TXEMA SANTANA
No son las palabras urgentes las mejores consejeras, pero entiéndase la urgencia que surge cuando alguien que ama la palabra se va y urgentemente hace emerger alguna que transmita algo de su memoria. Y hasta los almendros, vestidos de blanco y rosa para la ocasión, son poesía para despedirte, Adolfo. Almendrita, como te llamaba en las últimas ocasiones -ya sabes tú por qué-, te fuiste cuando tu almendro querido luce sus mejores galas, no podía ser de otra forma.
Esta semana pasé una mañana en Tejeda, haciendo una adolfada, y me encontré a Coqui, el del pozo de las Nieves. Desayuné con él. Dice que ya no está “arriba”, ahora el puesto lo lleva otro hombre, que parece no caerle muy bien y lo cierto es que tiene cara de capitalino para estar cogiendo frío todo los días. Coqui ahora está en la base del Roque Nublo, haciendo lo mismo, vendiendo, recogiendo bolsas que vuelan, encendiendo el motor para preparar café, recibiendo llamadas y diciendo el tiempo que hace. Al final aprendió inglés, claro que lo aprendió. “A tres grados amanecimos esta mañana, sí mija”, le contaba por teléfono a alguien que llamaba desde la ciudad. Malditos teléfonos, sí.
Pues resulta que cuando le dije a Coqui que me llamaba Txema me preguntó por el apellido y le dije Santana. Y claro, apareciste tú. Como Adolfo Santana, me dijo, el del Canarias7, así te recordaban sin saber, creo, que te despidieron de aquella manera. Y batalla tras batalla. “Ese era buen hombre y periodista, eh”, me dijo. Me contó algunos paseos e historias que compartieron y me dijo que había escuchado que estabas malo. Igual que tú bajabas con historias y cuentos de la gente de las medianías de esta isla, ellos saben y querían saber de ti. Ahí le dije que estabas fuerte y con ganas. Y que tu gente estaba contigo. Me dijo que te tenía un palo preparado, algo que le habías pedido la última vez y que no lo habías ido a buscar y yo me ofrecí a llevártelo, claro. Él me dijo que te esperaba. Iré con Gara a buscarlo.
Bajé después al pueblo y Clarita, la del Rincón de Nestor, me recibió con complicaciones. Se está quedando sorda, pero sonríe. Eso sí, la memoria la tiene intacta y se acordaba de ti y de tus visitas. Y si yo te contara esto a viva voz, que era lo que pretendía, tendría que escucharte hablar de la madre canaria y sus virtudes. Y estaría tan encantado como arrepentido estoy, sin remedio, de no haberlo hecho. Más allá, en la puerta del Ayuntamiento, en la plaza de la iglesia del Socorro estaba Quintana, el que fue policía local. Ya está jubilado, no vive mal. Era martes y estaba con un purito, apurando la mañana a las once, antes de echarse un cortado para ir a hacer de comer. Ya sabes que se divorció. Tenía que preparar cuatro paellas para este fin de semana, que son las fiestas. Me recordó un par de fiestas de San Miguel en las que bajó, como policía local de Tejeda, para ayudar en Valsequillo. Y me dijo “de Valsequillo era este jodío, coño, Adolfo, que me dijeron que esta malo, coño”. Y claro, batallas con Adolfo, que si un túnel que cruzaba Tejeda, que si hubo un accidente y te llamó. “Ese parecía un cronista”, sentenció y encendió el puro otra vez.
Y como mi mañana en Tejeda había sido un poco adolfina, dulcito en la Nublo incluido, decidí bajar a comer a Las Vegas con la familia, el barrio donde te criaste y donde nací yo , bajando por la Caldera de los Marteles y esa carretera por la que siempre que bajabas, y coincidías en esto con mi padre, decías: “Esta carretera está hecha para comerse los frenos”. Y cuando pasabas por la piconera: “Mira que estos muertos de hambre se van a acabar comiendo la montaña” y no estaba de acuerdo contigo, eso me lo permitirás, en que desde esa perspectiva era más bonito tu querido barranco de los Cernícalos.
Anoche a las nueve de la noche empezó a sonar mi teléfono. Cuidadosamente me preguntaban cómo estaba, si todo iba bien. Y cuando hacía entender que, bueno, tenemos una panda de incompetentes al mando de la nave, pero que nuestro cuarto lo intentamos tener lindo y ordenadito, y que poco a poco estamos armando la revolución, me preguntaban por ti. Una llamada, otra, otra, otra. Eran vecinos tuyos de Valsequillo, gente que te quería y que sabía que estábamos unidos de alguna forma por lo más bonito, por la sangre que no es familia, por la pasión que es pura energía: por el periodismo y el amor mutuo. Y claro, le mandé el recado a tu niña, que te acompañaba. Le dije que te diera toda la fuerza de la gente de Valsequillo que te la estaban mandando y dedicándote pensamientos y recuerdos. Y es cierto, convencido estoy, de que te hubiera gustado saberlo. Y esta mañana bien temprano vine a Valsequillo para contemplar cómo te despide tu pueblo de acogida, con cariño, y es que hasta los almendros se han vestido de blanco y rosa y se han colocado en la ladera de la que fue tu casa para decirte adiós, iluminado por un sol que sabes que en enero no castiga, pero deja un riego de luz divino.
Nunca te lo conté, pero cuando empecé a trabajar, contigo al lado, intentaba cada día que me dijeras lo bien que lo había hecho o que te había gustado lo que había escrito. Hasta que un día me dijiste: me gustó el reportaje, pero no tienes que esperar que le guste a nadie. Y aprendí al instante. A Rolex o a setas, que diría Neketán. Con tu amigo Neke y con Juan García Luján te visité una de las últimas veces. Vaya cuatro marujas nos sentamos allí a recordar y poner nombres y lugares. “Ese mejor que no venga a mi casa, que se queda con ella”, decías y más risas. Qué te gustaba un chisme. Y con Pepe Naranjo fui otra vez. Allí sentados, él a un lado de la cama y yo a los pies. “Pepe está en el buen camino. Este maricón se va a recorrer África entera”, aprovechaste para decirme en un momento que él se ausentó.
Te fuiste con un proyecto en ciernes. La primera reunión que tuvimos en el patio de casa con Gara y contigo servirá para mucho. Fue la base de lo que será un proyecto lindo y que será aprovechado, Adolfo, para sembrar tu memoria, que ahora será nuestro objetivo. Y que esa siembra de muchos frutos. Y que las historias pequeñas de los pueblos nunca dejen de contarse como la contarían sus vecinos, los protagonistas.
Txema Santana es periodista.
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