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Promesas, justicia y caridad

Cristina Viernes, 03 de Enero de 2014 Tiempo de lectura:

"Si le doy de comer a los pobres, me dicen que soy un santo. Pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre y están tan mal, me dicen que soy un comunista." Hélder Câmara.
 
Navidad 2013. El invierno saca a relucir una cara más de la miseria creciente: “la pobreza energética”. El índice de mortalidad, asociado a la falta de recursos para combatir las bajas temperaturas y las enfermedades que de ellas se derivan, aumenta en un 21%. El gobierno estatal y los consorcios eléctricos discuten públicamente (riña de enamorados) sobre quién es el responsable del vergonzoso y constante incremento de las tarifas (70% en los últimos cinco años).
 
El “govern catalá” decreta una tregua para los menesterosos: anuncia que durante el primer trimestre de 2014, no se permitirán cortes de luz por impago en la casa del “pobre paupérrimo”. Que a marzo le suceda abril, ya es harina de otro costal, porque una cosa es calentar la barriga del hambriento con un buen plato de sopa boba y otra bien distinta es ocuparse en buscar remedio definitivo a su necesidad.
 
Sin duda, ¡menos es nada! En eso consiste precisamente la caridad, en un gesto de desprendimiento compasivo destinado a aliviar la urgencia que genera la penuria, sin más propósito en sí, que el de la propia ejecución del acto misericorde: “Dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; vestir al harapiento”. Sin preguntas; sin cuestionar la razón de ser de los hechos; sin objetivo de intervenir sobre las causas que originan esa realidad.
 
En la mayoría de las ocasiones, el ejercicio de la caridad viene ligado a un sincero sentimiento de solidaridad y a un profundo compromiso ético. Personas, colectivos sociales y hasta instituciones, se entregan desinteresadamente a la encomiable labor de paliar el sufrimiento ajeno. En no pocos casos, sin embargo, se plantea como una simple penitencia, como un ejercicio de expiación de culpas o un remedio eficaz contra la mala conciencia; incluso como una hipócrita demostración de falsa humanidad a la búsqueda de aplausos y reconocimiento.
 
Pero, en todos los casos, la caridad es utilizada a su favor por los gobiernos para eludir su directa responsabilidad sobre la misma gestación de la pobreza. La historia señala como los regímenes y modelos político-económicos más injustos, los que han fomentado las mayores cotas de desigualdad social y la más vergonzante concentración de la riqueza, son los que menos escrúpulos muestran en esgrimir la beneficencia como una herramienta propia, correctora de los “desajustes” del sistema -la limosna fideliza al pobre, porque mitiga su desesperación al tiempo que le arrebata su dignidad y le hace creer que sólo merece los despojos-.
 
En estos días de “espíritu navideño”, el gobierno reconoce que ha acometido los mayores recortes económicos de toda la etapa post-franquista. Reconoce que la ciudadanía se ha visto sometida a un expolio sin precedentes –ellos dicen privación imponderable- y hasta reconoce que, como consecuencia, “hay mucha gente pasándolo mal” -valga el eufemismo-. Se atreve incluso a “agradecernos las renuncias” –como si todos y cada uno de nosotros y nosotras les hubiésemos autorizado a empobrecernos y a arrebatarnos los derechos más básicos-.
 
En estos días de “espíritu navideño”, el gobierno promete: 2014 marcará el punto de inflexión en el que todos esos “esfuerzos” hallarán su recompensa.
 
Sin duda cuenta con indicios de que las cosas están cambiando: la banca duplicó sus beneficios en 2013 respecto a 2012; las grandes corporaciones mercantiles se han robustecido, las compañías eléctricas españolas son las más ricas de toda Europa y el capital especulativo internacional babea y se frota las manos contemplando las posibilidades de negocio que ahora brinda un estado como el nuestro –sin haber tenido que recurrir a la acción bélica directa, como en otras latitudes del planeta-.
 
Sin embargo, para el común de los mortales, nada parece indicar que las cosas vayan a cambiar para bien, sino todo lo contrario: En el horizonte se divisan nuevos recortes, nuevas vueltas de tuerca en la reforma laboral, más rebajas salariales, mayor destrucción de los servicios públicos esenciales,…, y con todo ello, más empobrecimiento y menos protección social.
 
Por otro lado, este mismo gobierno que promete “maná cayendo del cielo” no parece esperar grandes algarabías populares; más bien parece estar preparando la contención de futuribles estallidos sociales. Llámenme mal pensado, pero algo no cuadra entre tanta felicidad anunciada y la prisa en sacar adelante una ley de Seguridad Ciudadana destinada a criminalizar la movilización y la protesta y redoblar su represión. Como tampoco cuadra que, entre tanto recorte, se considere una urgencia dotar a las fuerzas antidisturbios de medios de “actuación” más contundentes (incluidos millonarios camiones cisterna que sólo sirven para dispersar a la muchedumbre a manguerazo vivo).
 
No hay justicia si hay pobreza, porque no hay pobres sino empobrecidos; no hay carentes sino desposeídos.
Los datos y los hechos hacen sospechar que la justicia se nos aleja a galope vivo y su figura se va achicando en la distancia. Refugiémonos pues en la caridad –si aún no estamos preparados para nada más-, pero al menos, comencemos a preguntarnos por qué hay pobreza.
 
“El que no sabe es un imbécil. El que sabe y calla es un criminal”. Bertolt Brecht
 
Adolfo Padrón Berriel es miembro de co.bas-Canarias, de Canarias por la Izquierda y portavoz de ésta en el Movimiento por un Frente Amplio.
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