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Sábado, 07 de Febrero de 2026

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Lápida de la tumba de Cristóbal García del Castillo en la Basílica de Telde (Foto TA) Lápida de la tumba de Cristóbal García del Castillo en la Basílica de Telde (Foto TA)

Cristóbal García del Castillo, un hombre plenamente renacentista

Miércoles, 10 de Junio de 2020 Tiempo de lectura:

Nos encontramos en una etapa de revisionismo histórico, entendiéndose ésto como la relectura del hecho histórico tal cual y teniendo en cuenta las más diversas fuentes documentales que, indudablemente, arrojan cientos, miles de datos, que sin los nuevos procesos informáticos no se podrían cotejar con éxito.

 

Hoy en día, cualquier investigador puede tener, casi al momento, toda suerte de documentos, a pesar de que éstos se encuentren en distintos puntos geográficos y medien entre ellos centenares, miles de kilómetros de distancia. Así un historiador canario, a diferencia de lo que pasaba en tiempos pretéritos, puede acceder con toda facilidad, no solo a los grandes archivos nacionales (Archivo Nacional de Simancas (Valladolid), Archivo General de la Administración Pública del Estado, en Alcalá de Henares, Archivo de Indias de Sevilla, Archivo de la Corona de Aragón en Barcelona o Archivo de la Guerra Civil Española (1936-1939) en Salamanca, entre otros). Además de los internacionales como pueden ser: los Archivos Generales de las diferentes naciones del mundo, destacando entre todos ellos por su documentación española el Archivo Secreto del Vaticano.

 

A nivel local, la facilidad de hallar documentación sobre los más diversos temas, se va allanando con la digitalización de muchos fondos archivísticos, y así podemos analizar distintas fuentes documentales y acercarnos a la presumible verdad histórica, teniendo en cuenta que ésta no tiene porqué ser la contenida en un solo documento, ni tampoco en la totalidad de ellos, pues es bien sabido que lo que escrito quedó fue lo que al escribano le interesó dejar plasmado sobre el papel. Y no ha habido momento histórico en que el que escribe no manipule o acomode lo escrito a sus intereses personales, sean estos económicos o ideológicos. Huyamos por lo tanto de ser meros transcriptores de documentos y con la pericia que nos dan nuestros estudios académicos y nuestro quehacer de historiadores, hagamos análisis de interpretación de las fuentes, intentando sacar a la luz todos aquellos aspectos, que forman la base de las poliédricas razones históricas.

 

Desde siempre nos han deleitado las biografías de personajes históricos. En las baldas de nuestra biblioteca particular y a ojo de buen cubero podríamos afirmar que contamos con más de medio millar de biografías, que van desde Reyes y Emperadores hasta humildes personajes de la vida cotidiana de aldeas, pueblos o ciudades. Grandes historiadores como: Salvador de Madariaga o Ian Gipson han dedicado gran parte de su vida a realizar extensas y doctas biografías, que hoy sirven de guías para el resto de los amantes del Pasado.

 

Cuando se trabaja la Historia local, pronto nos damos cuenta de la importancia de ciertos personajes, sin cuya existencia la comunidad a la que pertenecieron no se habría desarrollado tal cual lo hizo. Éste es el caso del moguereño-teldense D. Cristóbal García del Castillo, un hombre providencial para nuestra Arzobispal Ciudad.

 

Fue D. Cristóbal moguereño de nacimiento. En esta antigua y noble ciudad andaluza, hoy perteneciente a la provincia de Huelva, nació y vivió su infancia y juventud. Documentalmente podemos demostrar que su domicilio particular, bodegas y almacenes los tuvo en la calle o Cal Nueva, amplia vía rectilínea que desde mediados del siglo XV fue una de las principales de esta urbe.

 

Cristóbal García del Castillo, fue hijo de Hernán que, siguiendo una antigua tradición entre los de su clase, se dedicó al comercio, poseyendo casas y almacenes mercantiles en la próspera ciudad de Sevilla, lugar en donde tanto él como su vástago, crecieron en fortuna y prestigio social. En 1478, cuando la Reina Católica doña Isabel I de Castilla decidió la conquista definitiva de la Isla de Gran Canaria y, por ende del resto del Archipiélago por conquistar, la confió a la Real Hermandad de Caballeros de Andalucía, así como en un grueso de gentilhombres y capitanes con experiencia en las guerras de reconquista y en las defensas contra la piratería berberisca en el Mediterráneo occidental.

 

A ciencia cierta no podríamos decir qué edades tenían los García del Castillo al incorporarse a las tropas castellanas formadas para tal fin, pero por ciertos aconteceres biográficos, podríamos deducir que, Hernán el Viejo tendría ya más de cincuenta años y su hijo debía superar la treintena. Los dos poseían fortuna suficiente como para sufragarse todos los gastos que traían consigo el armarse y a su vez armar al grupo de hombres que traían consigo. Las armas, propias de la época: cuchillos, espadas, lanzas; la protección de mallas, yelmos, cascos, escudos, armaduras. Todo ello pagado por adelantado a los proveedores sevillanos y repartido entre ellos mismos y la tropa.

 

Cinco años duró la conquista de nuestra Isla. Cinco años de privaciones, de algún que otro quebranto, pero también cinco años de posicionamiento estratégico político y social. Los enemigos a batir, no solamente eran los canarii, pueblo aborigen habitante de este terruño patrio, sino aquel otro, no tan visible pero siempre al asecho y actuante. Nos referimos, claro está, a los otros caballeros con idénticos intereses, tanto en la conquista como en la posterior colonización.

 

Se cuenta que un célebre político español de la Restauración Borbónica, al ser preguntado por sus enemigos políticos y achacarles tal calificativo a los del partido contrario, nuestro personaje ávido intelectual afirmó con rotundidad perdone usted, a los que usted señala como enemigos porque piensan y porque militan en un partido diferente, yo solamente les llamo adversarios, los verdaderos enemigos son los de mi propio partido, que intentan continuamente moverme la silla.

 

Concluida la conquista de Gran Canaria y celebrado el acto de su incorporación a la Corona de Castilla, hecho ocurrido en la Real Ciudad de Las Palmas (a partir de 1929 Las Palmas de Gran Canaria), el 29 de abril de 1483, los diferentes actores de la conquista comenzaron a posicionarse en las diferentes conversaciones llevadas a cabo por el nuevo Gobernador de la Isla.

 

Este hecho socialmente necesario debía de estar avalado por ciertas virtudes diplomáticas, pues el reparto de datas de aguas y tierras se iba a hacer efectivas en breve. Los Castillo de sobra sabían cuáles eran sus méritos y así lo hicieron saber, no solo a sus iguales, sino a la máxima autoridad civil y religiosa de la Isla. No en vano reclamaron para sí tierras de cultivo de primer orden, que le fueron concedidas sin mayor problema y sin tener que litigar contra nadie.

 

La hoy ciudad de Telde tuvo en ese momento, primavera-verano de 1483, su segunda y por ahora definitiva fundación. Y sin duda alguna, fue Cristóbal García del Castillo el hombre designado por la Providencia para ser la cabeza visible de la nueva sociedad teldense. A su experimentada solvencia como militar, ahora se le unía sus dotes sociales, su ingeniosa inteligencia de experto comerciante y su clarividente conocimiento de todo lo que necesitaba la nueva sociedad, que afloraba desde ese mismo momento en la Vega Mayor.

 

Hernán el Viejo su padre y Cristóbal hijo de aquél, se establecen en el lugar que hoy conocemos por el Conjunto Histórico Artístico de San Juan de Telde, lugar fundacional de la propia ciudad. A un tiro de piedra de la llamada Torre de la Conquista (más tarde modificada para su uso como campanario de la Iglesia Matriz de San Juan Bautista), tuvieron casas ocupadas tanto para habitaciones domésticas como para almacenes agropecuarios. Hasta ahora hemos visto a un Cristóbal García del Castillo comerciante, militar, y hábil negociador. A partir de este momento lo veremos como hacedor de múltiples acciones sociales, cabeza visible de cuantas actividades se llevaron a cabo para cimentar la nueva urbe insular.

 

Fue Cristóbal García del Castillo mayordomo de la construcción y dotación de la actual Basílica Menor de la Cristiandad de San Juan Bautista, en aquel entonces Iglesia y Parroquia Matriz de Telde. Como él mismo confiesa en su testamento redactado solo unos meses antes de su muerte en 1539, el templo en cuestión tuvo varios artífices, desde el punto de vista económico, pero también dejó claro que muchos que los que inicialmente se propusieron como donantes, pasado el tiempo se arrepintieron o simplemente mermaron en sus ayudas económicas y tuvo que ser Hernán su padre y el mismo, quienes sufragasen los gastos del templo anteriormente mentado. Si levantar un templo de esas características ya acarreaba cuantiosos gastos, a ello hay que sumarle la donación al mismo del famoso Tríptico Gótico-Flamenco, traído de la región de Amberes sobre el año 1516.

 

Y años después, tras su muerte, la entrega voluntaria, testamentalmente hablando, del no menos célebre Retablo de Pincel obra de Lombard Lambert, pintor de la ciudad belga de Liéja. Asimismo, fueron numerosas las donaciones de obras de carpintería, platería, tejidos, etc., formando un ajuar nada despreciable. ¿Devoción extrema o garantía socio-religiosa? Pueden coexistir ambas cosas, por un lado, un fervor religioso del que no tenemos por qué sospechar y, por otro lado, la necesidad del hombre a caballo entre el Medievo y el Renacimiento de ser reconocido socialmente al tiempo que llevarse bien con la autoridad eclesiástica, relación ésta decisiva para ocupar puestos ventajosos en la nueva sociedad recién creada.

 

¿De dónde sacaba los maravedíes Cristóbal García del Castillo? además de sus posesiones en su Moguer natal, que administraban su hijo y su hija mayor que quedaron en esas tierras, Cristóbal casó ventajosamente tres veces, obteniendo en cada momento pingües beneficios económicos derivados de las dotes matrimoniales.

 

Pero nada más lejos de su carácter que vivir de las rentas. Fue nuestro personaje un hombre decidido a ganar el futuro de forma activa de tal manera que más de un 40%, hay quien dice que hasta un 55% del territorio teldense y alguna que otra propiedad en el actual municipio de Las Palmas (antigua Vega de San José y San Pedro Mártir, en parte hoy conocida por San Cristóbal) hicieron de él la mayor fortuna canaria del primer cuarto del siglo XVI. Todas estas tierras fueron cultivadas con esmero e ingenio a fin de sacarles la mayor rentabilidad posible y siendo la base de la industria azucarera. La caña de azúcar fue el inicio de una actividad agrícola-industrial dirigida férreamente por Cristóbal García del Castillo y que tuvo como elementos dinamizadores siete u ocho ingenios azucareros, dispuestos en diferentes puntos de la Vega Mayor de Telde.

 

Y como eslabón necesario de esa cadena productiva fue nuestro biografiado, armador o dueño de barcos que, desde los puertos naturales de La Madera (actualmente la Garita, Melenara y Gando) partían con el oro blanco, así se conocía el azúcar, hasta los puertos europeos, casi siempre con preferencia el flamenco de Amberes. El almacenamiento de grandes caudales de dinero propiciado por ese rico y continuado comercio hizo que la fortuna de Don Cristóbal creciera de tal forma y manera que se viera en la lógica necesidad de invertir en otros campos de la economía. Dedicando algunos caudales a una incipiente banca que trajo consigo su mayor fortalecimiento social y económico si cabe.

 

Nuestra conclusión sería que don Cristóbal fue un hombre de visionaria existencia capaz de aunar en su persona el ser comerciante, militar, agricultor, industrial, naviero, protector y promotor de obras arquitectónicas, amante de las artes plásticas (pintura y escultura), y así un largo etcétera. Salvando las distancias, que son muchas, podríamos decir que Don Cristóbal fue el Médici de la sociedad insular. Prototipo del hombre renacentista que, dejando los viejos hábitos del castellano medieval, que rehusaba a mancharse las manos con oficios no propios de su noble origen, dejaba pasar el tiempo sin acometer mayores labores que la administración de tierras y heredades.

 

Don Cristóbal García del Castillo fue todo él ejemplo de actividad decidida en la creación de un gran patrimonio, que aun hoy sus herederos, los Castillo y Castillo-Olivares disfrutan. Debemos añadir que, siguiendo las costumbres de la época, estableció en su familia una política realmente beneficiosa en cuanto a enlaces matrimoniales, los cuales llevó a cabo en dos frentes: uno el económico y el otro el de tejer una urdimbre de relaciones sociales encaminadas a poseer mayor poder político y presencia social.

 

Don Cristóbal, no lo vio, pero en pleno siglo XVIII una rama de su familia fue ennoblecida con un título de Castilla: el Condado de la Vega Grande de Guadalupe, tan significativo como omnipresente en el desarrollo económico, social y cultural de la Isla y el Archipiélago en su totalidad.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde e Hijo Predilecto de esta ciudad.

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