Llevamos en la secuencia genética la movilidad, la inmigración, la emigración o la migración. Desde que oteamos el horizonte, una vez en pie, hicimos la gran marcha hacia la supervivencia, tropezando con inviernos gélidos, veranos tórridos o mares inmensos. Seguimos hasta los confines del planeta y asentamos la casa, hicimos solar, roturamos tierras en barbecho y domesticamos cuanto se ponía al alcance, fuera vegetal o animal. Pero en algún momento de la historia, tuvimos la necesidad de seguir andando y aún no hemos terminado de desandar lo caminado. En este último siglo la emigración ha sido tan numerosa que no hemos sabido estar a la altura de la historia y de la conciencia y responsabilidad que nos llevó a cimas sociales y morales –estructurales- que aún subsisten: la Ilustración.
Llevando la intima relación de la conciencia moral individual con los propios actos, podríamos decir en una metáfora que la conciencia moral europea hace tiempo está en crisis. Si cada cual sabe, más o menos lo que debe hacer, ¿qué no sabrán los gobiernos, los políticos europeos, las comisiones, los tribunales? En esta semana pasada hemos asistido a otra tragedia de dimensiones catastróficas: casi mil seres humanos de todas las edades posibles han ido a parar a la gran fosa común del Mediterráneo, plantada de tibias y cráneos, de donde ya no se sale para alcanzar el sueño occidental de la libertad, el trabajo y la integración y cobertura social.
La orilla del Mediterráneo, en el norte de África, es una larga sucesión de estados fallidos, como se le llama a aquellos que no tienen una estructura de Estado donde los poderes funcionen independientemente por el bien de la comunidad y no en su contra. Libia, Túnez, Argelia, Siria, y muchos países subsaharianos, están en un estertor social que hace estallar la convivencia.
Los seres humanos que hipotecan hasta la vida para llegar a las costas europeas, son personas perseguidas por su religión, por sus posiciones políticas, por la violencia doméstica, por la ablación genital, por el hambre, porque no pueden desarrollar su sexualidad libremente, por las guerras...
Pero lo más vergonzoso para todos es que la mayor violencia que se pueda ejercer sobre un ser es condenarlo a la pobreza, al hambre, a la barbarie de mirar para otro lado mientras contamos los millones de euros que han robado y siguen robando, quitando incluso preeminencia al desastre en los medios, entre culpas y golpes de pecho o enviando a la fuerza militar para recibir a los desheredados como si fuera una fuerza invasora provista de armamento pesado....donde lo único que pesa es el cuerpo cuando indefectiblemente se hunde sin una mano que sostenga algo más que agua.
Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.

























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