
Me pilló en casa. En las redes sociales se desataba el titular por los usuarios de que José Luis Perales había fallecido. Fui al buscador de Google. Aparecía la noticia en medios de comunicación de Suramérica. Luego hacía lo propio la prensa en España, principalmente diarios regionales. En ese momento hasta Wikipedia introdujo en su perfil el dato de la fecha del fallecimiento (con nota a pie página citando la fuente, inclusive) y, además, la causa que había acabado con su vida. Creo que todo esto ocurrió en veinte minutos, media hora quizá, no más.
Los fans seguían poco a poco haciendo crecer (de buena fe) la bola de nieve sobre la marcha de Perales, un hombre muy discreto por lo demás. Y todo esto se rompió cuando el cantautor, desde Londres, se vio obligado a hacer un video para desmentirlo porque el aluvión de mensajes y llamadas que tuvo que recibir la familia tuvo que ser colosal.
Y eso que estaba en Londres y con el teléfono móvil a mano. Hizo entonces el video de marras que, igualmente, en menos de treinta minutos, ya tenía cientos de miles de reproducciones. Cuántos medios de comunicación desearían ostentar semejante audiencia. Perales fue directo a su público, sin intermediarios periodísticos.
Cabe imaginar qué hubiera pasado si en vez de estar en Londres se hubiera retirado a la montaña unos días, sin cobertura ni dispositivo con conexión a internet. Y a la vuelta, pasadas varias jornadas, se hubiera encontrado con que todo el mundo le daba por muerto.
Todo esto es muy sintomático de la instantaneidad y del estado de revista del periodismo. Así como de la disfunción, en ocasiones, de las redes sociales donde se propagan los bulos sin problema. En las Redacciones la presión añadida de ver que otros daban la noticia y tú no, haciéndote a la idea de que te estabas quedando atrás, tuvo que ser enorme. Unos dieron el paso de afirmar el fallecimiento y otros no lo hicieron. Genial por los segundos. Ahora bien, el público no reconocerá el detalle. Todo se habrá olvidado en menos de una semana. El episodio dantesco no repercutirá ni para bien ni para mal en las cuentas de resultados. Y si el periodismo no es sostenible, si no puede pagar las nóminas, sanseacabó.
Es un mundo muy raro este: repleto de oportunidades pero también de riesgos. A Perales, sin quererlo, le hicieron un experimento; a buen seguro, desde la mala fe de alguien que le dio por decir que había fallecido. Una broma de muy mal gusto. Dosis de maldad. Pero la sociedad funciona ahora sin filtros periodísticos. Y eso tiene cosas buenas pero otras que no. Lo de Perales invoca a la reflexión. Aunque esta sea instantánea y, por consiguiente, no sea reflexión. En estas estamos.






























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