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Sábado, 07 de Febrero de 2026

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Mujeres de luto riguroso (Foto Multimedia) Mujeres de luto riguroso (Foto Multimedia)

De lutos y otras situaciones similares

direojed Jueves, 25 de Junio de 2020 Tiempo de lectura:

Que la humanidad está constituida en torno a creencias, ritos y costumbres, no es nada nuevo. Desde que nacemos y el partero o partera nos levanta por los aires, tomándonos por las piernas y dejándonos boca abajo, dándonos consabida nalgada de nuestra individual historia hasta el momento mismo de nuestra muerte y posterior recuerdo, todo gira en torno a creencias, más o menos religiosas, pero siempre ancestrales.

 

Éstas acompañadas de múltiples ritos y costumbres, que por cotidianos y usuales, la mayor parte de las veces nos pasan desapercibidos. Pongamos por ejemplo como es costumbre ducharnos, bañarnos o simplemente lavarnos la cara y las manos, tan pronto nos levantamos de la cama. Cómo utilizamos cierta cubertería y vajilla para servirnos el desayuno. Siendo éstas diferentes para cada comida del día y, es que el resto de la jornada va a tener un sinfín de ritos o costumbres tales como: saludar al encontrarnos con vecinos o allegados, o simplemente dar las buenas horas a cualquier viandante con el que nos tropezamos en calles y plazas.

 

No digamos aquellas otras costumbres, que por nacionales, sorprenden al extranjero que nos visita: el múltiple desayuno español, compuesto la mayor parte del tiempo por una sucesiva ingesta de cafés cortos, largos, manchados, cortados, etc.; la famosa e hispana siesta a la que le ponemos hora de comienzo, tras el almuerzo, pero a la que no nos ponemos de acuerdo para dar por concluida y así, oímos yo con media horita tengo bastante. Pues yo tengo que dormirla al menos una hora o lo que mantenía el escritor de Iria Flavia, Camilo José Cela, cuando defendía lo que para él era el momento más feliz del día: una siesta entre sábanas y para más inri con orinal bajo la cama.

 

Otros ritos y costumbres van salpicando nuestra existencia y, créanme, son tantos que daría, no para un artículo, sino para un buen libro.

 

Pero existió una vieja costumbre, hoy inusual en parte, que quiero traer a estas páginas, nos referimos al consabido luto. Las diferentes religiones, más basadas en costumbres que en verdades teológicas han impuesto ritos, colores y tiempos a conmemorar la pérdida de un ser querido.

 

En no pocas sociedades el blanco es el color que representa, entre otras muchas situaciones espirituales, el estado inmaculado de las almas y por lo tanto, es ese el color con que se recuerdan a los que ya no están entre los suyos. En la India el blanco es el color de las viudas y viudos, así como de todos aquellos que quieren honrar a sus muertos. En Arabia Saudí y en el resto de los países islámicos, el blanco es sinónimo de haber peregrinado, al menos una vez, a la Meca.

 

En el mundo Mediterráneo al que, sin duda alguna pertenecemos culturalmente hablando, es el negro el color elegido por la tradición judaico-cristiana para demostrar dolor. Si es verdad que hemos vestido de negro en las diferentes ocasiones en que nos ha sorprendido la muerte de un familiar, no es menos cierto que ya han quedado atrás otras costumbres, tales como, no cortarse el cabello, ni afeitarse durante los primeros cuarenta días posteriores al óbito. Costumbre ésta llevada a cabo por los hombres, que con la notoria dejadez de su persona, querían mostrar su desprecio y despreocupación por las cosas mundanas, tan banales, ante el supremo dolor ocasionado por la ida de un ser querido. Entre judíos, griegos y romanos, pero también entre el pueblo gitano actuales, desgarrarse las vestiduras haciendo jirones las vestimentas al tiempo de emitir un sonoro quejido o grito de dolor sería y es la expresión suprema del dolor.

 

Lleguemos a nuestros días que, fresando los sesenta y cinco años de existencia, han pasado por diferentes momentos históricos. Cuando éramos niños o jovenzuelos imberbes participábamos activamente en las liturgias sociales, entre las que se hacía notar de forma muy especial el luto. Al tener nuestra familia comercio de tejidos, el luto de los demás era, si no fuente de fortuna, sí de ingresos inesperados.

 

En cualquier tienda del ramo que se preciara debía tener a la venta: toquillas, velos y mantillas. La cabeza femenina debía estar bien cubierta cada vez que la mujer salía del hogar. Así se cubría el cabello (para la ocasión sin tinte alguno) con una fina toquilla de tal sutileza que su peso mínimo la hacía volátil. El velo, casi siempre de encaje valenciano, podía ser más o menos vistoso, según la destreza de las manos que lo hicieron.

 

El más usual era en un 75% completamente liso y a diez centímetros de sus bordes el encaje, formaba rosetones o cualquier otro elemento floral que, recortado, formaba un juego armonioso de entrantes y salientes. Tanto para la toquilla como para el velo, se usaba un largo alfiler de notoria cabeza en forma de perla gris o negra, cuando no de azabache o metal, así se sujetaban éstas al cuello o escote del traje.

 

La vestimenta estaba formada por un traje completamente negro, huyendo de telas tornasoladas, es decir, aquellas que al incidir la luz solar sobre ellas podían cambiar ligeramente de color o simplemente destellear. Ni escotes, ni estrecheces. Las mangas completas y si el modelo carecía de éstas o eran más cortas debía ir acompañado de chaqueta, chaquetilla torera o simple rebeca, en todos estos casos de color negro.

 

Era costumbre en todas las clases sociales cubrir las manos con guantes, fueran éstos de tela, punto o en el mejor de los casos, de piel. Las llamadas manos desnudas eran símbolo de pobreza extrema o dejadez, cuando no de cierto descuido y por lo tanto tema a tratar entre las lenguas vecinales. Las medias oscuras, en un primer momento gruesas, fueron dejando lugar a otras más finas de nailon o cristal, éstas últimas usadas habitualmente sólo por las clases más pudientes. Completábase todo con calzado del mismo color, que hemos venido reseñando para las otras piezas. Pero si se seguía la ortodoxia más extrema, debía suprimirse el calzado femenino que poseyera el llamado tacón de aguja, pues éste era motivo de escándalo. La simpleza de los modelos utilizados debía ser evidente, nada de lazos, mucho menos de pedrería y tacones gruesos y bajos.

 

Las joyas en general estaban prohibidas. Mostrar alguna de ella se calificaban de mal gusto. A lo sumo, unos pequeños zarcillos o pendientes que no colgaran en demasía de los lóbulos de las orejas y en las manos solo la alianza que marcaba el estado civil de la persona. En la mano izquierda si estaba comprometida/o, a la derecha si estaba casado/a y si eran dos en vez de una en la mano derecha marcaba su viudedad.

 

Los hombres tenían un luto más laxo. Era normal en los años de la Postguerra Civil Española (a partir de 1939…) y también con anterioridad, que las clases sociales dominantes tuvieran ya o se hicieran para la ocasión, vestimentas de luto, es decir, rigurosamente negras. Éstas estaban formadas por el famoso terno, equipo de tres piezas (chaqueta, pantalón y chaleco) además de sombrero o bilbaína (boina) y corbata del mismo color.

 

Pero la diferenciación social, tan marcada entonces a la hora de vestir, hacía que las clases menos pudientes, se inventaran fórmulas alternativas, tales como, sobre la habitual chaqueta prender en la solapa izquierda, es decir, la que está sobre el corazón, un botón negro, marcando así el dolor sentido en su máxima expresión.

 

Además, se vendían o se confeccionaban con telas sobrantes de los trajes femeninos unas anchas cintas que se cosían entorno a la parte alta de la manga izquierda, para así hacer más que visible el luto. Eso no los privaba de la consabida corbata que, bien anudada o simplemente cruzada sobre el pecho y cogida por las puntas a la cintura, gracias al cinturón, informaban a propios y extraños de la situación. Igualmente, la cabeza se cubría con sombrero al que se le llamaba popularmente cachorro o una simple boina, que en los más pobres eran más pequeñas y bastas en cuanto a calidad de su tejido que las célebres y aristocráticas bilbaínas. En los hombres el calzado no tenía mayor importancia, pero si se basaba en el lugar que ocupara en la escala social, por eso muchos llevaban simples alpargatas de tela con plantillas de goma, que vulgarmente se calificaban de coche.

 

Hasta aquí hemos relatado las diferentes vestimentas, pero créanme que el luto no se completaba, si no iba acompañado de otras muchas acciones tales como: no cantar ni en público ni en privado, no escuchar la radio, a excepción de el parte o diario hablado, el retirar de las ventanas y balcones las macetas y maceteros evitando por todos los medios los elementos florales que podían prestarse a equívoco, se abrían con cuidado las puertas de los zaguanes y los postigos y las grandes ventanas permanecerían cerradas por largo tiempo. Se corrían las cortinas dejando invisible el interior de las casas y los hogares en penumbras, aunque fueran las dos o tres habitaciones que daban a la calle principal. Al tender las ropas en las azoteas, en los tendederos o liñas interiores, se disponían las prendas de color blanco o similares y en las exteriores, y por tanto aquellas que saltaban más a la vista de los vecinos, se distribuían las ropas y demás tejidos de color negro.

 

La Iglesia Católica también imponía sus propios ritos y costumbres. Desde que se producía el óbito, un familiar se acercaba a toda prisa a la Casa Parroquial para informar al sacerdote de lo sucedido y éste, lo antes posible, se acercaba acompañado del Sacristán y al menos de un monaguillo, a la casa del difunto para rutinaria jaculatoria y echarle la bendición. El isopo conteniendo el agua bendita o bendecida, salpicaba al féretro y a todos los doloridos, una y otra vez, y el incienso impregnaba el ambiente de forma muy característica. Llantos y aspavientos eran usuales.

 

Sí era bien cierto, que entre las clases más pudientes estas muestras de dolor se reprimían. Una célebre poeta grancanaria recomendó a sus deudos (sobrinas en su mayoría) que el día que ella muriera controlaran sus muestras de pesar y lo hizo con ésta más que ilustrativa imagen: ustedes quietitas y calladitas como los perros de la plaza de Santa Ana. Hasta los años cincuenta era costumbre para todos los que se la podían permitir, pagar a unas mujeres que tenían como oficio el llorar en los duelos, ésas eran las famosas plañideras, que empapaban uno y otro pañuelo con sus lágrimas de cocodrilo y otros fluidos corporales-nasales, depositando a los pies del difunto en su caja los restos de sus saber y buen oficio como muestra evidente del dolor que todos sentían ante tan luctuoso suceso.

 

Había entierros de primera, segunda y tercera, no solo por la calidad de la caja o féretro: unos de simple tela engomada, otros de maderas tan poco nobles como el pino o el pinsapo, hasta llegar a los rangos superiores de la caoba, la samanguila y el cedro, éste último era el reservado a monjas, curas, frailes y gentes de postín porque como es bien sabido que el cedro desprende un aroma muy especial.

 

Las familias pobres de solemnidad tenían que recurrir a la caridad de parroquias o ayuntamientos. En el caso de la ciudad de Telde, y concretamente en la llamada Ermita del Humilladero frente a la Iglesia Conventual de San Francisco se guardaba para la ocasión, un ataúd o caja fúnebre que tenía la peculiaridad de poseer un fondo movible, así se depositaban los cuerpos de los más pobres en su interior y al llegar al cementerio la caja se depositaba sobre dos tablones de madera que, a su vez, separaban a ésta del hoyo sepulcral. Al tirar de uno de los extremos del fondo o tapa inferior, ésta se desplazaba y el difunto caía a la fosa. Ni decir tiene que la caja volvía a su lugar de origen hasta que se volviese a necesitar.

 

La procesión fúnebre podía ser con Cruz Alzada y con mayor o menos números de monaguillos y curas. La misa de córpore in sepulto, normal o cantada. Las campanas tañían con mayor o menor intensidad y espacialidad según la categoría del difunto. Y éstas lo hacían de manera diferente si tocaban a difuntos femeninos, masculinos, clérigos o seglares. En el caso de que anunciasen la muerte de un infante, niños hasta los diez, doce años aproximadamente, su repique llevaba aparejado la alegría de tocar a gloria, en el convencimiento total y absoluto de que esas almas por su inmácula iban directamente al Cielo, evitando las penas del Purgatorio.

 

Terminada la misa de difuntos se formaba la larga procesión, que le llevaría al cementerio más o menos próximo, siendo acompañados en todo momento por el o los sacerdotes, así como por un nutrido grupo de acólitos. En cada población era diferente el trayecto a cubrir, en el caso de los dos cementerios teldenses, había algo que los hacía iguales. En el caso de San Juan Bautista, al final de la calle de La Cruz, hoy Licenciado Calderín, junto al Estanque de la Placetilla, se formaba una línea parental de tal forma y manera que los diferentes asistentes al entierro iban pasando de uno en uno, mostrando el pesar a los familiares.

 

En Los Llanos de San Gregorio la llamada despedida se hacía en la parte suroeste del actual parque Franchy Roca, antiguamente Plaza de Arnao o Parque de León y Joven. Allí, en fila de a uno, se colocaba de menor a mayor edad, formando la consabida fila de parientes. También en fila india iban pasando los conocidos y acompañantes que, para tal saludo de cortesía, se quitaban el sombrero o la bilbaína, guardando esto en su mano izquierda junto al pecho, mientras extendían la derecha para apretar la mano del deudo siempre la misma frase: mi más sentido pésame. Los muy allegados mostraban su cercanía con un sonoro abrazo acompañado de unas sonoras palmas en la espalda del deudo. Después de la llamada despedida solo los familiares y personas allegadas o invitadas exprofeso seguían camino del cementerio para acudir al entierro del difunto.

 

En las Palmas de Gran Canaria, al final de la calle de Los Reyes Católicos, a la entrada misma de la ciudad, existía un frondoso árbol de robusto tronco y bellísima y amplia copa. Era el archiconocido Árbol del Responso, ya que a sus pies el o los sacerdotes oficiantes, rezaban las últimas oraciones por el difunto, que prontamente era conducido al cercano cementerio católico de la ciudad. En ese lugar se despedía oficialmente el duelo, y el resto del trayecto solo lo harían los familiares más cercanos y amigos íntimos invitados al efecto. La similitud de costumbres entre los asistentes a entierros en las dos principales ciudades de la isla, hacen pensar que en el resto ocurriría algo similar.

 

Sobre la temporalidad del luto y, después de mucho hablar con diferentes personas, no hay consenso, pero por lo menos en Telde y su comarca, se marcaban estos espacios de tiempo. Por un padre y una madre, se guardaría luto entre cinco y siete años, por un hermano entre cuatro y cinco, por unos abuelos, según la cercanía social, entre cinco y siete, por un hijo o hija diez años, por primos, sobrinos, etc., podía variar entre uno a tres años. Ni decir tiene que el luto era rigurosamente observado para evitar habladurías y sobre todo disgustos familiares, pues se tenía muy en cuenta que se faltara al luto, ofensa esta irreparable y que no en pocos casos llegó a separar a familiares de forma definitiva.

 

Estos largos periodos de tiempo en el que el negro era el color oficial de la familia, iban a ser levantados de forma paulatina en la etapa que se daba en denominar aligeramiento del luto, en el que se podía salir sin toquilla, ni guantes (las mujeres). Mucho después vendría el llamado medio luto en el que se adquirían tejidos en los que se mezclaban el blanco y el negro a ser posible pequeños lunarcillos o líneas verticales, evitándose por lo menos en los primeros momentos, los estampados florales o vegetales, a no ser que fueran florecillas diminutas. Era también propio de los lutos acudir a las más de treinta misas gregorianas, que todos los que podían pagar lo hacían gustosamente, pues garantizaban el paso rápido del alma del difunto por el temido purgatorio.

 

Asimismo, se encargaba un mayor número de misas a conventos y parroquias con el fin de librar de cualquier imperfección humana el alma inmortal del difunto. Órdenes religiosas masculinas y femeninas dedicaban parte de sus oraciones a sus benefactores, recibiendo a cambio unas cantidades previamente negociadas y abonadas. En las casas junto a una fotografía del difunto, si en el mejor de los casos se tenía, y si no ante un cuadro o estampa de Santo, casi siempre de Nuestra Señora del Carmen, se encendían lamparillas de corcho y metal, que flotaban cual barquillos en un mar de aceite, aunque también podían ser de las de cera, nunca de espelma. Los rosarios diarios que unían a la familia cada atardecer sobre las ocho de la noche introducían peticiones y recuerdos sobre el difunto y así se tenía la certeza anímica de que todo le iba a ir bien en su juicio final.

 

Muchas matizaciones podríamos hacer en torno al luto, como las llamadas visitas de duelo que ocupaban los seis meses posteriores a la marcha del ser querido. Todas las personas que tenían más o menos cercana amistad con la familia del difunto, se veían en la obligación de visitar.

 

Este ceremonial social, tenía prescrito unas horas del día, casi siempre entre las cinco y las siete de la tarde, y sin que nadie lo tuviera que decir éstos ratos de compañía se medían en función de la confianza. Así se repetía una y otra vez fulanita o fulanito de tales visitas de casa o al contrario ese señor o señora no es visita nuestra. Un simple conocido se pasaba por la casa del difunto un cuarto de hora. Otros, media hora y o más, si eran amistades cercanas. Y hasta una hora u hora y media los llamados parientes. A los primeros se les atenía de pie y muy pocas veces se le ofrecía asiento, a los segundos y terceros no solamente se les invitaba a sentarse tan pronto llegaban, sino que además se les ofrecía alguna bebida estimulante tales como: té, café o aguïta guisada, formada ésta por la infusión de ciertas hierbas tales como: la tila, la manzanilla, el hierbahuerto, etc.

 

También se podía invitar a degustar un poco de anís o licor, en Telde para tales ocasiones era muy usual el de naranja o el de café, todo ésto acompañado con algunas pastas de elaboración propia. Y entre suspiros, pequeños desmayos y frases dignas del mejor teatro, con mayores o menores sinceros sentimientos se iba pasando el tiempo, y con él el luto.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde e Hijo Predilecto de esta ciudad.

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