Ahora que estamos a punto de conmemorar el aniversario de la Constitución de 1978 y las décadas de autogobierno que para Canarias ha implicado, el balance fue positivo hasta hace diez años mal contados donde se evidencia el punto de inflexión. El archipiélago al que tuvo que defender en Madrid el tribuno Fernando Sagaseta dista por completo del actual. Aquel representante de UPC era una rareza parlamentaria, una fuerza enorme en su dialéctica, que con su mensaje internacionalista (un nacionalista que venía del PCE, de distinta estirpe, eso sí, que José Carlos Mauricio) resultó encima herido por unos cascotes caídos del techo el 23F cuando Tejero y sus guardias civiles secuestraron al Congreso de los Diputados.
Hoy, la Cámara Baja es escenario de una degradación permanente que atisba un porvenir muy distinto al del 78. Es lo que hay. Y no tiene pinta alguna de que vaya a ser revertido. No es nostalgia edulcorada del pasado sino la evidencia de un retroceso creciente desde 2008. Transcurren los meses y a la inestabilidad presente se le otea mayores dosis de inestabilidad aún por venir. Los festejos tropiezan con la incontestable realidad.
El empresariado isleño está preocupado porque no logra la tranquilidad de antaño. La ausencia de los conseguidores parlamentarios en Madrid, al estilo de Fernando León y Castillo o el propio Mauricio, más la galopante globalización causan estragos en cualquier plan trazado por una empresa de cierta dimensión. ¿A quién llaman los hombres de negocios?
La clase trabajadora padece un nivel de salarios de los más bajos del Estado. Hemos avanzado en el Estado del Bienestar, dejando al margen los recortes de hace una década, pero el ascensor social se ha roto y Canarias no es tierra de promociones individuales, obligando a coger la maleta y mandarse a mudar. Este drama será, en escasos meses, munición para los tópicos oportunos de los partidos durante la campaña electoral. Ahora bien, la ciudadanía cada vez es más descreída; apenas cree, ha perdido la ilusión del 78.
La sociedad no está compacta sino rota por la acerada desigualdad. No obstante, hay buenas noticias que están por llegar: la carretera de La Aldea será una realidad que aproxime al resto de Gran Canaria una zona sufridora de una larga exclusión. De Agaete a La Aldea será un paseo, un paseo agradable que ofrece unas vistas que el isleño no ha podido saborear por aquello de evitar peligros innecesarios. Una infraestructura vial que unirá Gran Canaria. Cuando menos, iremos y volveremos a La Aldea a pasar el domingo. Al otro lado de la isla, al este, la autopista retoma la fotografía de retenciones y conglomeraciones que atestiguan una superpoblación que debe ser analizada. ¿No hay manera de contenerla al ser Canarias un territorio frágil y fragmentado? No es sostenible. De esto no se hablaba, porque no había motivo, en 1978. Hoy es una problemática que debe ser abordada sin dilaciones. El archipiélago es un destino turístico de primera aunque aguarda sus temas a tratar para ser resueltos. Que la publicidad no nos lleve a hacernos trampas al solitario.

























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