TELDEACTUALIDAD
Telde.- TELDEACTUALIDAD ofrece un texto del poeta y escritor teldense Julio Pérez Tejera sobre las dos últimas obras artísticas que el escultor de Telde, Máximo Riol, ha donado a esta ciudad y a la de Gáldar.
Ayer domingo, tal y como adelantó este periódico digital, tuvo la entrega de un Cristo crucificado realizado en acero corten por Riol al Museo de Arte Sacro de Gáldar, un acto en el que el alcalde de Gáldar, Teodoro Sosa, y el párroco de Santiago Apóstol, Manuel Reyes, firmaron la donación gratuita de una pieza de noventa y dos centímetros de altura por treinta y dos de ancho y de noventa kilos.
La firma del convenio se llevó a cabo en el Templo Matriz de Santiago de los Caballeros coincidiendo con la festividad de la aparición de Santiago, que se celebra el 23 de mayo, día que se conmemora también el aniversario de la colocación de la primera piedra de construcción del templo, que se inició en 1778.
El alcalde agradeció la generosidad de un artista consagrado que contribuirá con su obra a aumentar el patrimonio artístico del municipio. Por su parte, el concejal de Cultura anunció que la obra formará parte de la exposición permanente del Museo de Arte Sacro.
Al acto asistió el concejal teldense Álvaro Monzón, de Más por Telde, y miembros del Círculo Cultural de Telde, del que es presidente Máximo Riol.
Regalos para el alma
A Máximo Riol
Cuenta Saint-Exupéry que El Principito, en pleno desierto, a mil millas de toda región habitada, le había pedido: ¡Dibújame un cordero! Y que, una vez agotados todos los recursos que su escaso dominio del dibujo le permitían sin conseguir satisfacer a aquel hombrecito caído de las estrellas, había trazado apresuradamente la figura de una caja con pequeños agujeros laterales y le había soltado:
– ¡Toma, el cordero que quieres está dentro!
Entonces el Principito había mirado por uno de los agujeros y su rostro se iluminó:
– ¡Es exactamente como lo quería! ¡Mira, está dormido!
El cordero imaginario, convertido en abstracción de todos los corderos, se hizo realidad y asumió toda la belleza del animal que cualquiera de nosotros –incluido Saint-Exupéry–, incapaces de ver corderos a través de un agujero dibujado, hubiera querido regalar a aquel extraño ser. Sin embargo, fue él quien logró regalarnos a todos el cordero soñado.
De ese modo se produce la creación artística. El músico, el pintor, el escultor, utilizando los materiales de siempre, construye desde su visión personalísima una nueva versión de la realidad y la pone a disposición de todos, porque no tendría ningún sentido guardarla para sí solo. Así, el escultor Máximo Riol ha regalado a Telde la escultura de un árbol que por su concepción abstracta representa a todos los árboles sin excepción: Al árbol de la Vida que según la Biblia estaba plantado en el paraíso y que hunde sus raíces en la oscuridad de la historia; al árbol Garoé que alimentaba los depósitos de agua de los bimbaches; al Drago que por su escamosa corteza y el color rojizo de su resina resultó emparentado con el dragón; al árbol bajo el que Buda alcanzó la iluminación espiritual o aquel otro al que se subió Zaqueo, porque era muy bajito y la multitud le impedía ver a Cristo.
aunque, por voluntad de Máximo Riol, este árbol representa más que a ningún otro al Plátano bajo el que Hipócrates, padre de la medicina, impartía sus enseñanzas y –a sabiendas de que con ello nos adherimos a su deseo–, la libertad que nos confiere el ser destinatarios de su regalo, nos permite poblar sus ramas con la más hermosa de las bandadas, “Por los ángeles de alas verdes de los quirófanos. Por los ángeles de alas blancas del hospital. Por los que hacen del verbo cuidar, su bandera...” (Vetusta Morla). Un árbol, en fin, que da frutos para alimentar al espíritu que, en ocasiones y aunque no nos demos cuenta, está más necesitado que el cuerpo.
Y de Telde, a Gáldar para regalar otro “árbol” al Museo de Arte Sacro de la Ciudad de Santiago de los Caballeros. Esta vez, Máximo Riol nos cuenta que recortando en una Cruz el cuerpo de un crucificado para dejar el hueco con el que simbolizar la ausencia de Cristo tras su Ascensión al cielo, se encontró, sin tenerlo previsto, con los recortes que formaban el cuerpo presente del Crucificado.
El artista acabó creando un espacio en forma de cruz en el que ubicó al Nazareno con los brazos abiertos, dispuesto a regalar todos los abrazos de los que tan huérfanos andamos, convertido en el fruto del árbol de una Cruz “ausente”, visible sólo por la estructura que la rodea, como si el instrumento de tortura quisiera dejar libre el espacio para la reconciliación. Y de esta manera, como el Principito, Máximo se encontró mirando por un agujero, esta vez en forma de cruz y un poco mayor que el de aquella caja, para regalarnos con absoluta generosidad, su saber, su arte que, tratándose de un artista, es como decir su propio ser y quizás, viendo un cordero, exclame para sí: ¡Mira, está dormido!
Julio Pérez Tejera es poeta y escritor.












































































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