La exquisita riqueza de nuestra lengua americoespañola (a fin de cuentas, cuarenta y cinco millones de usuarios en España y casi trescientos cincuenta millones en América, el noventa por ciento de los usuarios o hablantes), ha permitido el reconocimiento oficial de 19.000 nuevas voces americanas que ya forman parte de la vigesimotercera edición del Diccionario de la lengua española (conocido como DRAE, denominación no acertada hoy porque ya no es la Real Academia Española quien impone, como así sucedió desde su fundación).
Ahora, con la racional y fundada realidad de que la lengua la hacen los hablantes, sus únicos propietarios, la Asociación de Academias de la Lengua Española (veintidós) impone además su derecho no solo a ser escuchada sino, y sobre todo, a que se tengan en cuenta las modalidades del español que no se habla en España.
Por tanto, a viejas palabras americanas ya afincadas tiempo ha (caníbal, tabaco, chocolate, papa, chicle, tiburón, hamaca, guayabo…) y a los americanismos usados en Canarias (machango; guacal, ‘cesta’; alegador, guagua, monifato…) aunque muchos de ellos no hayan sido recogidos en el DLE, se suman hoy otras quizás desconocidas por el español medio e, incluso, de cultura superior (el anglicismo bíper, conflictuar, enrulado, lonchera, papichulo…). Sin embargo, un adelantado a la actividad que hoy desarrollan las Academias fue nuestro paisano Silvestre de Balboa, quien nació en Las Palmas (1563) y cuya obra Espejo de paciencia (quizás acabada en 1608) se considera como la inauguradora de la literatura cubana, pues el poeta se afincó en aquella Isla caribeña en torno al año 1600. La naturaleza le impactó, atracción a la que quizás había contribuido la lectura del grancanario Cairasco de Figueroa (posiblemente Comedia del Reçebimiento, obra en la que se mitifica la selva de Doramas). Por tanto, Silvestre de Balboa transcribe nombres de pescados (dajaos, guabinas…), instrumentos musicales (albogues, tipinaguas…), árboles y frutos cubanos (caimitos, pisitacos, navacos, pitajayas, virijís, dajaos, hicoteas…). Algunas de estas voces no figuran en el DRAE, pero casi todas se recogen en el Diccionario de americanismos editado por la ya nombrada Asociación de Academias de la Lengua Española (AALE).
Sin embargo, cuando se enviaron a la AALE y a la RAE una gran parte de estadounidismos (el programa, muy conservador, lo subraya en rojo) para su reconocimiento oficial, fueron rechazados, sobre todo por la Española, a pesar de que estamos hablando de entre treinta y cuarenta millones de usuarios del español en EE UU. Tan importante es su presencia que en las últimas campañas para las elecciones de presidente, senadores y congresistas muchísimos candidatos se vieron obligados a cursos intensivos para un español elemental, pues no todos los hispanos con derecho a voto hablan correctamente el inglés (existe el llamado spanglish, espanglish, inglespañol, espanglés o pocho).
Una de las palabras aceptada para la 23.ª edición del Diccionario de la lengua española es muy popular en México (Méjico), Argentina, Ecuador, Colombia, Uruguay y Paraguay. El primer país pertenece, geográficamente, a América del Norte: por tanto, sin conexión alguna con los siguientes. Argentina comparte fronteras con Uruguay y Paraguay, y estas dos naciones están próximas, aunque no son fronterizas. (Colombia y Ecuador sí comparten fronteras.) Lo comento porque me llama la atención que, a pesar de los miles de quilómetros de distancia, México también –como los otros cinco países- use la palabra amigovio / -a (que no amigonovio, como he leído en algunos periódicos), una de las nuevas aportaciones léxicas: se refiere a la ‘persona que mantiene una relación más informal y de menor compromiso que un noviazgo’. En el mismo campo otra voz, marinovio / -a, usada en Cuba y Venezuela: ‘persona con quien se mantiene una relación amorosa y sexual estable sin casarse", presente también en El Salvador (América Central) casi con el mismo significado, aunque en este país concreta que viven bajo el mismo techo. Como se ve, hay diferencias en oposición a la voz anterior, amigovio.
Obviamente, son palabras de uso muy frecuente en países americanos y, además, de ellas no se supone inmediata caducidad, conditio sine qua non para su oficialización en el Diccionario. Desconocidas en España, forman parte de aquella extraordinaria riqueza de nuestra lengua aunque, como se ve, “nuestra” no significa de los españoles, pues está en apabullante minoría frente a sus usuarios en América (incluido EE UU, claro).
Sin embargo, observemos algo muy curioso: ambos americanismos pueden, indistintamente, usarse en masculino o femenino. Lo cual es un ejemplo de permisividad y naturalidad extremas: rompe el rigor machista que hasta hace poco se escuchaba en nuestra tierra, al menos en mi pueblo. Recuerdo que en Gáldar se decía “Don Fulano tiene una querida”; pero nunca se escuchaba lo mismo con sujeto femenino (“Pepita tiene un querido”), sino “Juan está enchulado con Pepita”, siempre el macho dominante. En otros casos, y en sectores menos “refinados”, el término usado era más rudimentario: a la palabra “querida” se le añadía un sufijo aumentativo y casi despectivo. Así, “la querindanga”, máxima formalización de que ella no pertenecía al estrato social de don Fulano. O lo que es lo mismo, él sigue siendo un caballero y ella, la muy iza, rabiza, colipoterra (al decir de Camilo José Cela) era una cualquiera, una fulanilla que no tenía donde caerse muerta. Y, por tanto, identificada también con puta (“Mi vecina la del 5º, que lo es más que las gallinas”, escribe el Nobel español), fulana, pingona, furcia, mesalina, prostituta, ramera, zorra, meretriz, pelandusca o, en sentido menos agresivo, “mantenida”.
En España, sin embargo, domina una palabra más general: pareja. La cual, subrepticiamente, a veces se refiere al amigovio / amigovia, a la persona con la cual se convive en éxtasis amorosos sin matrimonio legal. Por evolución, ni querindangas ni chulos.
Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.
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