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El cesante

Ilma2015 Miércoles, 29 de Julio de 2015 Tiempo de lectura:

Si existe una figura literaria que el novelista, dramaturgo, cronista y político gran canario Benito Pérez Galdós  describió y reseñó en su obra de literatura realista, fue la del cesante. Este personaje propio de nuestro país del siglo XIX era un  funcionario sin oposición ni puesto fijo en la Administración, designado libremente por los políticos y que perdía su trabajo si éstos, en virtud de los vaivenes electorales devenidos, así lo decidían.

 

Cuando un partido ganaba  las elecciones copaba las administraciones con personas de su confianza y dejaba cesantes, sin trabajo, labor, función, empleo ni salario, a los previamente nominados por el partido que había perdido las mismas. Esta situación planteaba varios dilemas como eran el drama humano de aquellos que quedaban en paro, sin oficio ni beneficio conocido; la precariedad laboral de algunos que favorecía la adulación, el clientelismo político y el servilismo; y la intriga y  afán de un nuevo cambio de gobierno que los devolviera, al fin,  a sus puestos anteriores.

 

Resulta curioso analizando la literatura de la época enumerar las causas de la cesantía, pues básicamente esta podía ser sobrevenida por motivos políticos, que era la más frecuente, aunque también lo podía ser por fundamentos disciplinarios, por reformas o supresión de plazas y por conveniencias del servicio.

 

Prosiguiendo con el análisis, los cambios políticos generan en el siglo XIX la incertidumbre en estos personajes que ven continuamente peligrar su puesto de trabajo y por ende las expectativas de los cesantes que ansían de recuperarlo, aunque no sean solamente éstos el único motivo de la proliferación de estos personajes. Hay en la época la creencia de la existencia de una tupida red de influencias generada por el afán con que se codicia un empleo público retribuido, tenga  o no el pretendiente méritos para obtenerlo ni aptitudes para servirlo, algo que encaja en lo que la Real Academia de la Lengua define como empleomanía.

 

En esta lucha por los puestos vacantes, las influencias aparecen como el tipo de recurso más utilizado tanto por los aspirantes a los mismos como por aquellos que pretenden ascender o simplemente evitar la cesantía. Esta versión decimonónica del tráfico de influencias abarca varias modalidades como podrían ser la herencia del cargo; la recomendación o el amiguismo, bien por la amistad o protección de otro alto cargo o jefe político, presentando esta modalidad a su vez otro aspecto a considerar como son el número o calidad de los puestos conseguidos en virtud de la categoría de quien los concede; la adulación y la delación interesada como medio para alcanzar el fin de eliminar competidores o ganar las simpatías del protector, ejemplo sutil de los intitulados en la época como tiralevitas; y por fin el cambio de partido o camaleonismo ideológico o político, precursor sin saberlo del chaqueterismo de nuestros días.

 

Una remoción de estos puestos por motivos políticos como hemos visto o bien por causa del tráfico de influencias determina la aparición pues de los cesantes y su tipología. Hay autores de la época como  Antonio Gil de Zárate que recogen hasta seis variedades de los mismos en función de su nivel económico y su actitud, disposición o talante ante la cesantía: el cesante acomodado que no necesita de su sueldo para vivir acomodadamente; el cesante industrioso que aun careciendo de bienes de fortuna posee un talante activo y emprendedor que le permite dedicarse a otras actividades; el cesante literato, que se dedica a escribir desde su posición de desocupado, inactivo y destituido sobre temas políticos, bien con ánimo revanchista o bien con el de hacer oposición de circunstancias; el cesante económico, que no son sino aquellos que en las puertas de una merecida jubilación se ven injusta y sorprendentemente afectados por la cesantía; el cesante mendicante, figura ésta más degenerada, ya que incapaz de dedicarse a otra actividad se ve por ello abocado a solicitar y pedir recomendación y ayuda a conocidos, allegados y amigos; por último queda la figura del cesante  conspirador o revolucionario, que según Gil de Zárate es su peor variedad, pues incluye a aquellos que aun careciendo de inquietudes políticas se dedican a conspirar con el único ánimo de recuperar su cargo.

 

El impacto de la cesantía golpea a la víctima del mismo doblemente: por un lado en su poder adquisitivo y por otro en el descenso de categoría social, gran temor éste para las clases medias del siglo XIX. A partir de este momento la principal y casi obsesiva ocupación del cesante es recuperar su puesto, adoptando para ello dos actitudes vitales opuestas entre si: por un lado la pública exposición de lo injusto de su caso y por otro la adopción de un talante conspiratorio en contra de quien le depuso conformando tertulias políticas a tal fin, en las que se pregonan soluciones, utópicas o no, ante los problemas que han de afrontar quienes asumen los anhelados puestos públicos.

 

El regreso al cargo, si se diera el caso, indefectiblemente altera los posicionamientos y planteamientos políticos e ideas del beneficiado, cesando su actitud crítica y su protesta ante el sistema, adaptándose lo mejor y más rápidamente posible a la nueva situación.

 

Eso si: cualquier parecido con la realidad actual es pura coincidencia. O no.

 

Alfonso J. López Torres es director del Instituto Canario de Calidad Agroalimentaria y exsecretario federal del Centro Canario Nacionalista.

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