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Cuerpos que no hablan

Cristina Miércoles, 01 de Abril de 2015 Tiempo de lectura:

Dicen que los cuerpos hablan siempre, sea cual sea su estado de conservación. Pero lo que está claro es que no podemos saber qué le ocurrió al copiloto del avión que decidió quedarse para siempre en los Alpes, llevándose con él a 149 seres humanos. Habrá que acudir a la tecnología para que los datos registrados en esas ignifugas cajas rojas que graban lo negro y o blanco de lo que ocurre durante un vuelo.

 

Pero solo el silencio es anterior a este drama que viven muchos en los ricos y barrancos de los Alpes. Nadie podrá contar lo que ha pasado, pero ha empezado una cuenta atrás para intentar entender lo que ocurrió en un viaje normal, cómodo por la meteorología, corto en distancia y hermoso cuando se pueden ver las altas montañas nevadas.

 

Aún cuando todos los indicios llevan a los investigadores al copiloto, a la inicial sorpresa de saberlo responsable, en estos momentos no se disipan las dudas sobre el accidente y tampoco quieren arriesgar hasta que el contenido de las grabaciones y los datos del fatídico vuelo arrojen luz sobre tan grande catástrofe.

 

Desde el 11-S parecía que las medidas tomadas para proteger a pasajeros y tripulantes, son las correctas y habrían disuadido a muchos de intentar atentar en aviones. Entre otras medidas, aparte de la mencionada puerta blindada y con apertura de combinación, se unieron también agentes armados que vigilaban cualquier movimiento sospechoso dentro del aparato. Evidentemente esto tiene un coste, como el que pueda tener ahora que no se quede solo un piloto  en la cabina de mando y que siempre se encuentren dos por si pasa lo que no debe ni debió pasar nunca.

 

Ni los más conspicuos analistas, desde la siquiatría, la sicología, desde la aeronáutica a los forenses, podían prever que un joven que tenía lo que casi todos los jóvenes europeos anhelan: un trabajo digno en una gran empresa y con unas condiciones laborales más que suficientes y tiempo libre para las aficiones y lo amigos. Hasta aquí nadie tenía en mente que pasara lo que ha pasado.

 

Y existe la posibilidad de que estemos haciendo las cosas mal, que nos importe menos el prójimo o nada... o que la cada vez más injusta estructura social, las exigencias que nos imponemos para seguir compitiendo y llegar el primero a ninguna parte. El mundo que nos estamos regalando, el planeta que estamos dejando en herencia, el globo que se desinfla no lo es menos que quienes habitamos en él: parece que estamos en un tiempo apurando lo máximo de lo que sea, cicatrizando la tierra de heridas, abriendo otras o intentando atajar la sangría moral a la que estamos llevando en alzas  e a esta casa común pero con habitaciones separadas. Habitaciones donde se reza diferente, se mata diferente, se muere diferente, se piensa diferente y se suicidan y aman también diferentes. Quizás sigamos sin entendernos entre nosotros, de un polo a otro, de una cultura a otra, pero lo más dañino es que hacemos desafección de nosotros mismos. Y los demás. Son solo eso, otros.

 

Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.

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