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Los bomberos y triatletas Antonio Ramírez (i) y Raúl Santana posan con los trofeos logrados en Lanzarote junto a una escala del parque de La Garita (Foto TA) Los bomberos y triatletas Antonio Ramírez (i) y Raúl Santana posan con los trofeos logrados en Lanzarote junto a una escala del parque de La Garita (Foto TA)

Corriendo... y no sólo hacia el fuego

Los bomberos teldenses Raúl Santana y Antonio Ramírez logran clasificarse para una de las pruebas de triatlón más duras del mundo, la serie final de Ironman 70.3 en Australia

Dojeda Jueves, 24 de Septiembre de 2015 Tiempo de lectura:

TELDEACTUALIDAD
Telde.- La vocación de servidores públicos les hizo conocerse y una afición común, la del deporte, ha terminado por convertirlos en casi hermanos. Cuando les toca turno, Raúl Santana Quintana y Antonio Ramírez Ramos se hallan expectantes en el parque zonal de bomberos de Telde, en La Garita, a la vera de la rotonda de las escudillas, para salir pitando cada vez que se produce una emergencia en el municipio.
 
Están formados para apagar incendios, para excarcelar heridos en un accidente de tráfico y para atender a la perfección un amplio catálogo de situaciones. Pero también son expertos en salir corriendo...y no precisamente hacia el fuego. Y es que estos dos teldenses llevan casi una década compartiendo el amor hacia una disciplina deportiva, la del triatlón, que ahora ha venido a darles una recompensa más que merecida en forma de billete directo para una de las pruebas de la especialidad más duras del mundo, la de las series finales de la modalidad 70.3, que celebrará su próxima edición en septiembre de 2016 en Queensland. Un lugar bucólico que no está precisamente cerca de La Mareta, sino a casi 17.000 kilómetros de distancia, al otro lado del mundo, en Australia, y que se consigue pisar tras un número de horas de vuelo desconcertante y un jet lag que quita el hipo al más pintado.
 
Santana y Ramírez lograron su billete para acudir a la cita en el reciente Ironman Club La Santa 70.3 celebrado el pasado fin de semana en Lanzarote. El primero, a punto de cumplir 44 años, nacido en Valleseco y criado en el Valle de Jinámar, quedó tercero en su categoría, la M40-44 y se hizo con el puesto 38 en la clasificación general; el segundo, que aún no ha alcanzado los 40 y ha vivido en Jinámar y San Gregorio, alcanzó la segunda posición dentro de su grupo (M35-30) y firmó un meritorio 42º puesto en la relación global.
 
En busca de subvenciones o ayudas
Días después de lograr estos números, reciben a TELDEACTUALIDAD durante un descanso, dispuestos a contar con detalle su periplo y aventura y, por qué no decirlo, con el ánimo de conseguir que se despierten algunas conciencias entre las administraciones públicas y empresas privadas y alguien les ayude a costearse el traslado hasta la tierra de los canguros.
 
No son de dar muchos saltos precisamente, pero lo de correr, nadar y pedalear sí es algo que practiquen con éxito y asiduidad. Santana, que junto a su compañero Ramírez se zampó la prueba conejera de 90 kilómetros en menos de tres horas, aporta un dato: entrena una media de 20 horas a la semana. Últimamente lo hace de la mano de Patricia Díaz, campeona canaria de la especialidad.
 
Mientras colocan sobre la mesa algunos trofeos, medallas y camisetas de finisher con el orgullo y la satisfacción que supone el haber superado un peldaño más en su afán de superación, los dos rememoran el origen de su pasión por el deporte. El camino de Santana, que antes de ser bombero se diplomó en Magisterio y ejerció como capataz forestal, se inició en el colegio, donde ya practicaba atletismo. La estabilidad laboral y la vocación lo llevaron hasta las oposiciones del citado cuerpo de emergencias, donde, si no le falla la memoria, se convirtió en 2005 en el primer cabo de la primera promoción de bomberos del consorcio insular. Con las exigencias del trabajo, mantuvo siempre su cuerpo en forma. Luego, en 2007, le llegaría una lesión de espalda que le hizo sumergirse en el mundo del triatlón. Aunque se define como “trotero de toda la vida”, los comentarios de algunos compañeros terminaron por despertar su interés en una práctica nacida en Hawai hace ya casi tres décadas y en la que se dan la mano agua y tierra. “Lo nuestro es una historia quijotesca, pero en el sentido más estricto de la palabra. Nuestro guía y mentor fue una publicación, Atletas de hierro, que utilizamos para adoctrinarnos en cómo deberíamos de afrontar una prueba de estas características. Al ser también opositores, estamos acostumbrados a desarrollarnos, a creer en lo que lees y a tener mucha fuerza de voluntad”, detalla en una de las salas del parque de bomberos durante una mañana aparentemente tranquila.
 
En 2011, los dos y otros cinco compañeros comenzaron a prepararse para afrontar su primera prueba de fuego, nunca mejor dicho. Desgraciadamente, por el camino uno de ellos falleció en un trágico accidente en la isla mientras entrenaba sobre su bicicleta. “Aquello fue todo un palo, pero en el fondo nos dio más fuerzas. Hicimos piña y los seis acudimos al Ironman de Lanzarote para dedicárselo. Fue muy emotivo”, desgrana.
 
El ejercicio de su profesión supone una importante carga física y psíquica a diario. “Desde fuera puede que se vea de otra manera, pero es así. Si otros encuentran en el yoga la manera de relajarse, yo ese tipo de sensaciones y de desconexión las encuentro en el entrenamiento. Siento algo único y la afición es tal que mis mañanas arrancan a las seis y media. Todo es cuestión de querer aprovechar el tiempo y saber compaginar lo que llena tu vida”, apunta tras aplaudir el apoyo constante que recibe de su amplia familia.
 
El mar, lo peor que llevan
Las zapatillas que debe renovar cada dos meses por aquello del desgaste lo han llevado a pisar tierras alemanas y vitorianas, donde ha lucido dorsal y porte en competiciones de alto nivel y postín. La maratón de la capital grancanaria, donde paró el crono por debajo de las tres horas, también se encuentra en su currículo de corredor. Lo que peor se le da, reconoce, son las brazadas. “En el mar el inicio es muy duro y no tienes escapatoria. Nadadores por todos los lados; lo único que puedes hacer es tirar hacia adelante. Lo paso mal. Si pudiera destacar algo sería que mi punto fuerte es la larga distancia”, recalca después de poner en valor la categoría y el nivel de una prueba como el Ironman lanzaroteño, “donde este año creo que tomaron la salida cerca de 2.000 personas”. El trazado pergeñado por la organización les llevó a cumplimentar una ruta de más de 111 kilómetros: 90 de ellos en bici, 21 al trote y casi 2 en un océano que se le hizo más inmenso de lo que ya es.
 
Tanto él como Antonio cuentan con el respaldo y solidaridad de sus compañeros. “En más de una ocasión hasta intentan mimarnos antes de una prueba para que no nos lesionemos. Pero aquí estamos para lo que salga y lo que nos echen”, reconocen entre risas y sacando pecho.
 
Su meta, poder estar en las antípodas en septiembre de 2016 con la antelación suficiente que les permita otear el terreno y sacudirse los efectos del viaje. “Hay que estar allí por lo menos cinco días”, estima Raúl Santana, quien en su hoja de entrenamiento habitual no faltan, a la semana, más de 300 kilómetros moviéndose de una u otra manera en Gran Canaria, y no precisamente a bordo del autoescalera. En su caso además, forma parte del club Finisher de Telde, una entidad que dispone de una escuelita “y se advierten ya chicos con gran proyección de futuro en este mundillo”. Cuando se le pregunta por sus objetivos, no tiene dudas. “Divertirme, pasarlo bien, dar lo mejor de mí mismo y competir”.
 
De los circuitos a las mangueras
Relato similar ofrece Antonio Ramírez. A él primero le llamó el mundo de la electrónica, por lo que cursó estudios del ramo en Las Remudas, “y aunque trabajé en lo mío, me di cuenta de que mi camino iba a ser realmente otro. Hice la mili, me enteré de las oposiciones para bombero y saqué la plaza en 2003”, explica. El deporte tampoco había pasado inadvertido para él. La celebración de pruebas como el triatlón de Salinetas fue despertando ya desde pequeño su interés por esta disciplina. “También he de decir que me gustaba el ciclismo, con lo que sin darme cuenta acabé metido en esto”. Raúl, que es cabo, es uno de sus jefes en el parque de La Mareta, pero sin mangueras ni sirenas ni galones de por medio, no existen las distinciones. Sin ir más lejos, ambos recuerdan a modo de anécdota que en el Ironman de Lanzarote, y en lo que al tramo ciclista se refiere, Antonio debería ir muchísimos metros por delante de su superior dadas sus cualidades sobre el sillín. “Cuando vio que se me acercaba me pegó unos gritos que no te puedes ni imaginar. Todo en plan cariñoso, la verdad. Yo creo que eso nos sirvió de estímulo para obtener al final aquellas marcas”, concluye.
 
Si se le pregunta por la profesión o la afición, confiesa que no puede elegir quedarse con sólo una de ellas. “Es como cuando te preguntas si quieres más a tu padre o a tu madre. En mi caso no puedo concebir una cosa sin la otra. Coincido con Raúl con el hecho de que cuando más se sufre es cuando estás nadando, pero el goce de terminar lo justifica todo. Lo de Lanzarote es de otro mundo; a mí la maratón me recuerda un poco a The walking dead”, señala entre risas. Antonio, que ha dejado muestras de sus cualidades como triatleta en Mallorca y Frankfurt, agrega que le encantaría pisar algún día Hawai. “La prueba allí es el doble de larga si la comparas con la de Lanzarote, pero como disfrutas con lo que haces... la asimilas con mucha mentalidad y motivación. Es la meca de los que acuden a las Ironman”.
 
En el recuento final, insisten en que no sólo las horas de trabajo que comparten ha creado un vínculo afectivo muy especial entre ellos. La alegría que ambos sintieron al conseguir hace unos días unos resultados inesperados en tierras conejeras sólo se puede entender echando un vistazo en internet a las fotos de ambos llegando a la línea de meta. Uno con el dorsal 401; el otro, con el 329. Pero, en cualquier caso, son dos puntales tanto en lo que hacen por los demás como en lo que dedican su tiempo libre. Ahora están más dispuestos que nunca a dejar el pabellón de Telde por todo lo alto...aunque para ello haya que cruzar el planeta dentro de un año y destrozar muchos pares de zapatillas.
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