Tengo entendido que muchos políticos, de todos lo partidos y colores, de todas las tendencias y de todas las condiciones, han descubierto que hablar en público es sumamente complicado, sobre todo cuando tienen que mentir y responder a las mentiras. Es como si a muchos de estos padres de la democracia se les viera venir con la misma cantinela y para ese viaje vale más alforja vacía.
Hace tiempo que numerosos políticos asisten a cursos de oratoria y otros tantos a logopedas para que les enseñen a enfrentarse a una audiencia cada vez más crítica y más preparada que hace algunas legislaturas. No crean que sea cosa baladí: para algunos hablar abiertamente es un suplicio, lo pasan tan mal que algunos que toman hasta relajantes. En unos se aprecian los profundos tics con ostentosas formas de calmarse; en otros la mirada divaga ante el auditorio sin lugar fijo; y aún otros reparten las manos como en un vuelo rasante y con las diminutas gotas de sudor humedeciendo la palma.
Es un trago amargo como dice la canción, pero siempre se puede vencer un poco ese impedimento a la hora de comunicar en público. Pero lo que he visto es que al tomar clases de dicción les han hecho creer que hablan mal: es decir el español de Canarias, el más emparentado del mundo con el continente americano, deja paso a una especie de castellano, que nunca se ha hablado en Canarias, con un eco de términos al uso y una pronunciación que es un esperpento.
Cada vez que oigo a sus señorías en el parlamento canario intentando alcanzar sonidos que no pueden, -porque todo hay que decirlo: lo más difícil de una lengua es su fonética-, me preocupa enormemente, me preocupa que los políticos canarios se avergüencen de su habla. Les han hecho creer, entre otros disparates, que el seseo es corrupción de la lengua, así como la particularidad al usar pronombres o las formas verbales características de nuestro sistema.
No hay mayor torpeza que ver a estos señores y señoras intentando pronunciar las zetas o ces y a renglón seguido confundir todas la eses de la frase en una especie de seseo acomplejado.
Cuando éramos pequeños nos daban con la regla para que habláramos bien, luego vino el reconocimiento de nuestra forma de hablar y por último, y no sé si porque los que dan los cursos son de la España, que ahora han vuelto otra vez a cantar silbando. Puedo entender que en las televisiones y las radios que han sucumbido a las grandes empresaza de comunicación hayan exigido a sus presentadores que hablen bien, que para ellos significa pronunciar como en castilla, pero que los representantes de Canarias y de los canarios se avergüencen de cómo hablan es el colmo de la ignorancia.
Sergio Domínguez-Jaén es poeta y escritor.
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