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La ciudad que era

cojeda Lunes, 04 de Mayo de 2015 Tiempo de lectura:

Si te coges de su mano y recorres la ciudad que era, la que él conoció y sufrió, pasearán por tu mente escenas duras de Las Palmas de Gran Canaria de los 90, esa en la que el destartalo de las drogas era tal que había zonas que transitarla era un corre, corre, de jóvenes, trapicheo, robos y miedo. Hace poco hablaba con Guillermo Guigou, entonces director general de Drogodependencia, y recordábamos lugares inmundos a los que iban a parar cadavéricos toxicómanos que en algunos casos acabaron con sus vidas o, como poco, con su salud.

 

Fueron años amargos que se llevaron por delante a hijos de la ciudad con los que se ensayó la metadona como la gran alternativa pero su adicción era tan fuerte que acabaron vendiendo hasta el compuesto químico. Estos días he escrito un reportaje sobre la vida de Richard, 53 años, que publica La Provincia. Su adicción tropezó con una enfermedad inesperada, desconocida, brutal.

 

Nuestras charlas han sacado del olvido situaciones que cada uno vivió desde su trinchera. Richard, todo lucidez, conoció como pocos lo peor de una ciudad que ya no es. Cuando cayó en la heroína vivió 20 años en su infierno. Noche y día buscando las dosis diarias. Los dos recordamos lo que fueron Andamana, Plaza Manuel Becerra, Martín Freire, ladera de San José, Altavista y otros sitios de la ciudad. O aquellas viviendas que siendo importantes puntos de venta, no lo parecían. Todo se enmascaraba. Recuerdo una en especial. Estaba en La Isleta y su acceso era subir asta una azotea y de esa azotea bajar a la vivienda colindante para atravesar un pasillo que te llevaba a la calle trasera y de ahí a una casa, al despacho del traficante y su grupo de trabajo. Vericuetos y trampas. Una de las escenas más duras que viví en ese mundo de perdición y muerte fue en el Puerto. Podían ser las tres de la mañana. Estábamos preparando un reportaje sobre el tráfico de droga porque en una semana dos chicos habían sido hallados sin vida con una jeringuilla atada al antebrazo. De pronto escuché gritos aterradores. Miré hacia arriba y vi a una chica a la que un negro agarraba por las piernas y la zarandeaba desde un tercer piso, con la cabeza hacia al asfalto. Ajuste de cuentas. Maldita droga.

 

Pero nuestra ciudad ya es otra. Nada que ver con aquella en la Richard y sus colegas se jugaron la vida.

 

Marisol Ayala es periodista. Artículo publicado en su blog.

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