BEATRIZ RODRÍGUEZ
Partiendo de la premisa de que tan culpable es el que engaña como el encubridor del engaño bien podemos pensar que trasladado a nuestra democracia tan culpable es el que gobierna como el que le ha otorgado oportunidad para situarlo en el poder. Obviamente salvando ciertas sorpresas que quizás, los ciudadanos, nunca pudimos o supimos prever. De ahí que la ciudadanía sea corresponsable de la situación actual de los momentos por los que pasamos en tanto en cuanto hemos optado por opciones políticas de pocas garantías o por rechazar nuestro propio derecho al voto.
Es importante antes de ir a votar definir las necesidades y prioridades que como ciudadanos corresponsables de esta democracia disponemos para que, como suele decirse, luego no nos den gato por liebre.
Como sabemos, existen definiciones de los espectros ideológicos de izquierdas y de derechas, aunque siempre, y conforme ha ido avanzando la historia, se han ido adquiriendo más matices. Algo obvio ya que en todo el mundo - económico y social - se plantea la política en términos ideológicos. No obstante y para no hacer un texto muy engorroso bien podría resumirse de la siguiente manera:
La derecha se decanta por el individualismo frente al colectivismo que sería defendido por la izquierda, de igual manera ocurre con el conservadurismo frente al progresismo. Actualmente, el discurso político de la mayor parte de fuerzas de derechas habla favorablemente de la riqueza a través de la libre competencia sin intervencionismo del estado en temas trascendentales como la educación y la salud. Mientras que la izquierda tiene como punto central la defensa de la libertad, la igualdad, y su cohesión social.
Un fraile dominico brasileño, teólogo de la liberación, en una de sus obras señaló: "ser de izquierda es optar por los pobres, indignarse ante la exclusión social, inconformarse con toda forma de injusticia o considerar una aberración la desigualdad social"
Sorprendentemente hay partidos políticos que rehúsan tener un compromiso ideológico y optan por afrontar la política desde la abstención de la ideología: el centro político.
Sin embargo es conveniente tener en cuenta la dualidad y ambigüedad que ofrecen esos partidos que se catalogan como de centro. Ya que, vilmente, podrían utilizar la confianza de votantes - en su mayoría nuevos y desconocedores del total abanico de opiniones de cada uno de los ámbitos políticos - para situarse en el lado opuesto a sus propios intereses o pensamientos que tienen por imperativo o "sentido común" ya que lo necesitan para llegar a escalar hasta el sillón del poder. ¿Pero además, qué ocurre si no todos tenemos el mismo sentido común para todo?
Si el sentido común de cualquier individuo ya nace condicionado por sus circunstancias, su entorno y cómo se desarrolla el mismo, tendremos que reflexionar sobre la supuesta objetividad del sentido común. Ese sentido común o, dicho de otra manera, los posicionamientos que confluyen en cada persona según sus necesidades y prioridades, determinan sus decisiones y estas decisiones no serán las mismas para todas las personas. Aunque para cada uno la decisión tomada sea indiscutiblemente su sentido común.
Por lo tanto resulta engañoso vender la idea actual de que la política no tiene ideología. Es más, la política tiene tanta historia como la propia humanidad y toda ella viene nutrida de ideologías. Otra cosa es que la cultura ideológica no esté arraigada en nuestro país donde la política apenas ha despertado interés salvo en los últimos años debido precisamente a una crisis derivada del abuso de políticas neoliberales, bien sean conservadoras o progresistas. Además la ideología es lo que le da sentido a la existencia de la política. De lo contrario, no tendría sentido la existencia de la misma, ya que es ella la que aglutina y dirige el porvenir del colectivismo de nuestra sociedad.
Es importante tener en cuenta siempre que quien se escuda o se deja seducir por el llamado centro, que nunca ha existido como ideología sino como aglutinamiento de personas de diferentes ideologías, está expuesto a sentirse tan o, incluso, más defraudado que ideas manifiestamente posicionadas, bien sean progresistas o conservadoras.
Cuanto menos, es difícil creer en soluciones que vienen de la mano de los mismos que se autodefinen con ambigüedades. Personalmente seguiré creyendo en que la ambigüedad sólo sirve para marear a muchos y engañar a todos ya que no se comprometen ni siquiera con el fundamento de la política en sí.
Beatriz Rodríguez Álvarez es ciudadana de Telde.

























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