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Isabel María Luisa Ortega (Foto TA) Isabel María Luisa Ortega (Foto TA)

Homenaje a Isabel María Luisa Ortega

Cristina Martes, 25 de Noviembre de 2014 Tiempo de lectura:

Muchos son mis sentimientos y mis recuerdos a la hora de escribir estas líneas para homenajear a lo que más he amado, mi mujer, Isabel María Luisa Ortega León, al año de su marcha. La conocí en mi primer trabajo serio, allá por diciembre de 1983. Contaba con 22 años recién cumpliditos. Por diferentes vicisitudes de mi primer trabajo nos encontramos en la misma oficina. Sus esplendorosos 34 años me llamaron la atención.
 
Pasaron los días y semanas. Y un compañero muy cuico se percató que mi mirada tenía razones. No en vano era el mayor de todos nosotros y por ende más experiencia acumulada en lo que se llama “vida”. Un compañero con un corazón de oro. Labrado durante muchos años en el Sahara español.
 
Él fue el culpable que me decidiera a pedirle una cita. Y así fue. Era época de carnavales, por lo tanto, aproveché una presentación de una murga en la parte alta del castillo de la luz (por esa época era posible su visita) para invitarla la primera vez. Era un 23 de febrero de 1984.
 
Todo transcurrió muy rápido. Mi afán de tener a alguien a mi lado que pudiera querer y amar era lo que me daba fuerza para resistirme a sus primeras valoraciones de nuestra relación. Se llamaba a sí misma “corruptora de menores”. Su primera intención era pasárselo bien. Un compañero de trabajo que le invita a salir y parece que no es mal chico ¿Por qué no?
 
Hay que analizar que su vida, hasta que yo aparecí en escena, era la de una chica soltera, joven y unas ganas enormes de vivir y disfrutar de la vida como la que más. Vivía todavía con su madre y padrastro, que siendo viuda (mi niña tenía 6 años cuando ocurrió), se había vuelto a casar hacía apenas 2 años.
 
Mi primer contrato era por causas de la producción. Más tarde lo pude consolidar a través de un concurso-oposición. Eso ocurrió en agosto de 1984. A partir de ahí empezamos hablar en serio de formalizar nuestra relación. Como anécdota, su madre, que también trabajaba en la misma empresa, y en personal, nada menos, estuvo “fisgoneando” en mi expediente. Por si era un buen chico para su hija.
 
Se puede decir que fue una de los periodos de mi vida más expansivos en todo. Un huracán de sentimientos recorría todos los poros de mi cuerpo. Me hizo el hombre más feliz en la tierra el 3 de agosto de 1985. Formalizándose nuestro matrimonio a los ojos de del Señor en la iglesia de San Bernardo (San Telmo). En esta iglesia se habían casado mis padres en el año 57 y fue bautizada nuestra única hija a finales de 1986.
 
Fueron 28 años, 3 meses y 22 días de acompañamiento, felicidad, entendimiento, comprensión, cariño y en la génesis de todo esto, amor. No fue sencillo, pues pretéritamente vivimos décadas diferentes, con conceptos en cuestiones económicas distintas, pero no distantes. Con todo lo que dije al principio de este párrafo fueron ingredientes suficientes para que el “puchero” saliera exquisito.
 
Tuvimos altibajos en nuestra relación (ocurrió en octubre de 1992) pero las reflexiones que cambié con mi padre y el gran poder de nuestro cariño fue suficiente para superarlo y llegar hasta donde llegamos. Por lo tanto, lanzar al vuelo que ha sido un matrimonio perfecto es una utopía.
 
Siempre piensas que no te va a tocar a ti. Cuando lo oyes, te pones triste, pero lo superas rápido. Pero cuando lo ves en la persona que más ha querido……., te destroza, se te encoge el corazón y gritas ¿Porquéeee………………?. Fueron casi dos años de lucha contra una enfermedad mortal. Parte de mí se fue con ella. Dios……………….., no sabes cuánto te echo de menos.
 
Estas letras es mi pequeño homenaje a la mujer que llenó mi vida y me dio lo más preciado que tengo ahora, mi hija. Sus recuerdos y sus regalos (mi hija y su familia), son los que me mantienen vivo. No tengo otras razones para vivir. Un beso mi amor.
 
Víctor Manuel Rivero Lezcano.
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