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El sobrino agradecido

cojeda Lunes, 13 de Abril de 2015 Tiempo de lectura:

Siete hermanos bajo el mismo techo. Torbellinos a los que meter en vereda era complicado. La madre de la pandilla era Rafaela, el padre, Jesús. Él era obrero de una fábrica de conservas; ella cosía para la calle. En el barrio decían que tenía "manos de oro", el equivalente a una artista de la aguja. Como tal la tenían. Desde que despuntaba el día la casa terrera adornaba el amanecer con un sonido; el sonido de la máquina Singer.

 

El característico del pedal y su posterior y pausada frenada. La costurera tenía mucho gusto y era formal de manera que no le faltaba trabajo lo que le permitía ayudar en la casa. Había que alimentar a los siete magníficos y a la tía, hermana del padre; la autoridad competente. Ella llevaba los mandos del hogar para que su hermano y su cuñada alimentaran tantas bocas. A los chicos los tenía como velas. Algunas veces reía sus mataperrerías pero en la cocina o azotea, donde no la vieran, porque una leve sonrisa podía mandar al traste su autoridad. Vivir en una casa terrera implicaba que la invasión infantil llegara a la azotea. Como en todas las casas siempre aparecen amiguitas vecinas que teniendo sus padres medios para degustar los mejores manjares solo dejaban el plato limpio cuando se sentaba en la revolucionaria mesa en la que la guerra de migas y las burlas era como un polvorín a punto de estallar. "Aquí se le abre el apetito" decía la madre de la invitada cuando venía a buscarla.

 

Todos crecieron y estudiaron porque la mamá costurera tenía una obsesión. Que terminaran una carrera; la que ella no tuvo. En medio del fragor estudiantil murió el padre y la casa se tambaleó pero entonces apareció otra vez la fortaleza de aquella tía tan querida que asumió todos los cuidados para que su cuñada hiciera lo que tan bien hacía, coser. Cuando obtenían buenas notas escolares ella era la primera en conocerlas. Con los años cada cual tomó su camino pero nunca olvidaron ni dejaron de atender a quien dejó lo mejor de su vida entre calderos, fiebres, natillas, ropa sucia y purés. Un día la notaron nerviosa y quisieron saber la razón. Los dueños de la casa donde tantos recuerdos duermen querían venderla. Estaba asustada.

 

Uno de ellos la compró. Se sentó, le tomó las manos y le dijo: "Mírame bien, tía. De aquí ya no te echará nadie ¿vale?".

 

Y allí vive.

 

Marisol Ayala es periodista. Artículo publicado en su blog.

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