ADOLFO SANTANA
Cuando yo era chico, a la gente que le daba un ictus se le decía que tenía un ‘paralís’, a la que la elegía el cáncer era que tenía ‘algo malo’ y las mujeres cumplidas parían en sus casas, asistidas en la alcoba por una vecina bien amañada que hacía las veces de comadrona, con dispar suerte en la faena, aunque hay que señalar en descargue de las interfectas que no tenían más atarecos que una palangana, agua de pasote, alcohol, paños, buena voluntad y toallas.
Antes de ser yo chico, había nacido, cosa de la que hace hoy mismo 64 años y que está siendo recogida fielmente en numerosos medios digitales de este mundo medio loco en el que Esther Pérez Verdú, Ernesto y resto de basca me han metido, hábilmente auxiliado por mis hijos Juan y Gara, que no terminan de creerse que a un servidor estas cosas de las redes y demás virguerías informáticas le han cogido con el pie medio cambiado. Bueno, rememorando la cuestión, el feliz acontecimiento tuvo lugar en el poblado medio troglodita de La Puerta, en el Llano de Valsequillo, un municipio precioso donde han ido arrancando olivos y almendreros para ir plantando chalés y adosados sujetos a hipotecas, o no.
El escenario, una casa-cueva, me hizo acreedor a lo largo de mi vida de bromas medio pesadas de algunos amigos que aseguraban que debía haber llamado Jesucristo, aunque me padre decidió llamarme Adolfo, en homenaje, supongo, a Adolfito Robaina, un señor de San Roque que le enseñó el oficio de barbero, que toda su vida alternó con el de aparcero, de tal suerte que en la cuartería donde iríamos a vivir años después, estrechábamos lazos con la miseria de nuestros vecinos de esclavitud a la parte y con sus piojos y liendres, que iban dejando junto con sus greñas en una choza que era mitad barbería y mitad dormitorio, separados ambos espacios por una cortina de tela con dibujos repelentes donde un montón de ingleses montados a caballo perseguía a unos zorros que parecían perros famélicos perseguidos por bardinos de la pérfida Albión.
Siguiendo con la remembranza, que no sé porque me ha dado por ahí, debe ser la falta de práctica, lo de la elección de los nombres de sus hijos por parte de mi padre, sobre todo de los dos primeros, Manolo Miguel (Mateo) y un servidor, fue de traca. Abstemio irredento desde entonces, cuando nació el primogénito, se acordó entre ambos cónyuges ponerle Manolo, por el abuelo paterno y Miguel, por el materno, pero hete aquí, que mi hombre se enraló con la novedad y algunos amigos ligeros de pico y acabó con la juerga en San Mateo, en el mismo día del santo. Al regresar a toda carrera al pueblo para aprovechar que el Registro seguía abierto, se decidió por ponerle Mateo, que era de lo único que se acordaba. Andando el tiempo, mi hermano, que fue eternamente para todos Manolo Miguel y Mateo en los documentos oficiales, siempre tuvo palabras de agradecimiento a la Divina Providencia porque su progenitor acabara la juerga en San Mateo, y no en Santa Brígida.
Ya metidos en recuerdos, y acabando rápido esta especie de borrador autobiográfico, diré que estas casas-cuevas que teníamos en La Puerta, seguramente cedidas al viejo por algún amigo a cambio de peladas gratis, estaban llamadas a tener un uso algo explosivo, acorde con la personalidad que había de desarrollar el arriba firmante (es broma), dado que fueron vendidas al foguista Ramoncito Dávila, que instaló allí su Pirotecnia San Miguel, que ha ido creciendo en calidad y cantidad, pese a la racanería de munícipes y comisionistas, que gustan del ruido con pólvora ajena y del olvido de las facturas para el que curra y divierte.
Como resulta que Esther y la basca, Nieves. Juan, Gara y los muchos amigos y compañeros que estaban esperando que amainara el puto viento y apareciera por estos mundos cibernéticos quieren que lo haga con cierta periodicidad, voy a ir cortando el rollo, dejando la cosa en los tiempos de la mudada de las casas-cuevas de La Puerta hasta las cuarterías de Piletas y Las Puntillas, a las zafras, a los engañosos y mezquinos anticipos y a la miseria.
Como habrán observado, nada que decir de enfermedades, tratamientos, decesos o miedos, aunque me gustaría ocuparme más adelante del Servicio de Oncología del Hospital Insular, desde Adolfo Murias, su jefe, al que acaban de jubilar porque en este país hay que ir prescindiendo de la gente que vale para el pueblo, justo cuando están en lo mejor de su capacidad profesional, al último empleado, pasando por el equipo de enfermeras, que pinchan y medican a una media de cien personas diarias, siempre atentas, profesionales y humanas en un cometido que llevan cabo con pacientes que tienen el miedo y la sensibilidad a flor de piel y que agradecen casi más una palabra tierna, una sonrisa de ánimo, un atendimiento humano, que lo que quiera que le echen a la dichosa bolsa de la quimioterapia o llegue tras el rayo abrasador de la radio.
Son 64 años y hoy se cumplen y estamos aquí, recibiendo con alegría y disimulo tantas muestras de cariño de tanta buena gente que te desean que cumplan muchos más, en unos tiempos donde esos deseos sí que son verdaderos, al punto de que cuando Nieve me preguntó que qué quería que me regalaran en mi cumpleaños le contesté que otro. El sesenta y cinco, cuando suelen jubilar a la gente, aunque a un servidor le jubiló antes la reforma laboral que el cáncer. Eso vino después. La ‘cosa mala’, que decían cuando uno era chico y que se convertía en casi tabú para vecinos y familiares, al punto que todavía hoy pregunta la gente del pueblo si se me puede visitar, se dice que por no molestar a una enfermo estigmatizado por una dolencia que puede tratarse, prolongar la vida, o quitártela, pero a la que hay que combatir con ánimos renovados, aunque a veces te fallen las fuerzas, casi todas las fuerzas, menos las benditas de los cuidadores, esa familia que notas caminar contigo cuando tú más parado estás.
A todos, gracias por echar un vistazo a este invento de Esther y la basca del Canarias7 Digital y sigan, si quieren, atentos a la pantalla. Me costó soltarme, pero después de cuarenta años de darle a las teclas, no hay ‘cosa mala’ que impida que uno intente demostrar que, con todo ese tiempo cortando huevos, está aún en condiciones de capar con cierta soltura. Nos leemos, gente y sí, el viento sigue amainando en esta enorme antesala de las Sagradas y Eternas Praderas de Manitú. Jao.
Adolfo Santana es periodista y vecino de Telde.
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