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Destrucción de la cultura

cojeda Miércoles, 04 de Marzo de 2015 Tiempo de lectura:

En esa región del mundo nació la civilización, la cultura entendida como la adecuada adaptación al medio, la ganadería el cultivo intensivo. Desollaron la escritura, los primeros códigos jurídicos y la mitología protobíblica, entre otros hitos en esta carrera hacia una humanidad auto suficiente.
 
Precisamente toda esa región está en llamas y la destrucción de nuestro pasado, de la horma donde se posa el pie que comienza a dar el paso de la necesidad de contar con el otro, del trueque, de la donación de sentido a la existencia o de la simple agrupación por familias o tribus.
 
Imaginemos por un momento que todas las obras de arte desaparecen de los museos y de las grandes colecciones privadas, son arrancadas de las paredes y estantes, apiladas, quebradas, rajadas y quemadas. Entre éstas se encuentran las que hemos atesorado y salvado de la salvajada de la segunda guerra mundial, como modelos interpretativos de nuestra cultura y nuestro concepto de la belleza y la ética y la estética. Recordando los fundamentalismos de siglos pasados en el orbe occidental, tenemos antecedentes entre los iconoclastas y los iconodulios, que recorrió el imperio bizantino de la mano de León III quien mando destruir todas las imágenes de Jesús, María y los santos. Así vemos que no es privativo de las culturas pero si de las religiones, que yuxtaponen conceptos, imagen y símbolo, uno sobre otro hasta hacer desaparecer casi todo el poso fundamental del anterior.
 
Pero se da por entendido o por lo menos así parecía, que estos documentos son los que sostienen gran parte de la capacidad creativa del ser humano y de su desaparición resultaría un mundo más violento y agresivo: no hay lugar para la disidencia, porque todo es herejía.
 
Como en aquella hoguera de vanidades de Savonarola, en una hipotética violación de la cultura universal, se encuentran desde la piedra Rosseta, las Cariátides, Rafael, Leonard, Miguel Ángel o Picasso; Kandinsky o Velazquez, todas ellas hablándonos de nosotros mismos y de nuestra épica, de nuestros miedos y emociones, de nuestra vinculación a lo desconocido o la visceral, tremenda y fascinante visión de lo trascendente. Las grandes bibliotecas arden al son de soflamas religiosas y se oyen los gritos de Vallejo, de Cervantes, de Pérez Galdós, de Vargas Llosa, de Tolstoi, de Nietzsche de Marx o de san Juan de la Cruz, Omar Kayyan o de Benjamín o Kant, Hegel o san Agustín... y también de Bach, Mozart, Debussy o Miles Davis o Charlie Parker o Paganini. Es de todas formas casi imposible imaginar un mundo sin la debida interpretación y producción de objetos de cultura.
 
Es practicar la tierra quemada con todo lo que hay encima, de cualquier especie de cualquier condición que no se someta a la regresión intelectual a la que están conduciendo a todo el que cae bajo su espada. Y para que este sacrificio del pensamiento produzca todos sus pretendidos efectos usan la herramienta por antonomasia de nuestro tiempo, global, difícilmente controlada, que es la madre de todas las batallas, la Red.
 
Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.
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