Hoy, más que el Día de la Constitución, de su celebración, tendría que ser el de la preocupación constitucional. Y me quedo corto. La no renovación del Consejo General del Poder Judicial y el atasco del nombramiento de un tercio de magistrados del Tribunal Constitucional que corresponde al Gobierno (que ha hecho su tarea) y al Consejo General del Poder Judicial, dos respectivamente, es insólito. Así que festejos este 6 de diciembre los justos. La crisis constitucional es innegable y no tiene visos de que será resuelta.
Todos los 6 de diciembre se repite el mantra de los políticos, de todos los colores, donde dicen qué se podría renovar del texto constitucional. Van a la ceremonia, hacen su alegato, brindan y sanseacabó. Hasta el siguiente curso. Lo que acontece es que los años se suman, no hay actualización de la Carta Magna y el cuestionamiento cada vez es mayor. Por no mentar que el relato de la Transición, el 23F y el rey cada vez se antoja más lejano para las generaciones más jóvenes que, incluso, hasta nombres como el de Adolfo Suárez, Felipe González o Santiago Carrillo les suena casi a chino.
En realidad, la debilidad organizativa de los partidos en general es uno de los motivos por los que la mayoría tratan de no afrontar la realidad descrita: se sienten inanes ante semejante ola de cambios con los que no sabrían lidiar de principio a fin. Durante la estabilidad sistémica las distintas siglas gozan de la placidez de lo previsible. Frente a la inestabilidad sistémica carecen por completo de hoja de ruta, les da pavor. Y no es para menos: no todas las organizaciones sobreviven al cambio de era. Cada sistema político suele albergar sus aparatos respectivos, a izquierda y derecha. No todos aguantan electoralmente. Otros se quedan postergados en la irrelevancia extraparlamentaria.
Así las cosas, en medio de las turbulencias constitucionales, nos adentramos en un año electoral que será decisivo. El siguiente 6 de diciembre de 2023 el panorama institucional puede ser muy diferente y, por ende, aumentar la incertidumbre. El bipartidismo dinástico ya no es capaz, aun teniendo el diseño del sistema electoral a su favor, de timonear la dirección del Estado. El PSOE y el PP por sí mismos ya no dispondrán de las holgadas mayorías de antaño. Y mucho menos de una mayoría absoluta parlamentaria; la última fue en 2011 con Mariano Rajoy. Es en este contexto en el que tendrán que lidiar con reformas constitucionales de las que serán incapaces cumplir: solo la presencia de Vox enturbia el debate político. El neofascismo tiene que hacer ruido para hacerse notar. Santiago Abascal busca arañar votos y escaños al PP, hacerse imprescindible para la conformación del Ejecutivo central. De tal modo, ante este panorama: ¿quién va a promover una reforma constitucional? Mañana seguirá la rutina y el Consejo General del Poder Judicial continuará bloqueado. Y el Tribunal Constitucional a la espera de su renovación en tiempo y forma. Más de lo mismo, más degradación constitucional.

























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