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Sábado, 02 de Mayo de 2026

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Cuando todos pierden

TA ofrece la columna diaria de Rafael Álvarez Gil

direojed Jueves, 08 de Diciembre de 2022 Tiempo de lectura:

2023 será un año electoral en el que todos los partidos, de algún modo, perderán o, para ser exactos, ninguno ganará del todo como era lo suyo desde 1977. Es verdad que unos perderán más que otros, aunque la gran novedad es que ninguno por sí solo vencerá. Y esto sí que supone una novedad. Y, por otro lado, incidirá en la evolución del sistema de partidos. La vida de las distintas organizaciones estará sometida a la debilidad, mayor o menor, pero debilidad al fin y al cabo.

 

Todos dan por hecho que, salvo consistorios contados, los feudos de siempre, nadie obtendrá mayoría absoluta. Nada nuevo bajo el sol; al menos desde 2015, curso en el que se fracturó el bipartidismo dinástico (PP y PSOE). Sin embargo, el problema radica no en la certeza de que la mayoría absoluta se antoje imposible sino en el caos poselectoral de alianzas de gobierno sometidas a tensiones mayores pues la generalidad de las siglas se meten a gobernar con una gran sensación de incertidumbre y, por tanto, de escasez de poder presente o futura. Los temores a lo que sobrevenga cada vez ostentan más peso. Los partidos, cuanto más débiles, entran en una espiral de miedo que les incapacita. Y ya se sabe que el miedo retroalimenta el miedo. El miedo es limitante. Y esto no es bueno ni para ellos ni para la democracia representativa.

 

¿De qué valdrán las victorias electorales pírricas en 2023? ¿De qué sirve que el PP venciese en las elecciones generales si luego está hipotecado al neofascismo? ¿Qué le permitirá a unas siglas ser primera fuerza en un municipio si después no cuajan los pactos o si lo hacen, y le falta astucia, perderán relevancia progresiva o aun ser víctima de una moción de censura en el camino?

 

Los liderazgos políticos, como regla general, serán cada vez más cortos. La intensidad con la que se queman públicamente los dirigentes es asombrosa. Obviamente, esto va en función del fuste de cada uno. A mayor debilidad personal, crece exponencialmente la posibilidad de decaer antes de tiempo. La opinión pública olvida a los políticos a una velocidad vertiginosa: ¿quién recuerda a Susana Díaz o a Pablo Casado? Los que dictaban con sus acciones y declaraciones qué era noticia cada mañana, son hoy pasto del olvido. Eso es Twitter, eso son las redes sociales. Todo es voluble y líquido, nada es sólido. La detención en Alemania de 25 miembros de un grupo de extrema derecha que estaban planificando un golpe de Estado (¡en Alemania!) no es un hecho aislado sino un síntoma de la era en la que las democracias languidecen y asoman los tics posautoritarios. Una degradación gradual de lo público, tanto como espacio colectivo de toma de decisiones como de cohesión social del Estado del Bienestar, constituye una amenaza severa que no podemos ignorar. Lo de ayer en Alemania es runrún constante en otras latitudes. Si en la Europa central ocurre esto, reiterando de alguna forma la década de los años treinta del siglo XX, es para preocuparse. No es para menos.

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