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Jonás como inmigrante

Cristina Martes, 27 de Enero de 2015 Tiempo de lectura:

La información dice que han sido detenidos dos hombres que viajaban en una patera desde Nador en Marruecos hasta Almería, donde tomó tierra con solo veintinueve de los aproximadamente cincuenta que salieron del norte de África. Según dicen, durante la travesía se desató una tormenta, la mar alta, picada, revuelta y el agua entrando en la barca hasta las rodillas.
 
En esto que algunos de los inmigrantes decidieron iniciar unas oraciones al dios que en ese momento estaba de guardia, pidiéndole que calmara la tempestad. Pero he aquí que en la barca viajaban seres humanos de distintas regiones y culturas. De distintas etnias y lengua, de distintas creencias. Cuando el miedo agarrotó a los pobres indefensos, un pastor nigeriano –Nigeria es uno de los países con más cristianos del continente- junto a otros acólitos, empezaron a rezar amedrentados ante el mal tiempo que haría zozobrar la embarcación, si no actuaban rápido: ¿qué les quedaba ante la furia de la naturaleza? Achicar, rezar y…aligerar carga.
 
Pero igual que el profeta Jonás –iracundo y taimado- hace milenios, cuando desobedeció un mandato de su Dios para predicar y condenar a los infieles, y se fue al puerto para escapar de la presencia de su dios y se enroló en un barco en las tierras filisteas camino al mediterráneo occidental. Se escondió en lo más profundo de la sentina del navío y espero alejarse lo más posible de su tierra.
 
Pero el mar se puso bravo, se encrespó, hizo bailar el navío encima de las olas y el viento rompía los mástiles; en ese momento también se pusieron a rezar, pero al ver que no se calmaba y que iban a morir Jonás confesó que había sido infiel y que tendría que pagar por ello. Al final tiraron a Jonás por la borda y el tiempo se calmó, pudiendo seguir travesía sin el causante del temporal.
 
El drama de la patera que llegó a Almería es que por el camino fueron arrojados a la mar algunos hombres, entre ellos el pastor nigeriano y sus seguidores, los detenidos, de origen camerunés, igual entendieron que había que clamar a su dios y no al de los otros, que supongo al uno cristiano y el otro musulmán.
 
Cuando entra en colisión los poderes de los dioses, sus designios, son los hombres quienes determinan cuál es el más soberbio y poderoso, porque ese es el único que puede deshacer tempestades. Y aunque este asunto recuerde a historias pasadas o a mitologías presentes, es un terrible suceso que hiela la sangre, como se les heló a los que desecharon para llegar a la tierra prometida.
 
Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.
 
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