TELDEACTUALIDAD
Telde.- TELDEACTUALIDAD ofrece a sus lectores una reflexión del poeta y escritor de Telde, Julio Pérez Tejera, sobre el novelista y periodista colombiano Gabriel García Márquez, quien falleció este miércoles 17 de abril en México.
Descanse en paz, maestro
Por Juilo Pérez Tejera
Ayer por la tarde me llamó un amigo para decirme que Ud. se había muerto y cuando, después de un rato de conversación, colgué el teléfono, me acordé de lo que decía don Ernesto Sábato sobre los genios, ya sabe, que, a veces, se hacen los muertos y pensé que, ahora que Ud. y él están libres de las ataduras del cuerpo y han traspasado todas las barreras que fabricamos los vivos para defendernos de los otros y vivir a gusto con nosotros mismos, tal vez, se estén ustedes abrazando al comprobar lo pueriles que resultan algunas discusiones frente a la muerte y, como el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento, sólo recordemos el día en que nuestro padre nos llevó a conocer el hielo o simplemente nos llevó de la mano a dar una vuelta por el parque.
Nada más empezar a escribirle, me sentí incómodo por llamarle Don Gabriel, porque a mí también me ha afectado la moda de tutear a todo el mundo, impuesta por esta sociedad hipócritamente igualitaria que, por otro lado, promociona la diferencia como medio de echarnos a pelear con el vecino, como forma de divide y vencerás, impulsada por los poderes económicos, al tiempo que nos hace creer unus inter pares para que sigamos contribuyendo sin rechistar. Era Octavio Paz el que decía que, tal como íbamos, el futuro sería de la policía y los psicólogos de masas. Ese futuro ya está aquí: Los medios de comunicación crean corrientes de opinión, todos opinamos en un compulsivo bla, bla, bla que no lleva a ninguna parte y donde las corrientes de pensamiento tampoco van más lejos si no cuentan con cadenas de televisión, prensa o radio para crear adeptos.
Esa misma sociedad que critica su Memoria de mis putas tristes porque nos pone delante a niñas prostitutas, pero que luego las promueve y las condena a ejercer en las cunetas, y abandona a su suerte a tantos jóvenes a los que el futuro les estalla en las manos con un presente que sólo la insobornable esperanza de los inocentes será, tal vez, capaz de remontar.
Esta sociedad que arrincona a los viejos, negándoles el pan y la sal, después de haberlos exprimido bien, retrasando la jubilación hasta lo indecible para extraerles las últimas fuerzas en nombre de unas pensiones que, a este paso, pocos van a poder disfrutar porque los que manejan los dineros se encargan de canalizarlos hacia los bolsillos de los poderosos.
Mi padre solía decir: El dinero llama al dinero. En la sencillez de su pensamiento me descubría el poderoso magnetismo de este nuevo dios: Todos estamos de acuerdo en que, sin dinero, no se puede. No se trata de ninguna conspiración, nadie tiene que ponerse de acuerdo, ya él se pone de acuerdo por nosotros. Este dios tiene, como única religión La Ganancia y como su mayor pecado, la deuda. Hasta el Padrenuestro ha cambiado el perdónanos nuestras deudas por el perdona nuestras ofensas, porque las deudas, no te las perdona ni Dios.
Gracias a los medios de comunicación, que nos han domesticado, vivimos revolcaos en un merengue, que dice el tango, y están pendientes todas las revoluciones, las de adentro y las de afuera, pero ruego porque no aparezca por ahí ningún salva-patrias que aproveche la que está cayendo.
Perdóneme esta carta loca que no sé bien a dónde va a parar. Desde los tiempos ya lejanos de El Coronel no tiene quien le escriba, La hojarasca o La mala hora, en la edición en cartoné de Plaza y Janés, hasta los gloriosos de Cien años de Soledad o aquellas críticas a El otoño del patriarca, porque todo el mundo esperaba la superación de lo insuperable, pasando por el día en que, según cuentan, Rómulo Gallegos le tiró encima de la mesa de su despachito, en el periódico de Bogotá, el Pedro Páramo de Rulfo al tiempo que le decía: Toma, léete esto para que aprendas a escribir, sin olvidar la lección magistral de esa novela en que, pese a revelarnos el trágico final, nos lleva Ud. a acompañar a Santiago Nasar hasta el último aliento de su agonía, sin poder despegar los ojos de la página, aún después del punto y final, ha poblado Ud. nuestras soledades y nos ha hechos sentir que todos formamos parte de este Macondo que da vueltas en el espacio y en el que, como decía Borges, es en vano que golpees la puerta, estamos adentro
Descanse en paz, maestro, y no sé qué pensará Ud., pero me niego a llamarle El Gabo y de tú.
Julio Pérez Tejera es poeta y escritor.
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