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Viernes, 03 de Abril de 2026

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Anarquía informativa

TA ofrece la columna diaria de Rafael Álvarez Gil

direojed Sábado, 18 de Junio de 2022 Tiempo de lectura:

En el océano nadie dispone de la calma ni de la turbulencia. Hasta antes de la pandemia, malamente tras la Gran Recesión de 2008, los medios de comunicación modulaban la agenda informativa con sus respectivas líneas editoriales. Recordaban a esas piscinas de los parques acuáticos que van gestando olas para disfrute del respetable; a veces unas olas pequeñas, a veces unas olas grandes, pero la máquina que lo hace posible va deleitando las apetencias y disfrute del público que ha pasado por taquilla. Dicho en plata, la piscina (la informativa) estaba controlada tanto por las formas como por el fondo. Sin embargo, la digitalización galopante e irreversible ha roto con el modelo de piscina de olas y nos vemos inmersos en el océano. Y en ese océano informativo en cuanto a las olas (el oleaje) los náufragos no saben la dirección que toman. Es en esta situación en la que se encuentra ahora los medios de comunicación, en términos generales.

 

El consumo informativo que impera es el de picotear de todos lados un poco. Las audiencias se han fragmentado por completo y, por ende, la combinación de intereses es más difícil de diagnosticar. El paroxismo de todo ello se observa en los temas (las exclusivas) que ocupan la atención, a lo sumo, por unas horas o días. Enseguida sobreviene otra noticia (y otra) que la deja atrás. Las olas de esa nueva piscina informativa, de ese océano, principalmente digital, son incontrolables. Son aguas procelosas para el periodismo, para un periodismo de por sí ya precarizado desde hace más de una década.

 

Ahora bien, el poder (difuso) persiste. El blanqueamiento que ha disfrutado la ultraderecha en España es amén de medios de comunicación, especialmente cadenas de televisión, que dejan a Vox como un partido cualquiera que puede ser votado e incluso ser socio del PP. La amenaza para la democracia es real y grandes marcas periodísticas han hecho un trabajo de antesala que quizá con los años se arrepientan. Al menos, en lo que respecta al interés periodístico en sí y no en los negocios editoriales de sus propietarios. La información no es un negocio al uso, ni debe serlo. No es lo mismo manejar un periódico que vender lavadoras o televisores. Lo segundo no concierne ‘per se’ a la democracia. A fin de cuentas, en las dictaduras también pueden venderse perfectamente lavadoras y televisores. En democracia es distinto, los medios influyen. Y la izquierda no dispone de un relato mediático estructural propio ante otro que sí ha blanqueado a la extrema derecha.

 

La crisis de la intermediación que atañe tanto a los medios de comunicación como a los partidos políticos implica numerosas repercusiones, de algunas de ellas ni somos conscientes todavía. Y en ese torbellino estamos. Quizá no es hoy ni dentro de cinco años pero sí se atisba los riesgos democráticos en el horizonte. Hay autoritarismos posmodernos capaces de irrumpir. El neofascismo es una de sus versiones más peligrosas. Dentro de un ciclo nos acordaremos del presente y puede que entonces algunos recapaciten y observen que con sus acciones favorecieron no solo el auge de Vox sino, de paso, aunque no lo supieran, el desgaste de los cimientos del sistema político ungido en la Transición. El océano informativo afecta a todos, pero cada país tiene sus peculiaridades. Eso sí, el desafío es común.

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