Aparentemente, aquella noche de diciembre de 1836 no parecía ser diferente a cualquier otra noche invernal de las medianías del norte de Gran Canaria, salvo porque era la Nochebuena.Con hídricas salmodias, las aguas de la Acequia Real, que mansamente discurrían junto a la plaza, le daban la bienvenida a los vecinos que, para escuchar la misa del gallo, iban pasando al interior de una pequeña ermita que se levantaba bajo la advocación de San Juan de Ortega en uno de los laterales de un provecto convento dominico.
Entretanto que el pequeño recinto iba siendo ocupado por los feligreses, Fray Pedro, el viejo prior del convento, esperaba en la sacristía la llegada de la media noche para oficiar la misa de Nochebuena.
Sentado en una desvencijada silla, y reclinado sobre una vieja escribanía atestada de polvorientos legajos tan desordenados como sus propios pensamientos, Fray Pedro soportaba en silencio el dolor de su espíritu, atribulado por los traumáticos acontecimientos acaecidos a lo largo de aquel año que estaba a punto de finalizar.
La zarpa invisible, pero implacable, de la recién nacida burguesía decimonónica no sólo se había encargado de ponerle el punto final al Antiguo Régimen, también, aquella burguesía embrionaria de la actual paradigma capitalista, lanzó su letal zarpazo sobre los bienes de la Iglesia, en la conocida desamortización de Mendizábal.
Así, sin convento y sin tierras, Fray Pedro sabía muy bien que aquella sería la última misa del gallo que comportaría con los feligreses de aquel pueblo humilde que lo vio nacer; de aquella pequeña aldea que tanto amaba.
Precedido por dos monaguillos aspirantes a frailes, unos pocos minutos antes las doce de la noche, fray Pedro abandonó la sacristía para celebrar los actos litúrgicos de aquella noche.
Envuelto en el silencio de los feligreses, el viejo prior desheredado avanzó lentamente hacia el altar. El olor a incienso que desprendía el sahumador, blandido por uno de los acólitos que lo acompañaban, purificaba el denso ambiente que anegaba el consagrado recinto, que a aquella hora ya se encontraba totalmente ocupado por los vecinos más humildes del caserío. Modestos campesinos, braceros descendiente de antiguos esclavos manumisos, pobres limosneros, enfermos incurables, viudas y huérfanos menesterosos escuchaban con recogimiento y devoción las palabras del clérigo oficiante de la ceremonia.
Para que pudieran besar la imagen del Hijo de Dios recién nacido, una vez finalizada la eucaristía, el viejo prior, con el Niño Jesús entre sus manos, descendió los pocos peldaños que separaban al tabernáculo de los feligreses.
El primero que acudió a besar la imagen fue un vecino de nombre Salvador Domínguez, a la sazón el flamante y primer alcalde del recién creado ayuntamiento. Luego le siguieron el resto de regidores y algunos hacendados de la zona.
Pero, lo que ocurrió a partir de aquel momento sólo puede ser comprendido si somos capaces de adentrarnos en los sentimientos que emergen de las almas de los más desfavorecidos de la Tierra. De las almas de aquellos que sufren hambre, violaciones y guerras; De las almas todos a los que la intolerancia de los poderosos, de los xenófobos, de los homófobos y misóginos acogotan sus derechos fundamentales. Sólo así, sólo si doblegamos nuestro espíritu a la compresión, a la solidaridad y la generosidad de los humildes y de los que sufren, podremos entender lo que sucedió aquella noche, en la última misa del gallo de fray Pedro.
Después de que los poderosos y opulentos le ofrendaran sus besos farisaicos al Recién Nacido, le tocó el turno al pueblo llano, a los humilde campesinos, a los explotados braceros, a las viudas menesterosas, a los andrajosos limosneros... Como si del relato bíblico se tratara, y conocedores del desamparo en que se encontraban los dominicos - tan sólo quedaban dos cuando le cerraron su convento- , después de besar al Niño, todos iban dejando un presente a los pies del Fray Pedro: Un par de pulardas, otro tanto de gallinas ponedoras, una cesta de huevos, un cuartillo de vino, media arroba de gofio, un baifo, un trozo de tocino, unos ñames, unas torrijas...
Como ocurre en nuestros días con los actos de generosidad de las personas de bien, aquella misa del gallo de 1836 hubiera quedado rápidamente devorada por la nebulosa del olvido que engulle gran parte de la intrahistoria de los pueblos. Pero quiso el Recién Nacido que aquella Nochebuena, que aquel acto solidario de los vecinos más humildes de aquella aldea de las medianías del norte de Gran Canaria quedara para siempre impreso en su legado cultural para que, transmitido de padres a hijos, de generación en generación, alcanzara el final de los tiempos. Así que cuando acabaron los actos de aquella noche mágica, de lo más alto del firmamento bajó un rayo de luz plateada que dibujó en la pequeña espadaña de la ermita la Estrella de Belén, la estrella que ilumina el camino de los generosos y de los humildes. Estrella que el amorfo humo fuliginoso de la avaricia de los fogones de los opulentos, de los violentos y de los intolerantes no fue capaz de ocultar.
Fray Pedro Marrero Guerra fue el último prior del convento dominico de San Juan de Ortega de Firgas antes de que, en 1836, éste fuera secularizado como consecuencia de la desamortización de Juan Álvarez Mendizábal, ministro de la regente María Cristina de Borbón. Fray Pedro murió en Arucas cinco años más tarde, el 20 de octubre de 1841.
A partir de aquel año, el edificio del convento de los dominicos firguense fue utilizado como ayuntamiento y escuela y, tras una salvaje remodelación, como vivienda del párroco.
La mejor forma de conquistar a un pueblo es secuestrándole su cultura, no dejes que nos arrebaten la nuestra.
José Juan Sosa Rodríguez es vecino de Telde.
Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.88