Muchos jóvenes andaluces de los que votaron el domingo no conocieron el 28F de 1980. Es decir, el periplo de Andalucía por acceder al autogobierno. Entonces, Andalucía, como Catalunya, Euskadi y Galicia, recorrió la vía rápida del 151. Esto, el caso andaluz, descolocó por completo a UCD. De hecho, este fue de los factores principales que desvertebró al partido de Adolfo Suárez. “Andaluz, este no es tu referéndum”, jaleaban las oligarquías desde Madrid. Sin embargo, el PSOE levantó la bandera del andalucismo y comenzó una larga etapa de equiparación de la descentralización y los servicios públicos con sus siglas. Fue un modelo de éxito que no ha tenido recambio generacional.
Los partidos, como estructuras de poder, son tomados por la opinión pública, cada vez más, como empresas. Y si el consumidor puede cambiar de marca de café en el supermercado de una semana para otra, otro tanto ocurre con el votante que ya no se casa con nadie, o no se casa tanto como lo hacía antaño.
La sociedad que ha salido de la pandemia es otra. El confinamiento fue un antes y un después. Una experiencia individual y colectiva jamás vivida. Deja secuelas, hereda consecuencias socioeconómicas. A esto hay que añadirle la guerra en Ucrania y la escalada de la inflación. Un conflicto bélico, por cierto, que puede alargarse en el tiempo.
Si la Gran Recesión de 2008 despertó nuevos partidos. ¿Qué ocurrirá ahora? Cada organización tomará su estrategia de cara a 2023. Pero la sorpresa andaluza no será la única. Llegado el momento procesal oportuno, a los partidos que les toque en función del veredicto ciudadano, experimentarán una resaca electoral que destartale todos sus planes. El distanciamiento de la sociedad con respecto a sus líderes es considerable. La confianza se quiebra rápidamente. La gente no está por perdonarlo todo. Y si no atienden sus peticiones de regeneración interna, acaban por imponer un ERE en las urnas. Esto en los años noventa, por ejemplo, no sucedía.
La estabilidad era enorme. Hoy es lo contrario: lo partidos son más débiles, muchos han languidecido. Lo teorizado por Zygmunt Bauman, el mundo líquido que vaticinó, lo vemos por cada convocatoria electoral. La rapidez de los giros en el voto. Lo voluble del comportamiento en las urnas. Siglas que irrumpen y fracasan. De todo un poco. Los candidatos son el icono, el cartel que engancha o no con su nicho electoral. Acertar en la persona es fundamental, su suerte será la de la organización. Eso sí, cuatro años en la oposición en la actualidad puede ser más duro que en el pasado. A saber, la agenda pública se transforma vertiginosamente y, por ende, al finalizar la legislatura que se tercie el panorama puede ser aún muy distinto al último en el que el partido que sea pasó a la oposición. ¿Son conscientes de esto los responsables públicos? No lo sabemos. Pero no cabe duda que a la ciudadanía le es indiferente, piensa seguir haciendo su vida como considere y luego votarán con un amplio margen de maniobra que dejará noqueados a unos u otros. Un pálpito sociológico que rara vez se presiente desde el coche oficial.


























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