Al fin, el municipio satauteño encara la solución del mamotreto tras un largo periplo judicial y de recuperación del uso del terreno a favor del consistorio. La parte más árida e ingrata ha finalizado. Ahora procede decidir qué hacer con una parcela que ocupa alrededor de 15.000 metros cuadrados, y que justo está emplazada en el centro del casco. La decisión será transcendental pues en función de lo que se haga, se determinará el futuro de este enclave de las medianías. Lo que sí está claro a estas alturas es que debe servir como espacio público de socialización y no como soporte para un supermercado, tentación que invadió a algunos concejales la etapa pasada.
El urbanismo será muy técnico pero tiene mucho de ideología. No es lo
mismo potenciar lo común que el interés privado. En tiempos de la burbuja inmobiliaria y el crédito fácil, Santa Brígida sucumbió a un afán desmedido de crecimiento que pasaba por el centro comercial de turno que entonces se dijo que iba a contener multicines, seguramente como falso caramelo para callar algunas bocas. El campo de fútbol fue desterrado a las afueras, perdiéndose el lazo deportivo que latía en el centro del casco, la operación urbanística fue una ruina y quedó un esqueleto hasta el presente que toca gestionar.
Muchos apuestan por derribar la parte superior de la infraestructura. Al fin y al cabo, aquel universo de locales comerciales no casa con el nuevo mundo que ha dejado la pandemia. Luego viene la idea de recuperar aquel campo de fútbol o, siendo más realistas, apostar por un teatro/auditorio que tanto necesita este municipio de las medianías. Acompañado por un parque y aun dejando al aire libre el aparcamiento recién creado. Hay margen de maniobra.
Lo mejor de todo esto es la fase de participación ciudadana que se ha abierto. En la misma calle Tenderete hay una oficina donde cualquiera, sea vecino o no de la villa, puede reflejar sus inquietudes y aportar a esa inteligencia colectiva. El plazo expira el 25 de este mes. También cabe proponer nombres a la futura plaza. Sería una ocasión de oro para rendir homenaje a Pedro Lezcano; tuvo en Santa Brígida su última residencia, vio el disparate de los inicios del mamotreto. Toca honrarle. Darle su nombre a esa plaza pública, más el teatro, proyectaría a este municipio al resto de Canarias. Pedro Lezcano fue conciencia del pueblo. Y este mamotreto sirvió para contentar el interés de unos pocos que no supieron (o no quisieron) defender a la ciudadanía. Nos ha salido muy cara la incompetencia de algunos políticos de finales de la década de los años noventa y principios de siglo. Pasemos página.































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