El neoliberalismo lo ha impregnado todo. Ha muerto de éxito. Las personas son instrumentalizadas y cosificadas. Se han perdido los valores. Se ha desprestigiado la implicación social, la militancia. Sea esta última en los partidos políticos o en los sindicatos de clase. Lo colectivo es visto negativamente cuando precisamente es garante de la democracia. ‘El espíritu del 45’ (2013) es un documental fundamental para entender la evolución de una izquierda europea atrincherada desde la crisis del petróleo de 1973 y la caída del Muro de Berlín. Ken Loach supo retratar, otra vez, el contenido social a tejer por los que no tienen de todo.
El Estado del Bienestar es la gran conquista del siglo XX, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial. Los neomarxistas no se equivocaron: la concurrencia de la Unión Soviética disputándose la hegemonía mundial con Estados Unidos durante la Guerra Fría fue lo que propulsó el pacto entre capital y trabajo. Fue el periodo dorado de la socialdemocracia. Sin entender este contexto descrito es imposible interiorizar cómo se afianzó el Estado del Bienestar. Si no hay presión popular, temor otrora a que se exportara la revolución soviética a la Europa capitalista, nadie cede. ¿Acaso el patrón regala derechos sin más a sus trabajadores?
Retornan las ideologías, o lo que queda de ellas. El debate público es más ideológico que nunca. Al menos, lo es desde la Gran Recesión de 2008. Hasta entonces, al calor de la bonanza económica (desigualmente repartida) los parámetros fundamentales eran compartidos. José Luis Rodríguez Zapatero llegó a decir que bajar los impuestos era de izquierda. Todo iba rodado. Y las clases trabajadoras se endeudaban para mantener la ficción de que eran nuevos ricos. La crisis lo cambió todo. Finiquitó el modelo de prosperidad interminable que emergió tras el conflicto bélico y protegido por el keynesianismo. Conviene tener presentes los precedentes históricos para que terceros no te engañen, no te vendan mercancía ideológica que trastorne los intereses colectivos que, de paso, son los de la mayoría.
Sin estructuras de poder que se desafían mutuamente, democráticamente, no hay avances; sin representación sindical solo quedan los trabajadores totalmente desprotegidos. Por eso a la derecha no le gusta la negociación colectiva, prefiere tratar y tutear en un despacho al operario de turno para fijar así las condiciones salariales. Todo muy baratito, precariedad garantizada mientras el resto pierde sus derechos y se merma las expectativas personales y familiares. Por eso espolean lo individual al abrigo de la sociedad de consumo. Gasten, endéudense, vuelquen su ocio en las galerías comerciales como si no hubiera un mañana; esta es la premisa neoliberal que propagan a diario sibilinamente. La ultraderecha arremete contra CC OO y UGT con una ferocidad que indica los tiempos convulsos que sobrevienen. La guerra cultural es política. Las palabras reivindican conceptos deseosos de justicia, de la justicia social que ennobleció las grandes causas de la izquierda en pos del reparto de la riqueza. La igualdad de oportunidades sin fraternidad no es nada. No somos números. Somos personas. Y muchas lo están pasando mal. Pero eso no vende mediáticamente. El espectáculo es otro a juicio de algunos poderosos. Sin embargo, la realidad de la calle (su clamor) es implacable. 2008 fue el punto de inflexión.



























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