujeres e hijas en los barrios de montaña de La Breña y Cazadores, cuando no de los pueblos de la trassierra, nombre que recibían los pueblos de Tasarte, Tasartico y La Aldea de San Nicolás.

 

Algún que otro vendedor de pirulís y caramelos, así como del célebre chicle Bazooka, aquel que su propaganda decía que, solo con una peseta te llenabas la boca. Los chicles no venían empaquetados de forma individual, sino en una barra en donde se marcaban diez porciones y, el vendedor, las cortaba ante el cliente según lo que este último le pidiera.

 

Vendedores de pan, tanto los que eran de fabricación local como los más apetitosos, que venían de la nada lejanas Villas de El Ingenio y Agüimes. Éstos eran los llamados panes de puño, con su sabor a leña y matalauva. Las floreras, que solo por temporadas vendían las distintas flores de su propia cosecha. En mayo, siempre las azucenas. En otoño e invierno, las calas, en primavera, las rosas y los claveles y, en los meses de febrero y marzo, las llamadas lluvias blancas o amarillas, que no eran otra cosa que retamas floridas.

 

Como toda ciudad que se preciara eran numerosos los betuneros, unos se colocaban en torno al interior de la plaza Parroquial de Los Llanos, y otros, los más hábiles y entregados al oficio, iban a las casas de las familias principales al grito de ¡limpia limpia!, para betunar el calzado y dejarlos lustrosos como el que más. Los y las colchoneras, también iban por las calles anunciando su buen oficio, que no era otro que remendar los colchones o extraerle las lanas y el crin, para después de lavarlos y secarlos, esponjarlos o abrirlos, expresión utilizada para señalar cómo las bolas de lana o crin eran desechas para que estuviesen más sueltas y algodonadas, esto era necesario hacerlo casi todos los años, pues el uso continuado de los colchones apelmazaban sus rellenos. Cuando no había suficiente trabajo con los colchones, se dedicaban a la limpieza de alfombras a las que se les ponía una capa de sal gruesa y un papel vasto sobre la sal, después se envolvía formando un rollo o tubo dejándola así por espacios de varios días. Al concluir este periodo se desenvolvía y se le colgaba en una cuerda o liña y, se golpeaba con una especie de palmeta sacando toda la sal y dejando sin polvo y reluciente al tomar de nuevo sus vistosos colores.

 

¿Cómo olvidarnos de las marinas de Melenara? Entre ellas la siempre aseada y aseñorada Pino Geroma. ¡pescaíto, pescaíto fresco y calamale de melenala! Así gritaban las mujeres que, algunas de ellas descalzas y otras con rústicas alpargatas, venían desde esa famosa playa teldense a vender el producto que sus maridos, padres, hermanos e hijos habían pescado con anterioridad en nuestro litoral.

 

Para concluir, traigamos hasta aquí la imagen de los portadores de agua o aguadores que, bien cacharro sobre la cabeza o portando dos recipientes que colgaban de dos argollas metálicas, que a su vez se colocaban sobre los extremos de un madero y éste sobre los hombros, llevaban desde los pilares o abrevadora de la Acequia Real, el agua a los diferentes domicilios.

 

Éstos y otros oficios hacían de nuestro barrio de Los Llanos, pero también del resto de la ciudad, un enjambre de mujeres y hombres que, como las abejas, iban y venía sin dejar de trabajar.

 

Antonio Maria González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde e Hijo Predilecto de esta ciudad.

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