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El invitado. Un cuento para la Nochebuena

Cojeda1 Martes, 22 de Diciembre de 2015 Tiempo de lectura:

(Cuento de navidad dedicado a la memoria de mi padre,  que pasó gran parte de su vida arrancándole el agua a las entrañas de la tierra)

Prisionero entre enormes paredes de basalto casi verticales, y cubiertas de  helechos  y otras  plantas rupícolas, el barranco de Azuaje  adormecía arrullado por el monótono y relajante rumor de las aguas que, libres, retozaban por el pequeño reguero, lamiendo y salpicando de verde las piedras a su paso.

 

Entretanto que la noche se apoderaba de la cárcava, desde las oquedades de los riscos, que a modo de palcos  les ofrecían los agrestes acantilados, las palomas silvestres se disponían, una noche más,  a escuchar  resignadas  las destempladas salmodias   del coro  de las ranas que habitaban entre la fronda de berros, ñames y cañaverales  que tapizaban las orillas de las pozas  cristalinas que atenazaban momentáneamente las aguas en su incesante discurrir.  

 

Indiferente a los ruidos que lo rodeaban, Matías,  sentado en un poyete junto a la puerta de la sala de máquinas de  uno de los muchos pozos que desangraban las profundidades de la cuenca de Azuaje, permanecía absorto mirando como un trocito de cielo  se colaba entre las escarpadas paredes del barranco, sembrando en los charcos que se formaban en su cauce  manojitos de estrellas que se reflejaban en sus aguas.

 

Nada en el ambiente  parecía indicar que aquella incipiente noche del 24 de diciembre debía ser diferente a otras noches. Nada era distinto a  otras en las que Matías  esperaba sentado en aquel mismo poyete a que llegara la oscuridad  para, por última vez en el día, achicar  el agua del pozo antes de irse a descansar en un catre de viento que había en el edificio.   

 

Para el maquinista del pozo, aquella noche no tenía  nada especial, porque las mismas estrellas que en la paz del barranco hacían refulgir las aguas de los pilancones, en otras partes del mundo eran incapaces de hacer brillar los ojos opacos de muchos niños que sufrían los horrores de la guerra, el hambre o la prostitución. Las mismas estrellas que se reflejaban en las aguas de los charcos, en otros lugares del Planeta eran eclipsadas por las luces de neón de la opulencia, del derroche y del consumismo de las ciudades de los países ricos.  Así era, para Matías aquella noche era una noche más. Una noche en la que, sin su familia, debía sentir en sus carnes la inmensa soledad del que añora estar al lado de sus seres queridos.      

 

Tras achicar el agua del pozo, el maquinista, alumbrándose con una de las lámparas de carburo que  utilizaban los picadores y barreneros para vencer la oscuridad del laberinto de  galerías que se abrían en el interior del pozo, se dispuso  a calentar la cena:  un potaje de berros que  había  preparado por la mañana, y que le había sobrado de su almuerzo.

 

Entre tanto que preparaba la cena, el maquinista se dejó  llevar  por esas volutas amorfas de girones de pensamientos que toman forma dependiendo del estado de ánimo de su dueño. Así, el olor del potaje lo transportó a su niñez, donde las nanas que  cantaban las olas en la costa de Layraga lo arrullaban. Más tarde, las caricias en su rostro que le ofrecía la brisa que hacía estremecerse a las sombras de las plataneras en los días de verano, mientras él cargaba  los racimos de plátanos recién cortados. El olor entrañable de las vacas de su padre. El ajetreo de la tienda de aceite y vinagre donde, todavía siendo niño, comenzó a trabajar por primera vez...

De pronto, una voz que lo llamaba desde la puerta abierta de la sala de máquinas, además de interrumpir sus pensamientos, lo sobresaltó de tal manera que casi se le cae de las manos el plato abollado de aluminio que contenía su cena.

 

Guiado por la voz que lo llamaba, el maquinista dirigió su mirada hacia  la puerta de la sala de máquinas. Allí,  como si de un espectro se tratara,  la silueta de un hombre se dibujaba  en la penumbra.

 

La vestimenta andrajosa del recién llegado,  sus piernas abiertas y algo encorvadas y el saco de arpillera que llevaba colgado a sus  espaldas  le resultó familiar.

 

En efecto aquel hombre era  Vicente, un pedigüeño que, con sus facultades mentales  disminuidas,  acostumbraba pedir  limosnas por los pueblos cercanos, y que a aquellas horas iba camino de su casa.    

 

-  ¡Matías, dame un perra para comprarme una novia!

 

Volvió a repetir Vicente desde la puerta de la sala de máquinas, provocando  una  sonrisa en el maquinista.

 

Matías,   acercándose al visitante, observó que estaba tiritando de frío, por lo que  lo invitó a pasar al interior del edificio para, después de sentarlo a su lado,  compartir   su cena con él.

Mientras cenaban, el maquinista dirigía una y otra vez la  mirada al rostro de  su invitado. A pesar de  estar marcada por los muchos años de  sufrimiento, a causa de  la incomprensión y las burlas recibidas por ser diferente, la cara de Vicente le  transmitía  un halo de  serenidad que,  acentuado  por   el brillo de sus ojos que irradiaban la inocencia de un corazón que siempre quiso ser niño, hacía de Vicente  más  un ser angelical  que  un pobre limosnero con sus capacidades físicas y mentales mermadas.

 

Después de cenar, cuando la silueta de su invitado desapareció devorada por la noche aguas abajo del barranco, el solitario y desconcertado maquinista cerró la puerta de la sala de máquinas, desplegó su catre de viento  y, arrullado por el coro de ranas, se dispuso a pasar la noche como otra noche cualquiera, en  soledad.

 

Bueno, como otra noche cualquiera no. Porque esa noche del 24 de diciembre, Matías, el solitario maquinista de un pozo del barranco de Azuaje, tuvo la suerte de compartir su cena con el espíritu de la navidad.  Fue así porque el verdadero espíritu navideño solo  se puede encontrar en las personas que, como Vicente, tienen un corazón humilde, limpio de venganzas y otras emociones dañinas que son capaces de aniquilar lo que de humano tienen de las personas para convertirlos en monstruos  sin escrúpulos.

 

Cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia, ya que los dos personajes que aparecen en este relato existieron. El maquinista era mi padre,  y Vicente uno de esos hombres humildes que, sin proponérselo, quedan para siempre en la memoria de los que, como yo,  tuvieron la suerte de conocerlos.

 

José Juan Sosa Rodríguez es psicólogo y ciudadano de Telde.

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