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Adolfo Santana (Foto TA) Adolfo Santana (Foto TA)

Retazos de zafras (V)

TA ofrece un nuevo relato del periodista teldense Adolfo Santana

cojeda Martes, 29 de Julio de 2014 Tiempo de lectura:

ADOLFO SANTANA
Títeres y otras variedades
La fatigosa, pero apacible, vida en los cultivos se veía alterada, por lo menos dos veces a la semana, por los prestadores de servicios externos, por así llamarlos, como vendedores de la tara de la finca de plátanos de Gáldar, los afiladores de cuchillos, navajas, tijeras y demás utensilios domésticos, las infaltables barqueras de Gando y Las Torrecillas, con su pescado fresco y sus desplantes a todo el que se pasara de listo y por la llegada de los hermanos Antonio y Juan Suárez, en su viejo furgón Thames Trader, lleno de canutillos, madejas de hilo, dedales y otras minucias que servían a sus clientes de La Breña, Lomo Magullo y Cazadores, que se habían venido a la costa a echar tomateros y no era cosa de olvidarlos.
 
Sin embargo, la visita más esperada durante todas las zafras era la de las compañías- vamos a dejarlo así- de títeres y las de espectáculos de variedades-vamos a no moverlo mucho tampoco-, que solían arribar por los cultivos a mediados del verano, antes de las mudadas y aprovechando que los aparceros, el que más o el que menos, tenían perras frescas y saltarinas.
 
Con el fin de que los artistas pudieran actuar con comodidad y sin que el viento se los llevara a ellos y a su chiringuito, al tiempo que hacían su recaudación cobrando la entrada, Ruiz, el encargado, con permiso del patrón, les cedía una de las naves del almacén, donde de ordinario, durante la zafra, se almacenaban el guano, el azufre y varias porquerías químicas que cargaban en las avionetas alquiladas para fumigar los cultivos. El escenario lo montaban sobre una de las planchas que se unían a los trompos de la empresa para llevar viajes de ceretos de tomates al muelle y de telón servían unas cortinas de cretona, o como se llamara aquello, colgadas de una tomiza. La recaudación no era como para retirar a los esforzados artistas, pero venían contentos a los cultivos porque siempre salían con la talega llena de tomates, verduras y pejines, regalos de un público entusiasta y muy agradecido por la visita.
 
Los más pequeños disfrutábamos como un piojo en la cabeza de un hippy con los títeres. El guión era siempre el mismo, pero, amigos, qué guión. En un rectángulo aparecían la bruja Lola, siempre haciéndole putadas a Jaimito Eduardo del Carmelo y a su hermana Siempreviva del Carmen. La chiquillería enronquecía gritándole a Jaimito, armado con una retranca, que la bruja Lola estaba detrás de él. Sólo con darse la vuelta le podía haber salpicado los ojos, pero Jaimito, insato perdido, se hacía el loco y siempre miraba para donde no estaba la malévola bruja. Lo que le llegábamos a decir al chilguete aquél, no es para ser descrito. No entendíamos entonces que eran exigencias del guión, un guión que al final tenía previsto el garrotazo y el triunfo del bien sobre el mal. De haber acertado Jaimito con el toletazo a la primera, adiós función y adiós artistas, porque el entonces defraudado público los hubiera colgado en las cucañas.
 
Dentro del apartado de variedades, destinado a los adultos, aunque allí entraba todo dios que pagara-medio duro los adultos, una peseta los niños y nada el encargado y su familia, que siempre ha habido clases-, destacaban los números de humor, casi siempre a cargo del director de la troupe, un godo gordo y mal encarado que siempre estaba de mala leche y las variedades propiamente dichas, con actuaciones de Félix de Granada, Antonio Ravelo, Gitano de la Vuelta el Pérez y Morenita de Ubeda, a la sazón esposa del gordo que dirigía el cotarro y que era rubia platino. También venía un enano, El Minuto, que compartía número cómico con el gordo y que habría de convertirse en leyenda en los tomaterales.
 
El número fuerte de Félix de Granada era “Colorines”, una canción desenfadada, vamos a escribirlo así, que el genial artista capitalino interpretaba vestido con una camisa ancha de lunares, abierta por el pecho y amarrada sobre el ombligo con dos nudos, un pantalón negro ajustadísimo, zapatos negros de tacón alto y rematado todo con un sombrero cordobés negro que el artista movía como quien mueve un abanico. Las mujeres del cultivo se admiraban del arte del cantante y, algunas, bueno, casi todas, de cómo iba vestido.
 
-Estoy asombrada-decía en voz baja Sunsionita a su comadre Lola- ¿Cómo pudo meterse ese hombre en esos pantalones? Pa mí que está todo sollao, el pobre. ¿Usted no lo nota raro, al hombre?
 
-¿Raro?
 
-Sí, como si le brillara la cara. Eso debe ser por lo que le aprietan los pantalones. Y no me diga que es del maquillaje, porque los hombres que se visten por los pies no se maquillan…
 
Lo que pasa, Sunsionita-cerraba el diálogo Lola, que estaba deseando que saliera Antonio Ravelo-, es que éste no se viste por los pies, a éste le enchufan los pantalones por los lados, con calzador, como si estuviera una embutiendo mortadela…
 
La salida de Ravelo era siempre acogida con grandes aplausos y muestras de cariño por parte del público. En parte, por su arte, en parte porque era paisano, del Sureste, no me acuerdo ahora si de Piletas o de Los Corralillos y también porque venía de gente aparcera y era padre de familia numerosa.
 
Antonio se arrancaba, más que nada para entablar un diálogo artístico entre las diferentes generaciones presentes, con su universal “Ovejita lucera”, que desataba la locura, sobre todo cuando el artista decía “me gusta cuando bala la ovejita” y todo el público balaba “béééé”, y “cuando le contesta el corderito”, con la claque balando “báááá”, hacía que diera la sensación de que alguien había soltado en el pequeño almacén el ganado más grande del Conde de la Vega Grande. Para las damas, Antonio entonada “El Cristo de plata”, que narraba los últimos instantes de una madre que entrega, en el momento de expirar, ese objeto a su hijo, para que la recuerde por siempre, etcétera. Aquí lloraba hasta Juanito el Regador, que tenía fama de bruto, pero el artista cambiaba de tercio-observe el avispado lector el recurso estilístico- y se metía por derecho con “El Legionario”. Aquí sí que se iba a alcanzar lo que los cultos llaman clímax, o así. La historia iba de un legionario, que conoció a una tanguista cantando un tango-miren que casualidad-en un bar de Barcelona y se enamoró al punto que se casó con ella y vivieron años muy felices. La trama se complica porque, el legionario viajaba mucho desde la ciudad Condal a París y viceversa, que para mí que debía ser un enlace entre la Legión Francesa y la nuestra, porque si no se explica tanto viaje. Lo cierto y verdad es que, al regreso de uno de estos viajes, el legionario sorprende a la tanguista en un cabaret, de lo cual cualquier indocumentado ignorante en lides amorosas en el mundo de las tanguistas podría decir que la cabra siempre tira al monte, pero no, la tanguista, sola y casi abandonada por el legionario viajero, lo único que hacía era seguir la querencia y pensar, además, que si lo había conocido en un cabaret, en el cabaret tenía más posibilidades de encontrarlo que en cualquier otro sitio. La cosa es que el legionario, harto de “kife”, según la tanguista cantaba después, armó una ensalada de tiros, no acertó a nadie, lo que evidenciaba por su parte tanta habilidad para disparar como para elegir pareja, fue detenido por la policía y llevado en barco a no se sabe bien que lóbrego penal. Los lamentos de la pareja en el estribillo final estremecían al auditorio, de tal manera que todavía me acuerdo y se me ponen los pelos de punta.
 
Tras este derroche de arte en el drama cantado por Ravelo, a Morenita de Ubeda, que era rubia platino y tenía cara de estar harta de su marido, de las variedades y de todos nosotros, cantaba una balada que hablaba de amores perdidos, de marineros y de tatuajes. La canción empezaba diciendo: “apoyá en el quicio de la mancebía…”, si el espectáculo era en el extrarradio. Si la función era en la capital o cerca de donde hubiera algún cura, la letra de Quintero, León y Quiroga se convertía en:”apoyá en el quicio de mi puerta un día…”, porque ni la censura franquista ni los curas querían admitir que en la católica España hubieran casas de putas, que no otra cosa es una mancebía.
 
El espectáculo contaba también con el número cómico del director y del enano, El Minuto, pero esto lo dejamos para la próxima entrega, por su trascendencia- ya escribo que el enano acabó siendo una leyenda en los tomaterales- y porque creo que merece un relato aparte.
 
Adolfo Santana es periodista y vecino de Telde.
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