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El día que rugió el mar

cojeda Lunes, 20 de Abril de 2015 Tiempo de lectura:

Vive en un pueblo de Fuerteventura donde el sol y el silencio son los más conocidos habitantes de sus calles. ¿Celia?, sí, le llamaremos Celia. Tiene 45 años es alta y delgada y quienes la ven saludando sin generosidad a la vecindad, desconocen la historia que se esconde detrás de esos ojos claros.

 

Una historia que pocos seres humanos superarían. Ella misma lleva tiempo luchando por recolocar su vida pero el dolor y la ausencia son muy intensos. Durante años solo ha querido dormir, desaparecer, huir, pero poco a poco le ha encontrado razón a la vida. La conozco hace unos diez años. La conocí en otra isla, en el peor momento de su vida. Una tarde un golpe de mar se llevó por delante a dos jóvenes de la familia cuando esparcían las cenizas de otro familiar especialmente querido. El mar los recibió con bravura y los hizo presa de su furia, los arrastró, y a punto estuvo de arrastrarla a ella cuando se lanzó para intentar salvar a los suyos. Batalló con las olas pero la vencieron. En una hora su familia se redujo al mínimo.

 

Pasado los coletazos de la noticia nos perdimos de vista pero hace unos meses nos reencontramos. Me contó cómo ha sido su vida en estos diez años y percibí en su voz esperanza e ilusión. Se lo dije. Cuando pasó lo que pasó se fue de Gran Canaria porque respirar en un escenario tan doloroso era una heroicidad y o respiras o te mueres. Tengo vinculados sus ojos y su mirada a unos días duros en los que en la cocina de su casa me contó con aplomo y sin lágrimas la tragedia vivida. Hay personajes con los que se produce tal empatía que hablar sobra. Compartes su dolor, te rindes.

 

Olas_008Ambas recordamos que cuando pasó lo que pasó yo no quería tocar en su casa; no quería preguntarle a una mujer que estaba sufriendo tanto detalles del suceso que tenía conmovido a todo el país. Acudí para cumplir el encargo de los jefes pero con la certeza de que sería un viaje en balde. Me avergonzaba tener que alterar su dolor para preguntar por lo ocurrido pero era mi trabajo. Toqué en la ventana deseando que nadie abriera y se asomó ella. “Pase y le cuento”. Respiré hondo y nos sentamos en la cocina. Dolor y desconcierto.

 

Nunca olvidaré aquella tarde que nos hizo amigas.

 

Marisol Ayala es periodista. Artículo publicado en su blog.

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