TELDEACTUALIDAD
Telde.- Yeray Santana Falcón, vecino de Telde y doctorando en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, ofrece un nueva entrega de su colaboración científica en TELDEACTUALIDAD.
Costumbres sin fundamento
Yeray Santana Falcón
Debo confesarles que quizá mi memoria me falle porque no podría decir con seguridad cuándo fue la primera vez que mi madre me prohibió entrar en el agua después de haber comido. Seguramente sería en la playa de Aguadulce. Esa playa de callaos con restos de antiguas casas -una de ellas pertenecía a mis abuelos-, que nada tiene que ver con la actual playa de arena rubia y, sí, artificial. O quizá fuese en El Pajar. De nuevo no en la actual playa con paseo y mucha arena a la que acuden cientos de nosotros en peregrinación cada fin de semana (también algún turista) en busca de ese bareto de playa -con el mejor de los nombres posibles, Bar Playa- donde comer muy bien y barato. Olvidándose que cuando “El Boya” y su mujer estaban presentes, y a la playa íbamos unos pocos, los chocos y la paella sabían mucho mejor. Y es que nos empeñamos en convertir todos los lugares con encanto en copias de alguna de esas postales que hemos visto del Caribe o del Pacífico, y después pasa lo que pasa, que uno debe tirar de memoria.
A lo mejor yo simplemente vea esas playas así porque como saben, cualquier tiempo pasado siempre nos parece mejor. No era mi intención citar aquí a Karina, pero seguro que han oído, e incluso, habrán dicho expresiones del tipo: “antes sí que llovía”, “antes sí que se comía bien ahí”, “la carne era más tierna antes”, “mi mujer era muy guapa de joven”, etc. Puede que en el último caso la mujer o bien haya envejecido mal o nunca fuera muy guapa….En fin, el resto sí que parece atender más a una cuestión subjetiva de cómo percibimos las cosas en el presente, y cómo ‘queremos‘ recordar las ya vividas. Está claro que uno siempre intenta quedarse con lo bueno de las experiencias; lo bonito que era Venecia, no lo mal que olía, las historias que contaba el cine de antes, no su duración. Pero además, diversos experimentos realizados en los años 90 demostraron que nuestra memoria es bastante manejable.
En uno de los más famosos estudios, llevado a cabo por la Universidad de Washington, se tomaron 24 voluntarios a los que les relataron tres hechos reales de su pasado, con la ayuda de sus familiares. Además, se les contó un cuarto “recuerdo”, inventado en este caso, que consistía en describirles cómo se habían perdido en un centro comercial cuando tenían 5 años. Tras las cuatro historias sobre sus vidas un 68% de los voluntarios fue capaz de describir las situaciones vividas, mientras que de ese porcentaje, un 29% también dijo recordar la historia falsa del centro comercial. Otros grupos de investigación realizaron posteriormente nuevos experimentos en los que se volvió a demostrar que nuestra mente es capaz de crear o alterar recuerdos a partir de la desinformación (no sabemos si recordamos algo pero nuestra mente le da forma) o de la sugestión (alguna persona nos habla de un suceso y creemos que lo hemos vivido). En uno de estos nuevos experimentos se introdujo un “falso recuerdo”, como lo llaman los investigadores. De manera poco inocente se tomó un grupo de personas a las que se acusó de haber roto un ordenador al pulsar una tecla específica. Aunque al principio todos lo negaron, un supuesto testigo dijo haberles visto pulsarla y los acusados comenzaron a aceptar su culpa. Cuando ellos no habían hecho nada!!! Parece, pues, que nuestra mente varía lo que cree saber en función de la información (real o no) que reciba. Así que siempre que se piensa en el pasado uno debería, al menos, poner en duda cómo recuerda las cosas.
Pero volvamos al principio. Mi madre, sabedora ella de la tan popular costumbre de esperar dos horas para hacer la digestión martirizaba (a mi hermano y a mí) la hora post-comida en la playa con la negativa a entrar en el agua. Además, ella no entendía que quisiéramos irnos a casa pronto, pero es que dos horas sin margullar es mucho tiempo!!!
Por eso quizás, años más tarde, intenté darle sentido a esa costumbre, e investigar si realmente mi madre estaba en lo cierto y teníamos que agradecerle habernos evitado los indeseados efectos del corte de digestión (por aquella época hubiese querido que alguien que lo hubiera sufrido me contase lo que ocurría porque las posibilidades en mi mente iban desde que te duele algo el cuerpo hasta que las tripas hacen implosión y mueres intentando salir del agua mirando a tu madre con gesto de “tenías razón, lo siento”). Pensé que nadie se habría puesto manos a la obra para desmitificar esta costumbre, pero la ciencia está en todo, y ya había quién había investigado, así que me dediqué a otras cosas (ya les contaré lo que investigo).
Según pude leer el “corte de digestión” como tal no existe. Sí, lo siento si eres mamá y pensabas martirizar a tus hijos como hicieron conmigo, y seguramente también contigo. Realmente a lo que se refiere esta expresión es a un cambio brusco en la temperatura del cuerpo. Al darnos un chapuzón en agua fría el cuerpo intenta protegerse evitando que la sangre se enfríe y la lleva fuera de los órganos. Por eso los síntomas suelen ser náuseas, mal cuerpo, mareo, etc. ¿Es peligroso?, pues depende de dónde nos encontremos. Si en el momento de sufrirlo estamos en el mar o en una piscina, o realizando alguna actividad peligrosa, pues sí porque nos sentiremos débil y podríamos sufrir un accidente.
Sin embargo, ni se debe al hecho de haber comido antes de bañarse ni se produce una interrupción del proceso de digestión; cuando uno termina de comer y se mete en el mar la digestión sigue su curso natural. Eso sí, hay que tener en cuenta que en verano con las altas temperaturas, y también después de comidas copiosas, o de estar más tiempo de lo debido tomando el sol, así como tras hacer ejercicio intenso, la temperatura corporal se eleva. Si justo en ese momento nos exponemos al agua fría tendremos más posibilidades de provocar esa reacción de protección en nuestro cuerpo. Así que para evitarlos lo mejor será no tomar el sol durante ratos largos, entrar poco a poco al agua, refrescarnos y beber regularmente agua (no muy fría!) , y no comer de manera copiosa que, además, engorda.
Hoy en día, y después de haber investigado, he intentado convencer a mi madre de que deberíamos parar con esta costumbre, pero ni siquiera las pruebas más fehacientes que se puedan encontrar son válidas. ¡Ay del método científico si se encargara de estas costumbres! Por contra, me respondió con un ¡No andes descalzo que te vas a resfriar! Esto me dolió bastante, no sólo no creía lo que le contaba sino que, además, me retaba a investigar otro nuevo mito.
En este tema sí que hay mucha gente investigando y recomendando andar descalzo al menos una hora al día. Por lo que parece, andar descalzo sobre superficies blandas (mejor naturales) tiene beneficios tales como mejorar la circulación, aliviar dolores de espalda, mejorar la movilidad de los músculos del pie, etc. Aun así, la gente es reacia a dejar el calzado cuando entra en su casa o cuando va al campo por eso de llevar los pies sucios y por miedo a resfriarse.
Pues bien, lo de los pies sucios se puede solucionar lavándose, y lo del resfriado pues la verdad es que el ir descalzo o calzado no tiene nada que ver en ello. Para que exista un resfriado o un catarro es imprescindible (atención! imprescindible!) que un virus penetre por la vía respiratoria (boca o nariz) y que se instale en la mucosa. El virus pasa de una persona a otra a través de las pequeñas gotas de saliva que expulsamos al toser o hablar, o llevándonos las manos a las mucosas si han tenido contacto con esta saliva, pero el frío por sí solo no tiene nada que ver con esto. Es más, algunos se inclinan por pensar que el frío puede favorecer la entrada de virus si hay alguien enfermo cerca, pero también hay estudios que han demostrado que el enfriamiento del cuerpo no supone mayor riesgo de infección.
No sé si he conseguido convencerles de algo pero yo quería “jugársela” a los que inventaron estas costumbres sólo para mortificar. Claro que, como ya dije, quizá no hayan sido tan “pesados” mis mayores recordándome lo de no bañarme o lo de no pisar descalzo el suelo, pero como mi memoria es maleable así es como yo lo recuerdo.
Curiosidad…Seguramente en alguna de esas conversaciones mirando las estrellas a altas horas de la madrugada le habrán venido a la mente grandes preguntas. Y seguro que una de ellas estaba referida a si existe algo después de la muerte pero, ¿y si se pudiera evitar? Multitud de expertos visionarios, basándose en la evolución de la esperanza de vida en las últimas décadas, creen que en unos cientos de años el ser humano será capaz de burlar la muerte por los grandes avances en medicina. Aún, para nosotros, es solamente una quimera pero no así para Turritopsis nutricula; una medusa caribeña (aunque ya extendida por todos los mares) que, sorprendentemente, cuando alcanza su madurez sexual revierte su estado hacia una nueva pubertad. Lo consiguen transformando sus células a través de un proceso llamado transdiferenciación, sólo visto en animales que son capaces de regenerar zonas de su organismo (por ejemplo la lagartija con su cola). Con ello, un mismo ejemplar en su época senescente consigue volver a ser fértil y “empezar” de nuevo su vida. Imagínese tener 60 años y transdiferenciar sus células para tener 15 años otra vez...
Yeray Santana Falcón es vecino de Telde y doctorando en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.
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