Quiso hacerse pequeño, insignificante, lo más pequeño posible como si fuera un gramo en suspensión en el aire o una piedra muy chiquitita desde una esquina del parque en la que visualizar a los viandantes, perros y deportistas. Entendía que la vida a medida que avanza, se achica en sentimientos. Pero no por una derrota sino por la amplitud vital de la compresión del tiempo finito. Nuestro amigo creía que haciéndose inadvertido, haciendo gala de una discreción absoluta, en el fondo ganaba a las fuerzas y los ecos tempestuosos que nos invaden. Iba a favor de la corriente pues su deseo hondo de ser lo más pequeño posible entroncaba con una sociedad desigual, injusta y fría en sentimientos. Precisamente porque el egoísmo y la soberbia lo domina todo, nadie se percataba de su existencia decreciente en espacio pero creciente en sentimientos y comodidad consigo mismo.
Pasar desapercibido. Con uno mismo y con los demás. Nadie hace caso a nadie. Cuántos se suicidan justo antes de un desahucio porque la policía y el secretario judicial de un momento a otro tocan a la puerta. Ha llegado el momento, el del vencimiento. Y entonces, quizá golpeado por un mínimo de dignidad, la dignidad del derrotado, el desahogo ante la implacable injusticia de la sociedad de mercado, se quita la vida en silencio. Solo serán testigos, pasado el derribo de la puerta del domicilio, el burócrata del juzgado y los cuatro policías antidisturbios que se prepararon para ir a la guerra y solo vieron a una señora mayor ya sin vida o a una madre con sus hijos esquinada en el salón abatidas por el llanto desconsolado del sentimiento y el honor arrebatado.
Poco a poco, todos quisieron hacerse pequeños e ir al parque para, con la debida distancia, ocupar tan solo un centímetro (o menos) desde el que contemplar el paso de la vida. Pensaban que así superarían la amenaza de la muerte. Una inmortalidad consagrada al alcance de los que estaban dispuestos a no ser nada, a pensarse en nada, a ceñirse a un puñado de emociones que den un halo de esperanza.
Un mago pasó por el parque y vio a uno de los diminutos. Y, en un gesto de grandeza, quizá auspiciado por ser una mañana soleada, le ofreció el cumplimiento de un deseo. Nuestro amigo diminuto le pidió lindar su cuerpo sin vida al de la otra persona amada para persistir abrazados en calma mutua al transcurso de los años, décadas y siglos. No serían ambos tan diminutos pero, al menos, continuarían juntos y, cómo no, con la discreción de rigor que los vivos no entienden. El mago escuchó la petición con las dudas sobresaltadas de una reclamación tan pintoresca pero que pertenecía al mundo de los diminutos en el que el también convivía. En aquel parque terminaban luego los desahuciados y las lágrimas vertidas en el camino en aquellas tardes de antaño en el que el sol iluminaba los centros de las casas. Un sol intenso, animado, se adentraba por la ventana. Instantes de gozos que solo otrora supieron disfrutar los diminutos, los mismos que se fueron al parque.
























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