El reciente viaje del papa Francisco a Latinoamérica ha sido uno de los más importantes y significativos por sus discursos y gestos simbólicos que compartieron millones de personas en varios países.
La iglesia romana hace tiempo que está preocupada por la proliferación de confesiones cristianas de origen norteamericano, donde para fundar una iglesia solo hace falta cabrearse con algunos fieles, coger las sillas de plástico y establecerse en un garaje hasta que entre dinero para levantar el campanario. Este asunto hunde sus raíces en la desbandada de sacerdotes y religiosos que se plegaron a las directrices del Vaticano y fueron abandonando proyectos punteros en la erradicación de la pobreza, con cooperativas, escuelas u hospitales en barrios míseros y, también en algunos casos, apoyando la lucha armada. Cuando la iglesia se replegó sobre sí con Juan Pablo II y Benedicto XVI, se aparcaron entre otras cosas, la subida a los alteres de un hombre de la jerarquía que oyó claro el sentido de la fe y fue asesinado por ella: Monseñor Romero. Aún hay otros que esperan que se resuelvan sus expedientes para saber si tienen el visto bueno del gobierno de la tierra para ir al cielo.
Francisco ha sido muy duro en sus discursos. Él sabe que pertenece a una confesión muy poderosa y que en muchas etapas de su historia se ha puesto al servicio de la opresión y ha mantenido un pensamiento único e inamovible en otros tantos asuntos tenidos por doctrinales.
Pero ahora parece, -aunque habrá que esperar, como siempre se espera en la iglesia- que los gestos están dando paso a las concreciones, por lo menos en tres puntos problemáticos y pecaminosos: la pobreza en la iglesia, la detención de los abusadores y las finanzas del Vaticano.
También ha sido importante su labor en las negociaciones con Cuba, la libertad de disidentes y en estos momentos su implicación en Oriente medio y en Latinoamérica –disputa de la salida al mar entre Bolivia y Chile- .
Después de reconocer culpas y carencias en el trato a los seres humanos en la historia de América, ha expuesto un programa mundial que coincide con otras posiciones políticas liberadoras: la teología es liberación o no es teología.
Creo que a muchas personas católicas, ricas y poderosas, estas palabras tendrían que escocerles, pero por lo que se ve- y es lo que ha dicho-, aún no hay conciencia de lo que significa el evangelio para estas personas, porque no tiene ningún sentido pertenecer a un credo donde lo prioritario es la puesta en común de los bienes y proteger al débil.
Así lo entienden desde su experiencia algunos dirigentes indígenas como Evo Morales, cuyo animismo y sincretismo lo ha llevado a regalar a Francisco un peculiar crucifijo formado por la hoz y el martillo desde donde pende el cristo. Este presente habría sido imposible con los papas anteriores donde comunismo y ateismo se declinaban igual.
Si hacemos un ejercicio de interpretación sobre los textos que ha pronunciado el papa nos parecería que estamos ante un radical que pide justicia en la tierra y denuncia la explotación globalizada: "Algunos tratados denominados de libre comercio y la imposición de medidas de austeridad que siempre ajustan el cinturón de los trabajadores y de los pobres”.
Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.
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