La mejor forma de conquistar a un pueblo es secuestrándole su cultura. No a Halloween, sí a los Finados. No a "´trick or treat" -trato o truco-, sí a "hay santos".
En las medianías del norte de Gran Canaria, aquella tarde del uno de noviembre se mostraba inusualmente cálida y bochornosa para las fechas que corrían, lo que le permitió a "cho" Juan "el berrero" dedicarse algunas horas más a cuidar las "berreras" que tenía en el Barranco de Azuaje, sin que la fría humedad de la exánime tarde otoñal se apoderara de sus huesos.
Entretanto que "cho" Juan trabajaba en las berreras, Juanillo, su hijo, jugaba alrededor de uno de los charcos próximos, que las aguas, todavía libres de las "álavas" de los molinos, habían excavado en el negro lecho de granito, al precipitarse con furia desde los numerosos cantiles que conformaban el agreste cauce del barranco.
Entregado a sus imaginarias aventuras infantiles, Juanillo no se percató de que un hombre bajaba lentamente, casi levitando, por el barranco hasta que llegó a su lado. El sobresalto del niño se evaneció rápidamente envuelto en la mirada cargada de ternura del inesperado caminante.
El recién llegado se despojó del zurrón que llevaba en bandolera y, clavando el regatón entre los guijarros, dejó que el palo de su garrote se deslizara entre sus manos para poder sentarse en una piedra, junto al muchacho.
Ya sentado, el extraño personaje le contó al pequeño una triste historia que, muchísimos años atrás, había sucedido junto a aquel charco, y que las náyades que habitaban el lugar guardaban celosamente en un arca hecha de leyendas.
Después de contarle la triste historia, el caminante se despidió de Juanillo, acariciándole suavemente sus negros cabellos, para desaparecer, cuasi esfumándose, en la ya menguada luz vespertina.
De noche y en la casa familiar, el muchacho, sentado alrededor de una mesa junto a su abuela y maestra de ceremonias, celebraba con el resto de la familia la noche de los "finaos".
Cuando ya la familia había dado buena cuenta de las tortillas de calabaza, de las castañas asadas y del resto de las tradicionales viandas que la anciana matriarca había preparado para festejar tan importante noche, donde el recuerdo de los que se fueron obra el milagro de mantenerlos vivos - ya que, según la abuela, nadie fallece mientras su recuerdo permanezca en la memoria de sus seres queridos- la abuela, rascando una botella de Anís del Mono con un tenedor, llamo la atención del resto de los comensales.
Era el momento más importante de la noche. El momento de recordar a todos los finados de la familia. Así, mientras que la vieja maestra de ceremonia iba contando algunas aventura o desventura de los que se fueron, el resto de los comensales permanecían en respetuoso silencio.
Cuando ya la abuela casi había terminado de rememorar a los muertos de la familia, Juanillo se levantó de su silla y, dirigiéndose a su abuela, le dijo:
- Abuela, esta tarde, cuando jugaba en el Charco del Pastor, se me acercó un hombre y me dijo que aquel charco se llamaba así porque un pastor había muerto junto a él. También me dijo que todos los días 1 de noviembre su espíritu debe volver al lugar hasta que una persona piadosa encargue una misa para salvar su alma.
Cuando el niño terminó de contar lo que la tarde anterior le dijo aquel extraño personaje, un prolongado silencio producido por el irracional miedo al más allá se apoderó del ambiente, entretanto que la abuela, santiguándose exclamó:
- ¡Animas bendita del purgatorio, el espíritu del pastor!
Este relato está inspirado en un hecho real, en el que un pastor del municipio de Firgas falleció junto a uno de los charcos del barranco de Azuaje mientras cuidaba su rebaño.
(Cuento para la noche de los finados)
José Juan Sosa Rodríguez es psicólogo y vecino de Telde.
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