España se levantará mañana de nuevo monárquica. Al uso y manera que estamos acostumbrados en este país de pandereta, a prisa y corriendo, con todo manga por hombro y haciendo borrones donde debía haber claridad, constitución incluida, España habrá superado con éxito y sin novedad los días que ha estado sin Rey desde que el dejado por Franco abdicara. Nuevamente las cosas parece que quedarán atadas y bien atadas, incluidas las ansias de una parte muy significativa de la población que solicitaba ser considerada y, que atrevimiento, consultada en tal decisión.
Felipe de Borbón va a ser Jefe de un Estado Moderno por la misma máxima que lo era un rey en la época feudal, por sucesión dinástica y gracia de Dios. Va a ser a la vez Capitán general de todos los ejércitos en un país cuya constitución dice relegar su papel, supuestamente, a algo meramente testimonial. Eso sí un testimonio con un presupuesto de gasto anual de unos 560 millones de euros (el equivalente al costo de 4 hospitales como el Negrín o de cinco veces la factura anual que el Gobierno canario paga a las privadas para “aliviar” las listas de espera).Hablamos de 93.000 millones de las antiguas ptas.
Vista la dosis que de anacronismo y fastuosidad multimillonaria tiene el capricho, se nos muestra ante las narices otra de esas incoherencias que nadie sabe explicar pero que todo el mundo acepta cual súbditos de un reino que ya no puede ser de este mundo, si de modernos vamos al menos. Lo de la inviolabilidad y el aforamiento raya no ya el esperpento puro sino en contradicción más que evidente para quienes alardean, discursos de navidad incluidos, que todos los españoles son iguales ante la ley o que “es precisamente en momentos de zozobra cuando se puede apreciar mejor quienes están de lado de la colectividad y quienes se sitúan a espaldas de ella”. ¿Porqué el primer funcionario del Estado debe quedar exento o libre de cualquier tipo de investigación fiscal, judicial o policial si es un servidor público?¿ Sobre qué argumento racional se puede sostener que todas sus conductas privadas o públicas no están sujetas a las mismas leyes que salen del Parlamento y que firma de su puño y letra para darles vigencia? En esto del ser o no ser de la vigencia y necesidad de la monarquía en España hay que acudir a la misma máxima que con la existencia de Dios, es cuestión de fe y por ello no hay que buscarle explicación racional.
No obstante, sinceramente, ni entro ni salgo más allá sobre si es una monarquía o una república la mejor forma de gobierno para España. Ya he expresado lo arcaico que me parecen los pilares sobre los que se sostiene una monarquía, por mucho endulzante que se le ponga, pero no tengo elementos que me hagan pensar que un presidente de República no nos fuera a salir cual Prodi o Cavalleri a la española, cuentas en Suiza incluidas.
En las repúblicas y monarquías españolas anteriores, Canarias siempre padeció parecido trato y condición por parte del en cada momento régimen español vigente, en lo sustancial el de colonia, territorio lejano e incomprendido, finca de la que extraer el monocultivo de turno e incluso hasta destierro ideal para el indeseable. Con la II República, en el franquismo y durante los 40 años del reciente reinado, nuestro archipiélago y sus gentes siempre han tenido que explicar una y mil veces las muchas particularidades que tiene ser y vivir en un archipiélago y otras tantas ha recibido los silencios, los desprecios, las incomprensiones o sencillamente las razones de Estado, como frustrante respuesta a sus justificadas demandas y necesidades.
Hoy, como si de una CommonWealth a la española se tratara, con distinto traje pero igual status, ultraperiféricos, territorio de ultramar, regímenes especiales que son agua de borrajas para contentar a las castas isleñas que mantienen el cacharro, Canarias sigue siendo lo mismo. Hoy, seguimos viendo cómo ni siquiera quieren respetar las aguas que nos rodean o el pronunciamiento de las raquíticas instituciones de autogobierno propias, esquilmado como tienen ya el territorio para un turismo que sólo deja aquí las migajas de lo que realmente da. Riqueza de escaparate en mitad de un subdesarrollo en lo esencial.
Ojalá me hablaran de un nuevo rey que entendiera que nuestro status debe ser aquel otro que nos permita no padecer los criminales índices de paro y pobreza que hemos tenido y tenemos. Ojalá me aseguraran que esa República que ven como panacea nos permitiría una condición de igual a igual y que la voluntad de los canarios fuera respetada fuera cual fuera su sentido. Ojalá un nuevo rey fuera a suponer más dignidad y respeto para unas islas que, para el que ahora abdica, sólo han sido en la práctica naturaleza cálida que visitar y una anécdota folklórica al uso, sin más que resaltar. Ojalá esa república que exaltan algunos fuera para que las castas dominantes en Canarias no siguieran poniendo la mano a cambio de lealtad y de verdad en Canarias la riqueza aquí generada aquí quedara y tocara a todos de su pastel. Pero me temo que todo esto no depende de si es chico o chica, rey o república, un Borbón o un Presidente, sino de la capacidad de estadista que tenga quien detente ese poder sobre las élites, pero sobre todo del pueblo canario y las miras que tenga puestas sobre cual debe ser su rol en el escenario político presente y futuro.
A Canarias le pasa como a aquel que murió crucificado, que aunque le pongan una corona de rey u otros le auguren un salvador, de nada sirve si viene con espinas y es para más flagelo, sufrimiento y humillación.
Ni corona, ni espinas. Dignidad, bienestar y poder de decisión.
José Carlos Martín Puig es sociólogo.
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