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Educar en tiempos de barbarie

Cristina Miércoles, 25 de Junio de 2014 Tiempo de lectura:

Se veía venir, muchos llevamos años anunciando que esto podría pasar. La barbarie es esto. La turbamulta enfurecida asaltando el campo de fútbol y arrebatando la ilusión de la mayoría. Muchos antes que yo lo dijeron: se empieza a perder el respeto a los profesores y se pasa a perder el respeto a la ley. Y, entonces ya no habrá ni policías ni nada que los detenga.
 
Lo que ha pasado en la liga para el ascenso a la primera división no es sino una muestra más de lo que es capaz de hacer la masa enfebrecía y exaltada cuando los valores de respeto y civismo campan por su ausencia.
 
Los profesores y maestros llevamos años diciéndolo, no se debe dejar en manos de políticos y empresarios la educación. Educar es una tarea demasiado sería para dejársela en sus manos.
 
Pero hace tiempo que se despojó al profesor, al maestro, de la autoridad moral necesaria para servir de guía ante estos jóvenes descontrolados. El maestro ya no educa, porque no se le deja. Se ha ido devaluando progresivamente su labor de educador. Ha sido calumniado, descalificado, aislado, ninguneado, olvidado y hostigado por un sistema perverso que asesina al mensajero y glorifica al mediocre.
 
El maestro, quien debería ser el referente egregio de una sociedad sana, está maniatado ante unas leyes absurdas y arbitrarias que lo condena al ostracismo, pasado a ser víctimas y diana contra los que se han vertido todos los ataques posibles y desde todos los sectores: padres y madres, permisivos y laxos que se han desbancado de la tarea educar, políticos, empresarios y demás elementos tóxicos e interesados.
 
Los maestros y profesores son reos de un sistema que les impone a golpe de inspección y expediente, cumplir unos ratios de aprobados para que luzcan brillantes y relucientes las cifras del PISA en Canarias, camuflando así la perversión del sistema.
 
Los alumnos, por su parte, han desertado de las aulas y se descuelgan por las gradas del estadio como monos cuando bajaban de los árboles. Claro que no son todos iguales, los hay que lloran en las gradas de impotencia porque sus compañeros, desalmados y ahítos de alcohol, cuyo único propósito es divertirse y crear el caos, les ha roto la ilusión.
 
En el mundo al revés, son los respetuosos los que deben ocultarse de estos, los que no tienen voz porque el rugido de la masa salvaje y bárbara no les da opción a más.
En el mundo al revés, la barbarie reina.
 
Mientras no se inviertan los valores y el sistema educativo no dignifique como corresponde a sus educadores, el asalto al campo de la turba salvaje y violenta no se detendrá. Habría que advertir a aquellos que minimizan los efectos de la masa ignorante, que al igual que esta es fácilmente manipulable, también lo es su tendencia a perder el control. La bomba puede estallar cualquier día en sus manos.
 
Cuando la sociedad se inhibe de la tarea de educar creando una estado de permisividad tal, sólo queda esperar que la dinamita tarde mucho en prender porque la horda de descerebrados aullando en el campo, ante la que huyen despavoridos los jugadores, árbitros y de más agentes de la ley, no es a fin de cuentas, más que el resultado de lo que llevamos tiempo olvidando y que ahora nos pide cuentas.
 
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua Castellana y Literatura.
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