Siempre se ha dicho que la primera víctima de la guerra es la verdad. Y así es. No digamos ya cuando, encima, el interés informativo disminuye considerablemente, tal como está ocurriendo con la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Al final, impera la cotidianeidad en la agenda informativa. Pero otro tanto está sucediendo con las campañas electorales o, para ser precisos, con las últimas etapas de gobernanza que encaran la cita con las urnas. Y esto, de algún modo, sí es novedoso.
Los políticos no se dan cuenta del cambio que se está produciendo en la calle. Piensan que la ciudadanía es la misma que antes de la pandemia, como si estuviéramos en 2019. Rechazan, o ni siquiera olfatean, seguramente porque ni les interesa, que el confinamiento ha trastocado muchos planes de vida, las ideas de cada uno y ha acelerado cambios que estaban previstos para dentro de una década. Todo esto, desde luego, tiene repercusiones en el voto.
Los partidos ya están en modo propaganda. A poco que salga en una conversación con dirigentes de unas siglas u otras la cuestión de 2023, todos sobre la marcha ensalzan sus grandes expectativas y apuntan a lo mal que está el resto de sus contrincantes. Nula autocrítica. Piensan que todo está igual y, por ende, ellos pueden planear sus intenciones políticas (las personales y las del colectivo) como si estuviéramos instalados hace veinte años atrás, por decir algo. El Gran Reinicio que emprende la sociedad nos lleva a otras latitudes sociopolíticas. Si la Gran Recesión de 2008 y el 15M revolucionó el sistema de partidos, ¿en qué se basan los actuales representantes públicos y líderes de las diferentes organizaciones para sostener que 2023 será como 2019? ¿Con qué argumentos conciben que serán unas elecciones de continuidad? No hemos llevado una mascarilla durante meses, padecido lógicas restricciones por las circunstancias sanitarias y vigilado una distancia social en la que no ha habido afectos, para que el voto (mental) siga intacto en 2023. En un curso mal contado se constatará la situación política. Luego vendrá la siguiente legislatura donde unos disfrutarán del poder y otros tendrán que transitar por el desierto ingrato de la oposición. Pero avisados lo estaban todos. Sin excepción. Que no excusen lo que se tercie para camuflar que no quisieron (porque no les interesaba) enterarse.
Los partidos no se renuevan. Siguen anclados en prácticas estructurales de hace cuatro décadas, de los inicios de la democracia, y la calle está cambiando al galope de la instantaneidad. Y, al final, serán las urnas las que premien o, más bien, castiguen precisamente por no haber hecho los deberes unos u otros. La izquierda no es que esté desmovilizada, que evidentemente lo está, sino que la han desmovilizado. Que es otra cosa bien distinta. ¿Cuál es el mejor activo de Vox? La novedad. Eso, más el blanqueamiento que disfruta día a día por numerosos medios de comunicación. Si eso es así al presente cómo será con Santiago Abascal yendo todas las semanas al Consejo de Ministros. Y la potencial responsabilidad no la tendrá entonces los votantes de la izquierda sociológica sino, principalmente, las siglas que no han querido renovarse y adaptarse a las demandas sociales.


























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