El pasado 14 de abril el grupo terrorista Boko Haram, o secta de pensamiento radical, secuestraba en Chibok a 230 niñas cristianas de entre 16 y 18 años de su escuela de secundaria. Su líder, Abubakar Shekau manifiesta que “la educación no islámica es pecado”, que estas niñas no deberían acudir a la escuela sino que deberían prepararse para su casamiento.
“Dios me ha dado la instrucción de que las venda, ellas son de su propiedad y llevaré a cabo sus instrucciones”, dice. El colectivo terrorista toma a la religión que profesan como bandera para enfundarse la denominación de enemigo del imperio occidental, una etiqueta que les otorga poder ante el mundo. La cuestión es que son niñas inocentes las que se llevan la peor parte. El 5 de mayo secuestró a otras ocho en la localidad de Warabe con la misma intención, venderlas como esclavas.
El Gobierno de Nigeria, y su presidente Goodluck Jonathan, desconocen cuál es el paradero de las 238 menores. Aunque desde el día del secuestro las familias de las niñas, especialmente las madres, pero también varios referentes intelectuales, se manifiestan en las calles y frente al Parlamento demandando una respuesta contundente del Gobierno, las noticias de este suceso han tardado en llegar aquí más de 20 días, seguramente porque la secuestradas son simple estudiantes y no potentadas del petróleo o del gas, herederas de una gran fortuna o CEO de una multinacional.
Estos desalmados han arrebatado la dignidad y el futuro a 238 jóvenes. Han truncado sus sueños, cuando su único delito es formarse para ser parte de un futuro renovado y necesario para Nigeria.
Desgraciadamente esto no es un hecho aislado. En otro orden, esta semana, más cerca de nuestra realidad, otro representante de Dios añoraba la época en que los principios morales hacían que los hombres ebrios solo pegaran a las mujeres, pero no llegaran a matarlas.
Creo que algo así necesita una respuesta conjunta y contundente desde todos los ámbitos, político, civil, de las organizaciones y agencias mundiales, de las fuerzas de seguridad y el orden, de las agencias de inteligencia. Todos unidos desde nuestros ámbitos tenemos que alzar la voz, no alarmarnos y dejarlo estar. Tenemos que preocuparnos y también ocuparnos, tenemos que hacer que se sientan acorralados física, emocional e ideológicamente y así dejen de suponer una amenaza para el desarrollo de un mundo más justo e igualitario.
Se suceden sin descanso conflictos e injusticias mundiales que nos hacen perder la perspectiva sobre la importancia de los mismos, pero como decía Malala, ayer, no podemos olvidarlas porque podríamos haber sido nosotras o nuestras hermanas o nuestras hijas o nuestras madres...
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