Hace tiempo que no me sentía con ganas de escribir nada. No sé si porque lo que veo alrededor no me inspira, o si más bien porque me fastidia que hayamos cambiado el último dígito del calendario y un año más todo parezca igual. Tristemente igual.
Seguimos siendo un Planeta de desequilibrios. Sabíamos que el Mundo estaba mal repartido, pero ponerle cifras a la injusticia, darle forma alfanumérica al desagravio y hacer entendible la desproporción más salvaje, frustra. Saber que la mitad de la riqueza mundial está en manos del 1% de la población del Globo es cuanto menos doloroso y cuesta no asaltar las arcas de esos pocos. No pensar en que desde luego es poco creíble que uno pueda llegar a esos niveles de poder siguiendo la senda de la honestidad y honradez, es casi imposible. Sobre todo si uno atiende a lo que empezamos a saber ahora...
Continuamos dirigidos bajo argumentos insostenibles. Tener que soportar discursos que confunden interrupción de embarazo con asesinato no es más que un insulto a nuestra inteligencia ¿Cómo es que el Sr. Gallardón alude a la protección de la vida cuando el feto sufre lesiones que le impedirán tener una vida propia, autónoma y de calidad, y a la vez mantiene el aborto en caso de violación? ¿A caso es más justo que el fruto del delito de un padre violador pierda el derecho a esa vida que el Ministro defiende, que el permitir que una madre decida si tiene o no un hijo a quién se le diagnostica una malformación? ¿Es coherente tratar de ilegalizar el aborto en base a criterios morales sobre el derecho a la vida del "no nacido" y que se balancean según sea el origen de dicha fecundación? Y por otro lado, proteger desde el Estado al que no ha llegado, a la vez que se recortan las protecciones para los que ya están aquí, es irresponsable.
Escuchamos discursos incoherentes. Cuando uno lee según qué cosas procedentes de representantes de una doctrina que proclama la empatía con los que aman y que se empeñan en ver la pretendida paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo propio... Que un cardenal hable de que la homosexualidad es una deficiencia sexual que puede ser tratada es por sí mismo repugnante, pues alinea de pronto a la Iglesia con las teorías más siniestras que fabricaron hombres y mujeres que viven su condición como una aberración a esconder, como una vergüenza hiriente. Cardenal Fernando Sebastián Aguilar, no sé, ni quiero saber en qué sádicas teorías piensa cuando habla de tratar las diferencias, que no deficiencias sexuales, pero sí conozco del delito de la pedofilia y pederastia que algunos que llevan ropas similares a las suyas practican y han practicado, sirviéndose de la supuesta respetabilidad de una sotana y un alzacuellos. Creo que esa cuestión se acerca más a la "viga" que debiera ser objeto de sus reflexiones, y abandonar esa costumbre de la vieja Iglesia y que tanto mal ha hecho a la Humanidad: señalar, juzgar y castigar lo que simplemente no gusta.
Vivimos aún en la hipocresía y el engañoso manejo del lenguaje. Hemos tenido que aprender a leer entre líneas, porque nuestra clase política sigue hablando con subtítulos en otro idioma, tan incomprensibles como los ridículos gestos del traductor de sordomudos del funeral de Mandela. Crecimientos negativos en lugar de disminuciones, desaceleraciones graduales por crisis, indemnizaciones en diferido, etc, hasta llegar a decir que un imputado va a realizar una declaración voluntaria ante los Juzgados... Supongo que éstas no serán las pruebas que se valoran en el Informe Pisa para averiguar la capacidad de comprensión lectora de los españoles, porque si es así, hasta elevado me resulta nuestro puesto en el panorama educativo internacional.
Todavía somos una ciudadanía anestesiada por el opio del pueblo. Ese fútbol que nos hace salir a la calle a tocar pitas y chapotear en las fuentes de las ciudades, se descubre como un nido de víboras ambiciosas para los que la legalidad debe de resultar algo incómodo que sobra. Lo peor es que nos sigue costando reconocer al héroe del césped como un villano. Nos debe resultar más fácil justificarlos y culpar a sus propios padres que quitarnos las vendas y asumir que el que nos llevó a aquella final es capaz de defraudar y engañar. Claro que no nos puede sorprender, cuando los propios presidentes de los clubes más importantes llegan a firmar por el indulto de un colega, aún cuando su condena nada tiene que ver desde luego con ese "fair play" al que se arriman todos en sus discursos públicos. Ya sólo faltaría que el Ministerio le dedique ni tan siquiera un minuto a valorar algo que a todas luces es de pandereta: perdonar la pena al corrupto sin más.
¿Cómo nos puede extrañar que con este paisaje el libro de Belén Esteban sea el más vendido o que el disco de Kiko Rivera de los más bailados? Al final los recortes llegan a nuestros cerebros ¡España y olé!
Juan Marcos Pérez Ramírez es ingeniero de Telecomunicaciones.
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